Obsessive Jonas Disorder
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LIVE CHAT CON JOEE

 

 


HOLAAAA COMOO ESTAAAAN!!!!! YO EMOCIONAADAAAA COMO NO ESTARLOOOOO CON MI MONITOO HERMOOSOO!!!!!!! JIJIJI VIERON EL LIVE CHAT??? AHAHHA LOS MEJORES 33 MINUTOOS DE MI VIDA!!! A K NO ADIVINAN CON KIEN LO VI?? CON MI MAMII!! EJJEJE OKKKK UNAS FOTITOOS DE EL Y AJHHHHHH AMEEE EL CHAUU!!!! AJAJJA UNICOOOOOO AHAHA MEGHAAN!! ESTUVO MUY COKETAA!!!!! WJSJBDSJKKJJEIODHN

BUENOOO ME VOYYY

Y UN FAVOOOR??? SE UNENN SIII?????? GRACIAAS!!

 

Jonas Brothers los dueños de mi corazón

 

 

 

El futuro pertenece a quienes creen en la belleza de sus sueños.

 

 

 

 

 

chaaaaauuu

 

 

 

 

 

CAPITULO 14 PARTE 1 "NIDITO DE AMOR"


CAPÍTULO 14

 

-¿Qué coño has hecho aquí? -Kevin se quedó paralizado bajo el umbral de la puerta.

 

-¿A que queda genial? -Dani contempló con satisfacción la transformación de la caravana en lo que ella consideraba un acogedor y encantador nidito de amor.

 

Unas fundas en tono crema salpicadas de pensamientos en colores púrpuras, azules y caramelo ocultaban el horroroso estampado a cuadros del sofá; los colines a juego hacían que los viejos muebles parecieran cálidos y confortables. Había instalado también unas [tequeñas barras de latón encima de las ventanas, sustituyendo aquellas horribles cortinas amarillentas por otras de muselina blanca adornadas con cintas azules y lavanda de diversas texturas y anchuras.

 

Un lazo de seda azul y violeta camuflaba la pantalla rota de la lámpara en la esquina, y varias cestas de mimbre contenían ahora las revistas y los periódicos que antes estaban esparcidos por todas partes. Un surtido de envases desaparejados, desde floreros y tazones de alfarería a jarras azules Wedgwood, llenaban el estante de encima de la cocina donde había clavado con chínchelas una cuerda de colores para que no se cayeran los utensilios cuando la caravana estuviera en movimiento. La mesa estaba dispuesta con mantelitos individuales en la misma gama de colores púrpura y violeta, así como la porcelana china, que aunque no hacía juego entre sí, poseía las mismas tonalidades. Había dos tazas blancas, dos copas de cristal, una de las cuales tenía una fisura, y unos platos de color añil. En el centro de la mesa, un recipiente de barro albergaba un ramillete de flores silvestres que Dani había cogido en el borde del recinto.

 

-No he podido hacer más con la alfombra -le explicó aún jadeante por haber tenido que prepararlo con prisa. -Pero he quitado las peores manchas y no ha quedado tan mal. Cuando tenga algo de dinero, me ocupare de la cama. Quizá le ponga una de esas colchas indias y más almohadones. No soy buena costurera, pero creo que puedo...

 

-¿De dónde has sacado el dinero para hacer esto?

 

-De mi sueldo.

 

-¿Te has gastado tu dinero en esto?

 

-He buscado en tiendas de segunda mano y en los mercadillos de los pueblos que hemos visitado. ¿Sabías que nunca había entrado en un WalMart hasta hace dos semanas? Es asombroso lo que puede dar de sí un dólar si te lo propones... -En ese momento Dani vio la expresión en la cara de Kevin y su sonrisa se desvaneció. -No te gusta.

 

-No he dicho eso.

 

-No hace falta que lo digas. Se te ve en la cara.

 

-No es que no me guste. Es que no tiene sentido que desperdicies tu dinero en este lugar.

 

-No creo que sea un desperdicio.

 

-Es una caravana, por el amor de Dios. No vamos vivir aquí tanto tiempo.

 

Ésa no era la verdadera razón de la reticencia de Kevin. Dani lo observó y llegó a la conclusión de que tenía dos opciones: podía marcharse enfadada o podía obligarle a ser sincero con ella.

 

-Dime exactamente qué es lo que no te gusta.

 

-Nada.

 

-Sí, algo no te gusta. Sheba me dijo que habías rechazado una caravana mejor que ésta. -Él se encogió de hombros. -¿Acaso sólo querías hacerme

las cosas más difíciles?

 

Kevin fue a la nevera y cogió una botella de vino que había comprado el día anterior; una botella que ella había considerado demasiado cara para su presupuesto.

 

Dani se negó a dejar pasar el tema.

 

-¿Querías seguir viviendo en este lugar tal y como estaba?

 

-Estaba bien -repuso él sacando un sacacorchos del cajón.

 

-No te creo. Te gustan las cosas bonitas. He observado cómo miras el paisaje cuando viajamos y siempre me señalas los escaparates cuando ves algo bonito. Ayer, cuando paramos en aquel quiosco al lado de la carretera, dijiste que la cesta con frutas te recordaba a un Cézanne.

 

-¿Quieres una copa de vino?

 

Ella negó con la cabeza y lo estudió. Finalmente se dio cuenta de lo que pasaba.

 

-He traspasado la línea otra vez, ¿verdad?

 

-No sé a qué te refieres.

 

-Me refiero a esa línea invisible que has trazado en tu mente entre un matrimonio de verdad y otro que no lo es. La he cruzado otra vez, ¿no?

 

-Lo que dices no tiene sentido.

 

-Claro que lo tiene. Has hecho una lista mental de reglas y preceptos para nuestro matrimonio. Se supone que debo acatar tus órdenes sin rechistar y que debo mantenerme apartada de ti, salvo para acostarnos juntos, claro. Pero lo más importante de todo es que no debemos crear vínculos emocionales. No me está permitido preocuparme por ti, ni por nuestro matrimonio, ni por nuestra vida en común. Ni siquiera puedo ocuparme de

que esta fea caravana resulte acogedora.

 

Por fin consiguió que Kevin reaccionara. Él posó con un gesto brusco la copa de vino sobre el mostrador.

 

-¡No quiero que hagas un «nidito de amor», eso es todo! No es una buena idea.

 

-Así que tengo razón -dijo ella en voz baja.

 

Kevin se pasó la mano por el pelo.

 

-Eres una maldita romántica. Algunas veces, cuando te veo observándome, tengo la sensación de que no me ves cómo soy en realidad, sino como tú quieres que sea. Eso es lo que haces con este acuerdo... este vínculo legal que hay entre nosotros. Vas a moldearlo hasta que se ajuste a tus ideas.

 

-Es un matrimonio, Kevin, no un simple vínculo legal. Hemos hecho unos votos sagrados.

 

-¡Durante seis meses! ¿No entiendes que estoy preocupado por ti? Intento protegerte para no hacerte daño.

 

-¿Protegerme? Ya entiendo. -Dani respiró hondo. -¿Por eso cuentas mis píldoras anticonceptivas?

 

La expresión de Kevin se volvió fría y distante.

 

-Eso no significa nada.

 

-Al principio no entendía por qué sobresalían del estante del botiquín cuando siempre las dejaba al fondo. Luego me di cuenta de que las contabas.

 

-Sólo me aseguraba de que no te olvidabas ninguna, eso es todo.

 

-En otras palabras, me has estado espiando.

 

-No pienso disculparme. Sabes lo importante que a para mí no tener hijos.

 

Ella lo miró con tristeza.

 

-No hay nada entre nosotros, ¿verdad? Ni respeto, ni afecto, ni confianza.

 

-Existe afecto, Dani. Por lo menos por mi parte. Vaciló. -Y también te has ganado mi respeto. Nunca pensé que te tomarías el trabajo tan en serio.

Eres muy valiente, Dani.

 

La joven se negó a sentirse agradecida por aquellas palabras.

 

-Pero no confías en mí.

 

-Creo que tienes buenas intenciones.

 

-Aun así crees que soy una ladrona. Eso no habla bien de mis buenas intenciones.

 

-Estabas desesperada cuando cogiste ese dinero. Estabas cansada y asustada o no lo habrías hecho. Ahora lo sé.

 

-Yo no cogí el dinero.

 

-No importa, Dani. No te culpo.

 

El hecho de que él aún no la creyera no debería dolerle tanto. La única manera de convencerlo sería implicar a Beatriz y, como ahora sabía, no podía hacerlo.

 

¿Qué ganaría con ello? No quería ser la responsable del destierro de Beatriz. Y aquella relación no funcionaría si tenía que demostrarle a Kevin su inocencia.

 

-Si confías en mí, ¿por qué contabas las píldoras?

 

-No puedo correr riesgos. No quiero tener hijos.

 

-Eso ya lo has dejado claro. -Quiso preguntarle si lo que encontraba tan repulsivo era tener un hijo o tenerlo con ella, pero le daba miedo la respuesta. -No quiero que vuelvas a contarlas. Te he dicho que las tomaría y lo haré. Pero tendrás que confiar en mí.

 

La joven percibió la lucha interna de su marido. A pesar de que su propia madre la había traicionado con Noel Black, Dani no había perdido la fe en la raza humana. Pero Kevin no confiaba en nadie salvo en sí mismo.

 

Para su sorpresa, sintió que la indignación que sentía se desvanecía y la compasión ocupaba su lugar. Qué terrible debía de ser esperar siempre lo peor de la gente.

 

Dani rozó la mano de Kevin con la punta de los dedos.

 

-Nunca te haría daño a propósito, Kevin. Me gustaría que al menos creyeras eso.

 

-No es fácil.

 

-Lo sé. Pero es necesario que lo hagas. Él la miró durante un buen rato antes de asentir brevemente con la cabeza.

 

-Vale. No las contaré más.

 

Dani sabía lo que esa pequeña concesión le había costado a su marido y se emocionó.

 

 


-¡Yyyyy ahora, entrará en la pista central del circo de los Hermanos Quest, Theodosia, la hermosa esposa de Kevini el Cosaco!

 

A Dani le temblaban tanto las rodillas que trastabilló, echando a perder su primera entrada. «¿Qué había sido de lo de la gitanilla salvaje?», se preguntó frenéticamente mientras escuchaba el discurso de Jack por primera vez. Esa mañana, durante el ensayo, había comenzado a contar una historia de una gitana, pero se había marchado lleno de frustración cuando ella soltó el primer grito. Dani se enteró de que el narrador contaría otra historia cuando Sheba le dio el vestido, pero la propietaria del circo se alejó sin dar más explicaciones.

 

La música de la balalaica resonaba en el circo, situado esta vez en el aparcamiento de un pueblo de verano en Seaside Height, New Jersey. Kevini entró en la pista central con el látigo en la mano. Bajo el resplandor carmesí de los focos, resaltaban las brillantes botas negras y las lentejuelas rojas del cinturón centelleaban ante cualquier movimiento.

 

-¿Parece nerviosa, damas y caballeros? -preguntó Jack, señalándola con la mano. -A mi sí que me lo parece. Pero esta joven ha tenido que armarse de mucho valor para entrar en la pista con su marido.

 

El vestido de Dani susurró mientras se adentraba lentamente en la arena. Era un vestido de noche recatado, con el cuello alto de encaje adornado con pedrería. Kevin le había colocado una rosa roja de papel de seda entre sus pechos antes de salir. Le había dicho que formaba parte del vestuario.

 

Dani sintió los ojos del público en ella. La voz de Jack se mezclaba con la música rusa y con el susurro de la brisa del océano que agitaba los laterales de la carpa.

 

-Hija de ricos aristócratas franceses, Theodosia estuvo apartada del mundo moderno por las monjas que la instruían.

 

«¿Monjas?» Pero ¿qué estaba diciendo Jack?

 

Mientras el director de pista continuaba su monólogo, Kevin comenzó el lento baile del látigo que siempre daba comienzo a su número, mientras ella se mantenía inmóvil bajo los focos frente a él. La luz se volvió más suave; el público escuchaba la historia de Jack hipnotizado por los gráciles movimientos de Kevin.

 

-Conoció al cosaco cuando el circo actuó en un pueblo cercano al convento donde vivía, y los dos se enamoraron profundamente. Pero los padres de la joven se opusieron a la idea de que su gentil hija se casara con un hombre al que consideraban un bárbaro y la encerraron bajo llave. Theodosia tuvo que escapar de su familia.

 

La música se hizo más dramática y el baile del látigo de Kevin pasó de enérgico a seductor.

 

-Ahora, damas y caballeros, entra en la pista con su marido, algo muy difícil para ella. El látigo aterroriza a esta dulce joven. Por eso os rogamos que estéis lo más quietos posible para que ella pueda enfrentarse a sus miedos. Os recuerdo que si está aquí es sólo por una cosa -el baile del látigo de Kevin alcanzó su clímax, -el amor que siente por su feroz marido cosaco.

 

La música siguió in crescendo y, sin previo aviso, Kevin agitó el látigo formando un arco sobre su cabeza. El aliento abandonó el cuerpo de Dani en un grito estrangulado y dejó caer el rollito que acababa de sacar del bolsillo especial que Sheba le había cosido al vestido sólo unas horas antes.

 

El público contuvo el aliento y ella se percató de que la increíble historia de Jack había funcionado. En lugar de reírse por la reacción de Dani, habían simpatizado con la desvalida joven.

 

Para su sorpresa, Kevin se acercó a ella, recogió el rollito del suelo y se lo ofreció como si fuera una rosa, luego inclinó la cabeza y le rozó los labios con los suyos.

 

El gesto fue tan romántico que Dani oyó suspirar a una mujer en la primera fila. Ella misma también habría suspirado si no hubiera sabido que él sólo jugaba con las emociones del público. A Dani le temblaron los dedos cuando sostuvo el rollito de papel tan alejado de su cuerpo como pudo.

 

Logró mantener la compostura cuando él se alejó, pero cuando llegó el momento de ponérselo en la boca, comenzaron a temblarle las rodillas de nuevo. Deslizó ligeramente el rollito entre los labios, cerró los ojos y se puso de perfil.

 

Sonó el chasquido del látigo y el extremo del rollito cayó al suelo. Dani cerró los puños a los costados. Si había pensado que tener audiencia haría que aquello resultara más fácil, estaba equivocada.

 

Kevin chasqueó el látigo dos veces más hasta que sólo quedó el cabo entre los labios de su esposa. Dani tenía la boca tan seca que no podía tragar.

 

La voz de Jack surgió entonces, susurrante y dramática.

 

-Damas y caballeros, necesitamos su colaboración mientras Kevini intenta hacer el último corte al pequeño rollo de papel que su mujer sujeta entre los labios. Necesita silencio absoluto. Les recuerdo que el látigo pasará tan cerca de la cara de la joven que la más mínima equivocación por parte de su marido podría marcarla de por vida.

 

Dani gimió. Se clavó las uñas en las palmas de las manos con tanta fuerza que temió haberse hecho sangre.

 

El chasquido resonó en sus oídos cuando el látigo cortó la última sección del rollito que sostenía en la boca.

 

El público estalló en vítores. Dani abrió los ojos, sintiéndose tan mareada que temió desmayarse. Kevin le hizo indicaciones con la mano, señalándole lo que iba a hacer a continuación. Lo único que ella pudo hacer fue alzar la barbilla.

 

Cuando levantó la cabeza, la punta del látigo voló hacia ella y la roja flor que llevaba entre los pechos explotó en un despliegue de frágiles pétalos de papel.

 

Ella dio un respingo y dejó escapar un siseo que el público acalló con sus aplausos. Kevin hizo otro gesto, indicándole que levantara las manos y cruzara las muñecas. Temblando, ella siguió sus indicaciones.

 

El látigo restalló de nuevo y la multitud soltó un grito ahogado cuando el látigo se enroscó alrededor de las muñecas de Dani. Él esperó un momento, luego la liberó. Un murmullo indescifrable surgió de las gradas. Kevin la miró con el ceño fruncido y ella recordó que debía sonreír. Consiguió curvar los labios y mostrar las muñecas para que vieran que estaba ilesa.

Mientras hacía eso, él volvió a chasquear el látigo.

 

Dani dio un respingo. Miró hacia abajo y vio que el látigo le rodeaba los tobillos. Kevin no había hecho eso antes y ella le dirigió una mirada preocupada. La liberó y arqueó una ceja indicándole que saludara. Ella le dirigió al público otra sonrisa falsa. A continuación Kevin le indicó que levantase los brazos. Con una sensación de fatalidad, Dani hizo lo que le ordenaba.

 

«¡Zas!»

 

A Dani se le escapó un gritito cuando el látigo se curvó en torno a su cintura. Ella esperaba que él aliviara la presión de la cuerda, pero Kevin se limitó a tirar con fuerza del látigo, obligándola a acercarse a él. Sólo cuando la falda del vestido rozó los muslos de Kevin, él sustituyó el látigo por sus brazos para darle un beso arrebatador que habría hecho justicia a la portada de un libro romántico.

 

La multitud soltó una ovación.

 

Dani se sentía mareada, y aunque estaba enfadada con Kevin, no pudo evitar sentirse feliz. Su marido silbó y Misha resolló con furia al volver a la arena. Kevin la soltó sólo un momento y montó a lomos del caballo de un salto mientras el equino trotaba por la pista. Un escalofrío de inquietud se deslizó por la espalda de Dani. Sin duda alguna él no iba a...

 

Dani sintió que sus pies dejaban de tocar el suelo cuando Kevin se inclinó sobre el lateral del caballo para subirla en sus brazos. Antes de saber qué sucedía, estaba sentada en su regazo.

 

Se apagaron las luces, dejando la pista sumida en la oscuridad. Los aplausos fueron ensordecedores. Kevin aflojó uno de los brazos mientras ella se agarraba frenéticamente a su cintura. Un momento después, sonó una explosión y el gran látigo de fuego danzó por encima de sus cabezas.

 

 

holaaaaa bueeenooo que taaal les gustoooo el caapp???

a mi siii jejejeje haayyy kev k le pasaaa jeje no le gusto los arreglos de la caravanaa?? jejeje

uuuyyy k pasara con las pildoras jejeje

les diree algooo

las pildoras tienen su secreto!

jejeje

buenoo las dejoo me voyy paso x sus novels!!

no se olviden de votar x favoor!!!! arriba esta el link!

las kierooo

byeee

xoxox

 

Adri!

 

 

 

 

 

Capitulo DOCE..! COMPLETO

 

HOLAAAAA CHICAAAASSS primero mil gracias por sus comentarios se les agradeceeeeee!!!!

bienvenidaaas a las nuevas lectoras que bien que les guste la novela y espero k la recomienden!

buenooo ya que me pidieron maraton! este es un capitulo completo! no lo dividi jejeje :) asi que disfrutenloo!!!

buenoo me despido dejen su comentario!

ADRI:)

XOXOXO

CAPÍTULO 12


Kevin clavó los ojos en la puerta por donde acababa de desaparecer Beatriz, luego miró a su esposa.

 

-La tuya ha sido la peor actuación que he visto en mi vida. ¿De verdad has dicho que le vas a impedir que te robe el marido o me lo he imaginado?

-Beatriz se lo ha creído y eso es lo único que cuenta. Después de lo que le has dicho era necesario que alguien la tratara como a una mujer adulta.

-No pretendía herir sus sentimientos, pero ¿qué querías que hiciera? No es una adulta. Es una niña.

-Te ha ofrecido su corazón, Kevin, y tú lo has rechazado como si no valiera nada.

-No sólo me ha ofrecido su corazón. Un poco antes de que llegaras me dejó bien claro que su cuerpo también iba incluido en el lote.

 

-Está desesperada. Si hubieras aceptado, se hubiera desmayado del susto.

Él se estremeció.

 

-Una quinceañera no está en mi lista de perversiones favoritas.

-¿Qué clase de perversiones...? -Dani se mordió la lengua. ¿Cuándo iba a comenzar a pensar antes de hablar?

 

Kevin le brindó una sonrisa enloquecedora que le puso la piel de gallina.

 

-Será más divertido que lo vayas averiguando poco a poco.

 

-¿Por qué no me lo dices ahora?

-Espera y verás.

 

Dani lo observó.

 

-¿Incluye algo con...? No, claro que no.

 

-Estás pensando en los látigos otra vez.

-No, por supuesto que no -mintió.

-Bien. Porque no tienes por qué preocuparte de eso. - Kevin hizo una pausa significativa. -Si lo hago bien no duele en absoluto.

 

Dani abrió los ojos de par en par.

 

-¡Deja de hacer eso!

 

-¿El qué?

 

La expresión inocente de Kevin no la engañó ni por un instante.

 

-Deja de plantar todas esas dudas en mi cabeza.

-No soy yo quien planta dudas en tu cabeza. Lo haces tú sólita.

-Sólo porque tú sigues diciendo esas cosas. No me gusta que me tomes el pelo. Sólo tienes que responderme sí o no. ¿Alguna vez le has dado latigazos a una mujer?

-¿Sólo sí o no?

-Eso he dicho, ¿no?

-¿Sin ninguna aclaración?

-Sin ninguna aclaración.

-Bueno, entonces sí. Sí, definitivamente le he dado latigazos a una mujer.

-Vale, será mejor que me lo aclares -dijo ella débilmente tragando saliva.

-Lo siento, cariño, pero ya te he respondido. -Con una amplia sonrisa, él se sentó detrás del escritorio. -Tengo mucho trabajo que hacer, quizá sea mejor que me digas para qué querías verme.

 

Pasaron varios segundos antes de que Dani lograra recordar lo que la había llevado hasta allí.

 

-Se trata de Glenna.

 

-¿Qué pasa con ella?

 

-Es un animal grande y su jaula es muy pequeña. Necesita una nueva.

 

-¿Nada más? ¿Sólo quieres que compremos una jaula nueva? -replicó él con ironía.

 

-Es inhumano que la pobre viva en un lugar tan estrecho. Se la ve muy deprimida, Kevin. Tiene esos deditos tan suaves, y los saca por los barrotes como si necesitara el contacto de otro ser vivo. Y ése no es el único problema que tenemos. Las jaulas son tan viejas que no son de fiar. La del leopardo se cierra sólo con un alambre.

 

Kevin cogió un lápiz y tamborileó con él la gastada superficie del escritorio.

 

-Estoy de acuerdo contigo. Odio esa condenada exposición de fieras, me parece inhumana, pero las jaulas son caras y Sheba aún se está pensando si deshacerse de esos anímales o no. Por ahora tendrás que arreglártelas como puedas. - Kevin desplazó la mirada a la ventana y la silla rechinó cuando se reclinó para ver mejor. -Vaya, mira ahí fuera. Parece que tienes visita.

 

Ella siguió la dirección de la mirada y vio a un elefantito con la correa colgando delante del vagón rojo,

 

-Es Tater. -Cuando ella lo miró, el elefante levantó su trompa y bramó como un trágico héroe que vagara por el mundo en busca de su amor perdido. -¿Qué hace ahí?

 

-Supongo que estará buscándote. - Kevin sonrió. -Los elefantes crean fuertes

vínculos familiares, y Tater parece haberlo establecido contigo.

 

-Es un poco grande para ser mi mascota.

 

-Me alegra oír eso, porque por mucho que me lo pidas jamás dormirá en nuestra cama.



Sheba estaba de un humor de perros cuando se acercó a Kevin. Esa mañana Brady le había dicho que Dani no estaba embarazada. La idea de que esa mujer llevara a un Markov en su vientre era tan aborrecible que debería haberse sentido aliviada, pero por el contrario se le había puesto un nudo de angustia en la boca del estómago. Si Kevin no se había casado con Dani porque estaba embarazada, entonces lo había hecho porque quería. Lo había hecho porque la amaba.

 

La bilis la corroía por dentro. ¿Cómo podía Kevin amar a esa pobre e inútil niña rica cuando no la había amado a ella?

¿No veía lo indigna que era Dani? ¿Habría perdido Kevin todo su orgullo?

 

En ese momento la intención de Sheba era poner en práctica el plan que hacía días que le rondaba la mente. Tenía cabeza para los negocios -siempre pensaba en lo mejor para el circo, por encima de sus sentimientos perenales, -pero lo que se le había ocurrido haría que Kevin viera con otros ojos a su esposa.

 

Se detuvo detrás de él mientras éste estaba trajinando en la grúa de montaje del circo. La camiseta húmeda K le pegaba a los firmes músculos de la espalda. Recordó el tacto de esa piel tensa bajo las manos, pero en lugar de excitarla ese recuerdo hizo que sintiera asco de sí misma. Sheba Quest, la reina de la pista central, le había robado a ese hombre que la amara y él la había rechazado. El rencor hizo que se le revolviera el estómago.

 

-Tenemos que hablar sobre tu número.

 

Él cogió un trapo grasiento y se limpió las manos con él. Kevin siempre había sido un mecánico de primera y reparar la grúa no era un problema para él, aunque hora mismo Sheba no sentía ningún tipo de gratitud por el dinero que le ahorraba.

 

-Dime.

 

La mujer levantó la mano para protegerse los ojos del sol, tomándose su tiempo, haciéndole esperar. Tardó un buen rato en hablar.

-Deberías hacer algún cambio. No lo has hecho desde la última gira y aún

queda demasiada temporada para seguir repitiendo lo mismo.

-¿Qué has pensado?

 

Sheba cogió las gafas de sol con las que se retiraba d pelo de la cara.

 

-Quiero que Dani intervenga en tu número.

 

-Olvídalo.

 

-¿Crees que no podrá hacerlo?

 

-Sabes muy bien que no.

 

-Bueno, pues tendrá que hacerlo. ¿O es que ahora es ella quien lleva los pantalones en tu casa?

 

-¿Qué pretendes, Sheba?

 

-Dani es ahora una Markov. Es hora de que comience a comportarse como tal.

 

-Eso es asunto mío, no tuyo.

 

-No mientras yo siga siendo la dueña del circo, Dani sabe cómo meterse al público en el bolsillo y tengo intención de aprovecharlo. -Le dirigió a Kevin una larga y dura mirada. -Quiero que actúe en el espectáculo, Kevin, te doy dos semanas para prepararla. Si se niega a hacerlo recuérdale que, si quiero, todavía puedo denunciarla.

 

-Estoy harto de tus amenazas.

 

-Entonces limítate a pensar en lo que es mejor para el espectáculo.



Kevin terminó de reparar la grúa y se dirigió a la caravana para lavarse las manos llenas de grasa. Mientras tomaba el cepillo de las uñas y el jabón de debajo del fregadero, se obligó a reconocer que Sheba tenía razón. Dani sabía cómo camelar al público y, aunque no había querido admitirlo antes, ya había pensado en incluirla en el número. Su reticencia provenía de lo difícil que sería entrenarla.

 

Todas las ayudantes con las que había trabajado en el pasado habían sido artistas con experiencia y no les daban miedo los látigos. Pero Dani sentía terror. Si se sobresaltaba cuando no debía...

 

Ahuyentó ese pensamiento. Podía entrenarla para que no se sobresaltase y permaneciese completamente inmóvil. Su tío Sergey lo había entrenado a él y lo había hecho tan bien que incluso cuando la función terminaba y aquel pervertido hijo de puta lo hostigaba por alguna ofensa imaginaria, Kevin no había movido ni un solo músculo.

 

Su mente había recorrido aquel tortuoso camino de su infancia más veces de

las que quería recordar y no quería remover aquella mierda otra vez, así que apartó un lado aquellos viejos recuerdos. Había otra ventaja en utilizar a Dani como ayudante, una más importante que el simple hecho de cambiar el número, le daría a él una razón válida para mandarle menos trabajo, una razón contra la que ella no podría discutir.

 

Aún no podía creer que Dani se hubiera negado a permitir que le facilitara las cosas. Esa mañana Kevin había vuelto a insistir, pero algo en la expresión de su esposa lo había hecho desistir. El trabajo era importante para ella; se había dado cuenta de que Dani lo consideraba una especie de prueba de supervivencia.

 

Pero a pesar de lo que ella pensaba, él no tenía intención de permitir que acabara agotada. Lo supiera Dani o no, actuar en la pista central con él era mucho menos duro que recoger estiércol de elefante. O limpiar jaulas.

 

Mientras se lavaba las manos y se las secaba con una toalla de papel, recordó lo frágil que la había sentido bajo ellas la noche anterior. La manera de hacer el amor de su esposa había sido tan buena que lo asustaba. No se lo había esperado, nunca se hubiera imaginado que Dani tuviera tantas facetas: inocente y tentadora, infantil e insegura, agresiva y generosa. Había querido conquistarla y protegerla al mismo tiempo, y ahora estaba jodidamente confundido.

 

Al otro lado del recinto, Dani salió del vagón rojo. A Kevin no le agradaría descubrir que había hecho un par de llamadas a larga distancia con su móvil, pero ella estaba más que satisfecha con lo que había aprendido del guardián del zoo de San Diego. El hombre le había sugerido algunos cambios que ella intentaría llevar a cabo: tenía que reajustar la dieta de los animales, darles vitaminas extras y cambiar los horarios de alimentación.

 

Caminó hacia la caravana, donde había visto dirigirse a su marido unos minutos antes. Al terminar las tareas en la casa de fieras había ido a echarle una mano a Digger, pero el hombre le había dicho con un gruñido que no necesitaba su ayuda, así que Dani había decidido aprovechar esas horas libres para ir a la biblioteca de la localidad. La vio al pasar por el pueblo y quería investigar un poco más sobre los animales. Pero antes tenía que conseguir que Kevin le dejara las llaves de la camioneta, cosa que, hasta entonces, no había conseguido.

 

Cuando ella entró en la caravana, él estaba delante del fregadero lavándose las manos. La atravesó una especie de vértigo absurdo. Kevin era demasiado grande para un lugar tan estrecho y Dani pensó que aquella oscura presencia que él poseía parecía mucho más adecuada para vagar por un páramo inglés del siglo XIX que para viajar con un circo itinerante del siglo XX. Kevin se volvió y ella contuvo el aliento ante el impacto de esa mirada color ámbar.

 

-¿Podrías dejarme las llaves de la camioneta? -dijo Dani cuando recuperó la voz. -Tengo que hacer unos recados.

 

-¿Vas a ir a comprar tabaco?

 

-Por si no te has dado cuenta, he dejado de fumar.

 

-Estoy orgulloso de ti. - Kevin lanzó la toalla de papel a la basura y Dani observó cómo la camiseta se le pegaba al pecho húmedo de sudor. Tenía una mancha de grasa en el brazo. -Te llevaré dentro de una hora o así.

 

-Puedo ir sola. Esta mañana vi una lavandería al lado de la biblioteca del pueblo. He pensado que podría hacer la colada y, al mismo tiempo, pillar algún libro. ¿Te parece bien?

 

-Genial. Pero prefiero llevarte yo.

 

-¿Tienes miedo de que te robe la camioneta?

 

-No. Es sólo que... la camioneta no es mía. Es del circo y no creo que tú debas conducirla.

 

-Soy una conductora excelente. No voy a darle ningún golpe.

 

-Eso no puedes asegurarlo.

 

Dani tendió la mano decidida a salirse con la suya.

 

-Por favor, dame las llaves.

 

 

-Te acompañaré y aprovecharé para coger un libro de la biblioteca.

Ella le dirigió su mirada más intimidante.

 

-Las llaves, por favor.

Él se frotó la barbilla con los dedos como si considerase la idea.

 

-Hagamos un trato. Desabróchate la camisa y te daré las llaves.

 

-¿Qué?

 

-Es mi mejor oferta. O la tomas o la dejas.

 

Al observar el brillo divertido en los ojos de Kevin Dani se preguntó cómo alguien tan serio podía tener una naturaleza tan juguetona cuando se trataba de sexo.

 

-¿De verdad esperas que yo...?

 

-Aja. - Kevin se apoyó en el fregadero y se cruzó de brazos, esperando.

 

Una ardiente llamarada de excitación atravesó el cuerpo de Dani al ver el deseo en los ojos de Kevin. No estaba segura de estar preparada para otro encuentro sexual con él, pero por otra parte... ¿qué daño podía hacerle jugar un rato? La humedad de la blusa le recordó que llevaba toda la mañana trabajando y que estaba sucia. Aunque por otro lado, él también lo estaba y, después de todo, sólo retozarían un poco. Entonces ¿qué importaba lo demás?

 

Lo miró por encima del hombro con un gesto altivo.

 

-No acostumbro a utilizar mi cuerpo como moneda de cambio. Es ofensivo.

 

-Siento que pienses así. -Sacó las llaves del bolsillo y, con exagerada

inocencia, las lanzó al aire y las cogió con la mano.

 

La suave piel de los pechos de Dani se erizó bajo la húmeda camisa y los pezones se le pusieron como guijarros.

 

-¿De verdad te gustaría que hiciera algo así?

 

-Cariño, me encantaría.

 

Conteniendo una sonrisa, Dani se desabrochó lentamente el botón superior.

-Está bien, pero sólo una miradita. -Una vocecilla interior le dijo que estaba jugando con fuego, pero la ignoró.

-Con una miradita conseguirás la llave de la puerta, pero no la del contacto.

 

Dani se desabrochó otro botón.

 

-¿Qué tendría que hacer para conseguir la llave del contacto?

-¿Llevas sujetador?

 

-Sí.

 

-Pues quitártelo.

 

Dani sabía que debería poner fin al juego en ese momento, pero se desabrochó el siguiente botón.

 

-Bueno, supongo que como eres el responsable de la camioneta, es normal que pongas tú las reglas.

 

-Quizá debería pensármelo un poco más.

 

-No hagas que me ponga duro. -El ronco susurro de Kevin no era amenazador, pero hizo que Dani se pusiera a temblar.

-Ya que te pones así... -abrió la blusa, mostrando un sujetador con un estampado floral.

-Quítatelo también.

 

Dani se lo acarició con la mano, pero no lo abrió.

 

-Haz lo que te digo y nadie resultará herido.

 

Dani no pudo ocultar una sonrisa mientras abría el broche. Se desprendió lentamente de las húmedas copas de encaje que le cubrían los pechos y se exhibió ante él con descarado atrevimiento, sin haberse desnudado del todo, pero con la blusa abierta y los pechos desnudos.

 

-Eres preciosa. -El susurrante cumplido de Kevin la hizo sentir la mujer más bella del mundo.

 

-¿Lo bastante para que me des la llave del contacto?

 

-Lo suficiente para que te dé toda la puta camioneta.

 

En dos pasos la tomó entre sus brazos. Kevin bajó la cabeza con rapidez y le cubrió la boca con la suya, y Dani sintió que el mundo comenzaba a girar como un loco carrusel. Él se deshizo de la camisa de Dani fácilmente, bajándosela por los hombros;

 

-Estoy sucia y sudada.

-Yo también, así que no hay problema. -Con un rápido movimiento Kevin se quitó la manchada camiseta por la cabeza. -Vas demasiado vestida para mi gusto.

 

Dani se deshizo de los zapatos y se desabrochó los vaqueros, pero al parecer no con la suficiente rapidez para él.

 

-¿Por qué tardas tanto? -En unos instantes Kevin le había arrancado la ropa para dejarla tan desnuda como él.

 

Los ojos de Dani recorrieron el cuerpo de su marido, los músculos marcados, la piel morena y el vello del pecho donde resaltaba la medalla esmaltada. Tenía que preguntarle por ella. Tenía que preguntarle muchas cosas.

 

Cuando Kevin se dejó caer junto a ella, Dani inhaló el carnal olor a sudor, producto del trabajo duro, y se preguntó por qué no se sentía asqueada. Lo primitivo de aquel encuentro la excitaba de una manera que nunca hubiera creído posible. El desenfreno que sentía la hacía avergonzarse.

 

-T-tengo que ducharme.

 

-Después. - Kevin cogió un condón del cajón de la mesilla, lo abrió y se lo puso.

 

-Pero estoy muy sucia.

 

Él le separó las rodillas.

 

-Quiero que disfrutes, Dani.

 

Ella gimió y le mordió el hombro cuando se apretó contra ella. Su piel le supo a sal y a sudor; lo mismo que él saboreaba en sus pechos. Se le puso un nudo en la garganta.

 

-De verdad, Kevin, tengo que ducharme.

-Después.

-Oh, Dios mío, ¿qué me estás haciendo?

-¿Te gusta?

-¿Te gusta a ti?

-Sí. ¿Quieres más?

-Sí, oh, sí.

 

Olores y sabores. Caricias. Sudor y fuerza bajo las palmas de las manos de Dani mientras Kevin embestía una y otra vez.

 


Dani dejó la cama en cuanto pudo y se metió en el cuarto de baño. Mientras el agua caía sobre su cuerpo se estremeció por esa desconocida y salvaje parte de sí misma ¿Era sagrada o profana? ¿Cómo podía abandonarse de esa manera a un hombre al que no amaba? Aquella pregunta la atormentaba.

Cuando salió del baño envuelta en una toalla, con la piel limpia y el alma confusa, Kevin estaba apoyado en el fregadero. Se había vuelto a poner los vaqueros sucios y sostenía una cerveza en la mano.

 

La miró fijamente y frunció el ceño.

 

-Vas a complicarlo todo, ¿verdad?

 

Ella cogió ropa limpia del cajón y le dio la espalda para vestirse.

 

-No sé a qué te refieres.

-Lo veo en tu cara. Estás dándole vueltas a lo que acaba de ocurrir.

-¿Y tú no?

-¿Por qué iba a hacerlo? Es sólo sexo, Dani. Es divertido y ardiente. Y no hace falta enredarlo más.

 

Ella señaló la cama con la cabeza.

 

-¿Te ha parecido algo sencillo?

-Ha estado bien. Eso es todo lo que importa.

 

Dani se subió la cremallera de los pantalones cortos y se puso unas sandalias.

-Te has acostado con muchas mujeres, ¿verdad?

 

-No de manera indiscriminada, si es eso lo que quieres decir.

 

-¿Ha sido así siempre?

 

Kevin vaciló.

-No.

Por un momento, desapareció parte de la tensión de Dani.

-Me alegro. Quiero que signifique algo.

 

-Lo único que significa es que, aunque nos cueste comunicarnos a nivel mental, nuestros cuerpos no encuentran ninguna dificultad para hacerlo.

 

-No creo que sea tan sencillo.

 

-Para mí sí.

 

-La tierra se ha movido -dijo ella suavemente. -Es algo más que dos cuerpos que se atraen.

 

-A veces sucede, a veces no. A nosotros nos pasa y punto.

 

-¿De verdad crees eso?

 

-Dani, escúchame. Si comienzas a imaginar cosas que no van a ocurrir, lo único que conseguirás es salir herida.

-No sé lo que quieres decir.

 

Kevin la miró fijamente a los ojos y ella sintió como si estuviera mirándole el alma.

-No voy a enamorarme de ti, cariño. No ocurrirá. Me importas, pero no te amo.

 

Cómo herían esas palabras. ¿De verdad era amor lo que quería de él?

 

Ciertamente, lo deseaba. Lo respetaba. ¿Pero cómo era posible llegar a amar a alguien que sentía tan poco aprecio por ella? En lo más profundo de su alma sabía que a ella le resultaría muy difícil amar a un hombre como Kevin Markov.

 

Él necesitaba a alguien tan terco y arrogante como él, alguien obstinado e imposible de intimidar, una mujer que no se echara a temblar ante todos esos oscuros ceños y que le respondiera de la misma manera. Una mujer que se sintiera como en casa en el circo, que no temiera a los animales ni el trabajo agotador. Necesitaba a Sheba Quest.

 

Los celos la inundaron. Aunque reconocía la lógica de que Kevin y Sheba eran perfectos el uno para el otro, su corazón rechazaba la idea.

 

Vivir con él le había enseñado algo de orgullo, y Dani irguió la cabeza.

 

-Lo creas o no, no me he pasado todo el tiempo pensando en cómo voy a conseguir que te enamores de mí. -Cogió la cesta de ropa que se iba a llevar a la lavandería. -De hecho, no quiero tu amor. Lo que sí quiero son las llaves de la maldita camioneta.

 

Las cogió del mostrador y salió corriendo hacia la puerta. Él se movió con rapidez para bloquearle el paso. Kevin le quitó la cesta de las manos.

 

-No pretendo hacerte daño, Dani -dijo. -Me importas. No quería que fuera así, pero no puedo evitarlo. Eres dulce y graciosa, y me encanta mirarte.

 

-¿De veras?

 

-Aja.

 

Dani alargó la mano para limpiarle con el pulgar una mancha del pómulo.

 

-Bueno, a pesar de que eres un hombre con muy mal genio, también me gusta

mirarte.

 

-Me alegro.

 

Ella sonrió e intentó coger de nuevo la cesta de la ropa sucia, pero él no se la dio.

 

-Antes de que te vayas... Sheba y yo hemos hablado. A partir de ahora tendrás una nueva tarea.

 

Ella lo miró con cautela.

 

-Ya estoy ayudando con los elefantes y con las fieras. No creo que tenga tiempo para hacer nada más.

 

-A partir de ahora, ya no te encargarás de los elefantes, y Trey se hará cargo de la casa de fieras.

 

-Los animales son responsabilidad mía.

 

-Bien. Puedes supervisarlo si quieres. El hecho es, Dani, que le gustas al público y Sheba quiere aprovecharse de ello. Actuarás conmigo. -Ella clavó los ojos en él. -Comenzaré a entrenarte mañana.

 

Dani se dio cuenta de que le rehuía la mirada.

 

-¿Entrenarme para que haga qué?

 

-Tu trabajo consistirá en estar quieta y hermosa.

 

-¿Y qué más?

 

-Tendrás que ayudarme. No será difícil.

 

-Ayudarte. ¿A qué te refieres con eso de ayudarte?

 

-Sólo eso. Lo hablaremos mañana.

 

-Dímelo ahora.

 

-Sostendrás algunas cosas, eso es todo.

 

-¿Sostenerlas? -Dani tragó saliva. -¿Las arrancarás de mi mano?

 

-De tu mano -Kevin hizo una pausa, -de tu boca.

 

Dani palideció.

 

-¿De mi boca?

 

-Es un truco fácil. Lo he hecho centenares de veces, y no debes preocuparte de nada. -Kevin abrió la puerta y le puso la cesta en los brazos. -Si quieres pasarte por la biblioteca, será mejor que te vayas ya. Te veré más tarde.

 

Con un suave empujón la echó afuera. Dani se dio La vuelta para decirle que de ninguna manera pensaba actuar en la pista central con él, pero Kevin le cerró la puerta en las narices antes de que pudiera pronunciar una sola palabra.

 

CAPITULO 11 BESAR A UN ANGEL :)

Capitulo largo!


Kevin volvió a dirigirle la palabra cuando llegaron al nuevo recinto.

 

Cuando bajó de la camioneta y empezó a desenganchar la caravana, le dijo a Dani que no volvería a trabajar con los animales. Que debía dedicarse a cosas más ligeras, como ordenar el vestuario y, claro está, aparecer en el desfile todas las noches.

 

Ella lo miró con el ceño fruncido.

-Pensaba que te alegraría no tener que trabajar tan duro -dijo él. -¿Qué es lo que te parece mal ahora?

-¿Por qué has esperado hasta esta mañana para aligerar mis tareas?

-Por ninguna razón en particular.

-¿Seguro?

-Déjate de rodeos y dime qué estás pensando.

-Me siento como una prostituta a la que están pagando por los servicios prestados.

 

-Vaya ridiculez. Había tomado la decisión antes de que nos acostáramos juntos. Además, quién dice que tendría que pagarte.

Creo sin duda alguna que mi actuación fue buenísima.

Ella no picó el anzuelo.

 

-Dije que me ocuparía de las fieras y eso es lo que haré.

-Y yo te digo que no tienes por qué hacerlo.

-Y yo digo que quiero hacerlo. -Era cierto. Tras su experiencia con los elefantes, sabía que sería un trabajo duro, pero no podía ser peor de lo que ya había sido.

 

Había sobrevivido. Había recogido estiércol hasta que le salieron ampollas en las manos, había transportado pesadas carretillas y había sido golpeada por malhumorados elefantitos. Se había enfrentado al miedo y todavía seguía en pie -magullada, tal vez- pero con la cabeza bien alta.

 

El la miró con una mezcla de incredulidad y algo que casi parecía admiración, aunque Dani sabía que no podía ser eso.

 

-¿Por qué no me haces caso y dejas correr el tema?

 

Dani se mordisqueó el labio inferior y frunció el ceño.

 

-Mira, no sé qué me deparará el futuro, me limito a vivir el día a día.

Ahora mismo lo único que tengo claro es que tengo que hacerlo.

-Dani, es demasiado trabajo.

 

-Lo sé. -Sonrió. -Por eso tengo que hacerlo.

 

Kevin la observó un buen rato y luego, para sorpresa de Dani, inclinó la cabeza y la besó. Allí mismo, en mitad del recinto, con todos yendo de un lado para otro, con Brady y sus hijos ensayando sus saltos acrobáticos y Beatriz haciendo equilibrios a su lado. En medio de todo eso le dio un beso largo y profundo.

 

Cuando se separaron, ella se sentía débil y jadeante. É levantó la cabeza y miró a su alrededor. Dani esperaba que se sintiera avergonzado por aquella exhibición pública, pero no lo parecía. Quizás intentaba compensar el incidente de la fiesta sorpresa, o tal vez sus motivaciones fueran más complicadas pero, sin importar cuál fuera la razón, había dejado claro a todo el que quisiera mirar que ella significaba algo para él.

 

Dani tuvo poco tiempo para pensar en el tema cuando emprendió sus tareas en la casa de fieras. Poco después apareció un joven llamado Trey Skinner que dijo que Kevin le había enviado para ayudarla con el trabajo más pesado. Dani le mandó poner la jaula de Sinjun a la sombra y meter dentro un poco de heno, después le dijo que podía marcharse.

 

Por suerte, Lollipop no intentó escupirle de nuevo, pero aun así Dani se mantuvo alejada de la llama. Además de Lollipop, Sinjun y Chester, en la casa de fieras también había un leopardo llamado Fred, un buitre con las alas cortadas y una gorila. Había también una boa pero, para alivio de Dani, la serpiente se había convertido en la mascota de Jill y vivía en su caravana cuando no estaba en la exhibición.

 

Siguiendo las escuetas instrucciones de Digger, Dani alimentó a los animales y después comenzó a limpiar las jaulas, empezando por la de Sinjun. El tigre la miraba con aire condescendiente cuando comenzó a remojarlo con la manguera, como si le estuviera otorgando el privilegio de servirlo.

 

-No me gustas -murmuró ella empapándolo de agua.

«Mentirosa.»

Ella casi dejó caer la manguera.

-Deja de hacer eso -siseó. -Deja de meterte en mi mente.

 

El tigre bostezó y se estiró bajo el chorro de agua, haciéndola sentir increíblemente tonta.

 

Cuando terminó de duchar a Sinjun, volvió a la carpa y miró a la gorila que recibía el nombre de Glenna y ocupaba la jaula de la esquina. Sus ojos color chocolate parecían tristes y le sostuvieron la mirada cuando la observó a través de los barrotes oxidados de aquella vieja jaula que parecía demasiado pequeña para ella. Algo en la tranquila resignación del animal enterneció a Dani, que se acercó a la jaula.

Glenna se sentó, observándola en silencio, estudiando a uno más de

los cientos de humanos que pasaba cada día por su jaula. Dani se detuvo y esperó. De alguna manera sentía que tenía que obtener el permiso de Glenna para poder acercarse más, como si en este pequeño acto la gorila tuviera voz y voto.

 

Glenna se acercó a la parte delantera de la jaula y la observó. Lentamente el animal levantó el brazo y lo metió entre los barrotes. Dani la miró y se dio cuenta de que la gorila trataba de darle la mano.

 

Glenna esperó pacientemente, con la mano tendida hacia ella. A Dani se le aceleró el corazón. Si apenas se atrevía a acariciar a un gatito, ni hablar de tocar a un animal salvaje. Quiso darse la vuelta, pero el animal parecía tan humano que ignorar su gesto hubiera sido imperdonable, y se acercó vacilante hacía ella.

 

Glenna se mantuvo inmóvil con la palma hacia arriba. Con gran renuencia, Dani extendió la mano y tocó cautelosamente la punta del dedo de Glenna con su dedo índice. Era blanda y suave. Sintiéndose un poco más valiente, deslizó el dedo sobre el de la gorila. Glenna cerró los ojos y suspiró con suavidad.

 

 

Según transcurrió la mañana, se multiplicaron las dudas de Dani sobre el cuidado correcto de los animales. Varias veces acudió a Digger para pedir consejo sobre piensos y rutinas diarias y, cada vez que se acercaba, Tater le daba un golpe con la trompa como si fuera el matón del patio.

 

Digger respondió a las preguntas a regañadientes, por lo que Dani supuso que todavía estaba molesto por lo ocurrido el día anterior. La segunda vez que se acercó a preguntarle ese día, él escupió cerca de la deportiva de ella.

 

-No tengo tiempo para más preguntas, señorita. No quiero que nadie piense que no hago mi trabajo.

 

-Digger, no dije que no hicieras tu trabajo. Sólo estaba preocupada por las condiciones en las que se encontraban los animales de la casa de fieras. -Dani se preguntó para sus adentros si Digger conocería realmente la manera correcta de tratar a los animales de la exposición.

 

-Llevo cincuenta años cuidando animales. ¿Cuánto llevas tú?

-Sólo dos semanas. Por eso necesito tu consejo.

-No tengo tiempo para hablar. Tengo demasiado trabajo que hacer. -

 

El hombre miró por encima del hombro de Dani y esbozó una amplia sonrisa que dejó al descubierto sus dientes amarillentos y los huecos de los que le faltaban. La joven se dio cuenta demasiado tarde de cuál era la fuente de su diversión. Tater se había acercado a ella a hurtadillas.

 

«¡Zas!»

 

Dani sintió como si le hubieran golpeado en el pecho con una alfombra enrollada. Sin nada a lo que aferrarse, patinó por el suelo antes de tropezar con un fardo de heno. Cayó de lado sobre el estiércol golpeándose la cadera y el dolor le atravesó el cuerpo de arriba abajo. La risa cascada de Digger resonó en sus oídos. Dani levantó la cabeza justo a tiempo de ver en los ojos de Tater una expresión que se parecía muchísimo a una sonrisa de satisfacción.

 

Dani comenzó a ver rojo. ¡Ya había tenido suficiente!

 

Ignorando el dolor de la pierna y de la cadera, se puso bruscamente en pie y se plantó delante del elefantito meneando el puño ante sus narices.

 

-¡No vuelvas a hacerlo! ¡Jamás! ¿Me has oído?

 

El elefante retrocedió torpemente mientras ella avanzaba hacia él.

 

-Eres bruto, sucio y malo. ¡Y la próxima vez que me tires, lo lamentarás! ¡No dejaré que sigas abusando de mí! ¿Me has entendido?

 

Tater soltó un gemido lastimoso y agachó la cabeza, pero ya se había pasado demasiado con ella y Dani no se ablandó. Olvidando su aversión a tocar animales, le clavó el dedo índice en la trompa.

 

-¡Si quieres mi atención, compórtate como es debido! ¡Pero no vuelvas a golpearme!

 

Él encogió la trompa y plegó una de sus orejas. Dani se irguió en toda su estatura.

 

-¿Nos entendemos o no?

Tater levantó la cabeza y le dio una cabezadita en el hombro. Ella se

cruzó de brazos, rechazando aquella oferta de reconciliación.

-No puedo olvidar lo que has hecho.

 

-Lo siento, pero te va a llevar tu tiempo. Tienes que hacerme olvidar muchas cosas. Ahora si me perdonas, tengo que volver a la casa de fieras. -Se giró para marcharse.

Tater gimió. Desconsolado. Triste. Como un niño que hubiera perdido a su madre.

 

Dani aminoró el paso y se le rompió el corazón cuando vio al desolado elefantito con las orejas caídas y los oscuros ojos tristes. Arrastraba la pequeña trompa por el suelo manchándola de tierra.

 

-Tú te lo has buscado -señaló.

 

El animal soltó un gemido plañidero.

 

-Yo intenté ser simpática.

 

Otro gemido patético. Y luego, para asombro de Dani, vio que comenzaban a caerle lágrimas de los ojos. Digger le había dicho que los elefantes eran uno de los animales más sentimentales que existían y que además lloraban, pero no le había creído. Ahora, mientras observaba resbalar las lágrimas por la arrugada piel de Tater, se evaporó todo su resentimiento.

 


-Eso no vale. Eres tan llorón como yo.

 

Él levantó la cabeza y dio unos pasos vacilantes hacia ella. Cuando estuvo a su lado se paró como si quisiera pedir permiso antes de restregarle la cabeza contra el hombro.

 

Una vez más casi la arrojó al suelo, pero esta vez el gesto había sido cariñoso. Dani le acarició la frente.

 

-No pienses que te perdono porque soy una debilucha. Tienes que mejorar tus modales o todo habrá terminado entre nosotros.

 

Él se frotó contra ella con la misma suavidad que un patito.

-Nada de golpes. Nada de trucos.

 

-Eres un bebé tonto.

 

Mientras Dani perdía el corazón por el elefante, Kevin estaba en la puerta trasera del circo, observando lo sucedido. Vio cómo el elefante curvaba la trompa en torno al brazo de su esposa y sonrió. Lo supiera Dani o no, acababa de hacer un amigo para toda la vida. Se rio entre dientes y se encaminó hacia el vagón rojo.



Beatriz nunca se había sentido tan desdichada. Sentada en la mesa de cocina de la Airstream de su padre, clavó la mirada en los deberes de la escuela, pero lo escrito en la página no captaba su atención. Como los demás niños del circo, recibía lecciones por correspondencia a través de la Calvert School de Baltimore, un lugar especializado en enseñar a los niños que no podían ir a la escuela. Cada pocas semanas llegaba un grueso paquete con libros, cuadernos y exámenes.

 

Sheba se había acostumbrado a supervisar la tarea escolar de Beatriz, pero la educación de la mujer no había sido demasiado buena y no había mucho que pudiera hacer excepto comprobar los exámenes. Beatriz tenía dificultades con la geografía y había suspendido lengua inglesa.

 

En ese momento apartó el libro y miró el cuaderno de apuntes que había debajo, donde había garabateado algunos nombres. «Señora de Kevin Markov. Beatriz Markov. Beatriz Pepper Markov.»

 

«Mierda.» ¿Porque él lo había permitido? ¿Por qué Kevin había dejado que Dani lo besara de esa manera delante de todo el mundo? Beatriz había querido morirse al presenciar ese beso. Odiaba a Dani, y lo mejor que le había ocurrido esas dos semanas había sido verla sucia y cubierta de mierda. Era lo que se merecía, estar cubierta de mierda.

 

Más de una vez, Beatriz había intentado aliviar la culpa que sentía por lo que le había hecho a Dani diciéndose a sí misma que se lo merecía. Que allí no había sitio para ella. Que no encajaba en el circo.

 

Y que nunca debería haberse casado con Kevin Que Kevin era suyo.

 

Se había enamorado de él hacía seis semanas, la primera vez que lo vio. Al contrario que su padre, Kevin siempre tenía tiempo para hablar con ella. No le importaba pasar el rato con ella e incluso, antes de que llegara Dani, había dejado que lo acompañara a hacer algunos recados. Una vez, en Jacksonville, habían ido juntos a una sala de exposiciones y le había explicado cosas sobre los cuadros. También la había invitado a hablar sobre su madre y en dos ocasiones la había consolado por algo que le había dicho su terco padre.

 

Pero a pesar de lo mucho que lo amaba, Beatriz sabía que aún la veía como una niña. Últimamente había estado pensando en que tal vez, si él se hubiera dado cuenta de que era una mujer, la habría mirado de forma diferente y no se habría casado con Dani.

 

De nuevo sintió que le invadía la culpa. No había planeado coger ese dinero y esconderlo en la maleta de Dani, pero había entrado en el vagón rojo y Dani estaba ocupada con aquella llamada telefónica. El cajón de la recaudación estaba abierto y, simplemente, había ocurrido.

 

Estaba mal, pero no dejaba de decirse a sí misma que no era tan grave como parecía. Kevin no amaba a Dani, hasta Sheba lo decía. Dani cargaría con la culpa del delito y él se desharía de ella ahora en vez de más adelante.

 

Pero el beso que había presenciado esa mañana le decía que Dani no iba a dejarlo escapar con tanta facilidad. Beatriz todavía no podía creerse la manera en que se había abalanzado sobre él. ¡ Kevin no la necesitaba! No necesitaba a Dani cuando podía tenerla a ella.

 

¿Pero cómo iba a saber él lo que ella sentía si nunca se lo había dicho? Apartó los libros a un lado y se levantó de un salto. No podía soportarlo más. Tenía que hacerle entender que ya no era una niña. Tenía que hacerle entender que no necesitaba a Dani.

 

Sin darse tiempo a pensarlo dos veces, salió rápidamente de la caravana y se encaminó al vagón rojo.



Kevin levantó la vista del escritorio cuando entró Beatriz. La jovencita llevaba metidos los pulgares dentro de los bolsillos de unos pantalones cortos de cuadros, que quedaban casi cubiertos por completo por una enorme camiseta blanca. Se la veía pálida e infeliz, como un hada con las alas cortadas. Sintió pena por ella. La trataban de una manera muy dura, pero a pesar de eso seguía luchando y a él

le gustaba que lo hiciera.

-¿Qué te pasa, cariño?

 

Ella no le respondió. En vez de eso deambuló por la caravana, tocando el brazo del sofá o cogiendo un archivador. Kevin vio una imperceptible mancha naranja en la mejilla, donde había intentado tapar una espinilla, y sintió un atisbo de ternura. Algún día, muy pronto, Beatriz se convertiría en una auténtica belleza.

 

-¿Problemas?

 

Ella levantó la cabeza de golpe.

 

-No.

 

-Bien.

 

Beatriz tragó saliva y se aclaró la garganta.

 

-Es sólo que pensé que tal vez quisieras saber... -La jovencita inclinó la cabeza y comenzó a mordisquearse una uña ya comida.

 

-¿Saber qué?

 

-Vi lo que Dani te ha hecho hoy -dijo Beatriz con rapidez. -Sólo quiero que sepas que sé que no puedes evitarlo y todo eso.

 

-¿Y qué me hizo Dani?

-Ya sabes a qué me refiero.

 

-Pues me temo que no.

 

-Ya sabes -ella clavó la vista en un punto sobre la mesa. -Te ha besado donde todos podían verlo y todo eso. Te ha humillado.

 

Tal y como Kevin lo recordaba, había sido él quien la había besado a ella. No le gustaba la manera en la que todos miraban el vientre de su esposa y contaban los meses con los dedos. Tampoco le gustaba la manera en que la ridiculizaban a sus espaldas, en especial cuando sabía que él tenía la culpa.

 

-No sé qué tiene que ver eso contigo, Beatriz.

 

Ella se agarró las manos y habló atropelladamente.

 

-Todos saben lo que sientes por ella y todo eso. Que no te gusta. Y cuando mi padre me dijo que no estaba embarazada ni nada, no pude entender por qué le casaste con ella. Luego recordé que los tíos os volvéis locos si tenéis una chica cerca y no podéis... ya sabes... mantener relaciones con ella, pero a veces os dicen que no conseguiréis nada a menos que os caséis con ellas. Así que me imaginé que fue por esa razón por la que te casaste con ella. Pero lo que quiero decir es que... si quieres que se vaya y todo eso...

 

Por primera vez desde que comenzó su acalorada perorata, lo miró directamente a los ojos y él vio desesperación en ellos. Beatriz hizo una mueca y soltó a borbotones el resto de las palabras.

 

-Sé que piensas que soy una niña, pero no lo soy. Tengo dieciséis años. Puede que no sea tan bonita como Dani, pero ya soy una mujer y puedo hacer que... te dejaría mantener relaciones sexuales conmigo y todo eso, así no tendrías que hacerlo con ella.

 

Kevin se quedó pasmado y no supo qué decir. Beatriz se había puesto colorada como un tomate -probablemente igual que él- y no hacía otra cosa que mirar el suelo.

 

Él se puso en pie lentamente. Se había enfrentado a sucios borrachos y camioneros con navajas, pero nunca a nada semejante. Beatriz había confundido su amistad con otra cosa y tenía que aclararlo de inmediato.

 

-Beatriz... - Kevin se aclaró la garganta y rodeó el escritorio. Cuando se detuvo, Dani apareció en la puerta detrás de Beatriz, pero la adolescente estaba tan absorta en lo que había dicho que no se dio cuenta. Dani debió de notar que estaba ocurriendo algo importante porque se detuvo y esperó.

 

-Beatriz, cuando una jovencita se encapricha...

 

-¡No es un encaprichamiento! -Beatriz levantó la cabeza con los ojos suplicantes y llorosos. -Me enamoré de ti a primera vista, y creía que quizá tú también me querías, pero que, como era tan joven y todo eso, no te decidías a dar el primer paso. Por eso he venido a decírtelo.

 

Kevin deseó que Dani le echara una mano, pero ella seguía inmóvil y en silencio, asimilando lo que acababa de oír. Por el bien de Beatriz, él tenía que hacerle ver la realidad de la situación.

 

-No me amas, Beatriz.

 

-¡Sí te amo!

 

-Sólo crees que me amas. Pero eres una niña, es sólo un encaprichamiento absurdo. Lo superarás. Créeme, dentro de un par de meses los dos nos reiremos de esto.

 

Beatriz lo miró como si la hubiera abofeteado y Kevin se dio cuenta de que había metido la pata. La chica respiró hondo y se le llenaron los ojos de lágrimas. Pensó con consternación en cómo podría reparar el daño.

 

-Me gustas, Beatriz, en serio. Pero sólo tienes dieciséis años. Yo soy adulto y tú eres todavía una niña. -Se dio cuenta por su expresión de que sólo estaba empeorando las cosas. Nunca se había sentido tan indefenso y le lanzó a Dani una mirada suplicante.

 

Para irritación de Kevin, su esposa puso los ojos en blanco, como si él fuera la persona más estúpida de la tierra. Luego se plantó delante de Beatriz como un vaquero en un duelo.

 

-¡Sabía que te encontraría aquí, lagarta! ¡Piensas que porque eres joven y muy guapa puedes robarme al marido sin que yo te lo impida!

 

Beatriz la miró boquiabierta y dio un paso atrás. Kevin clavó los ojos en Dani con incredulidad. De todas las idioteces que la había visto hacer, y eran unas cuantas, ésta se llevaba la palma. Incluso un retrasado mental se habría dado cuenta de lo histriónico de sus palabras.

 

-¡No me importa lo joven y guapa que seas! -exclamó Dani. -¡No

dejaré que arruines mi matrimonio! -y con aire dramático alargó el brazo y señaló la puerta con un dedo. -Ahora te sugiero que te largues de aquí antes de que haga algo de lo que pueda arrepentirme.

 

Beatriz cerró la boca de golpe. Corrió a ciegas hacia la puerta y huyó de allí.

 

Pasaron varios segundos antes de que Kevin se hundiera bruscamente en el sofá y preguntara:

 

-¿La he cagado?

 

Dani lo miró con algo parecido a la piedad.

 

-Para ser un hombre listo no pareces tener demasiado sentido común.


 

hasta aquii chikitaass!!!

espero k les haya ggustado el caap1!!!!!

k opinaan!!!! jejejjee

buenoo espero sus comentarioss y subire prontoo!

CAPITULO 10 PARTE 3 BESAR A UN ANGEL :)

***** ~~AVISOOO ~~*****

CAP HOT...Diablillo

ASI QUE NO ME HAGO RESPONSABLE DE LOS DAÑOS QUE PUEDA CAUSAR EL SIGUIENTE CAP..! JEJE BUENOO K LO DISFRUTEN!

 


 

—Creo que eres endemoniadamente sexy. —Le rozó el labio inferior con el pulgar y lo encontró húmedo bajo su caricia.

 

¿Utilizas algún anticonceptivo o quieres que me encargue yo?

Los ojos de Dani llamearon.

—Tomo la píldora, pero...

—Bien.

 

 

Kevin inclinó aún más la cabeza y cubrió los labios de ella con los suyos. Los dos se estremecieron. ¡Santo Dios, qué dulces eran!

 

Dani debía de haberse comido una de las ciruelas maduras que había en una bolsa sobre el mostrador, porque él podía saborear la fruta en su boca.

 

 

Fuera del pequeño mundo de la caravana, comenzaron a caer las primeras gotas de lluvia, que golpearon el techo metálico con un ligero y agradable repiqueteo. El sonido era hipnótico y tranquilizador. El ruido de la lluvia los aislaba, los apañaba del resto del universo y los llevaba a un lugar íntimo y acogedor.

 

Dani suspiró contra los gentiles y pacientes labios de su marido.

 

La medalla esmaltada que colgaba del cuello de Kevin se rozaba contra ella y, cuando él le pasó la punta de la lengua por la sensible superficie interior del labio inferior, una oleada de calor le atravesó las venas. En ese momento todos sus principios morales se evaporaron, y cualquier idea que hubiera tenido de rechazarlo se esfumó. Ella había deseado eso desde el principio y ya no podía reprimir la fuerza que la impulsaba hacia él.

Se rindió y separó los labios, dejándole entrar.

 

Kevin se tomó su tiempo y, cuando le invadió la boca, el beso fue completamente arrebatador. Dani respondió con fervor y él le permitió indagar todo lo que quiso.

 

Rodeó los hombros de su marido con los brazos y se puso de puntillas para mordisquearle la oreja. Le dejó la marca de los dientes en la curva de la mandíbula antes de regresar de nuevo a su boca.


Dani se sentía cada vez más excitada, una excitación alimentada por la respiración entrecortada de Kevin y por la sensación que le provocaban sus manos, estrechándola con fuerza: una en la cintura, otra magreándole las nalgas. ¿Cómo podía haber tenido miedo de él? La imagen de los látigos guardados bajo la cama apareció en su mente, pero ella la ignoró. Kevin no le haría daño. No podría.

 

Dani lamió el dulce camino entre el cuello y el pecho de su marido y hurgó con la punta de la lengua en el vello oscuro que le cubría el torso hasta llegar a la piel de debajo. La respiración de Kevin era ahora más rápida y, cuando habló, su voz sonó ronca.

 

-Si es así como besas, ángel, no quiero ni pensar en cómo... -gimió cuando ella encontró la tetilla.

 

Dani le subió los brazos al cuello y uno de los dedos se le quedó atrapado en la cadena de oro que sostenía la medalla esmaltada. Esos besos ardientes y esas caricias tentadoras eran tan deliciosos que no tenía suficiente. El cuerpo de Kevin era ahora suyo para explorarlo a placer, y ella ansiaba conocer cada centímetro de él.

 

-Quiero quitarte la toalla -susurró.


Kevin le hundió los dedos en el pelo. Ella alargó el brazo hacia el nudo, pero él le atrapó la mano.

 

-No tan rápido, cariño. Primero enséñame tú algo.

 

-¿Qué quieres ver?

 

-Lo que tú quieras.

 

-Con este maillot no dejo nada a la imaginación

 

-Aun así quiero verte más de cerca.

 

Dani sabía que el sexo podía ser excitante, pero no había esperado el sensual tono provocador en la voz di Kevin. De repente pensó que quizá debería decirle que era virgen, pero entonces él creería que era un bicho raro. Y lo cierto es que Kevin nunca lo sabría si ella no se lo decía. Al contrario de lo que decían los libros románticos, los frágiles hímenes no sobrevivían a veintiséis años de exámenes médicos y ejercicio físico.

 

Echando la cabeza hacia atrás, Dani observó cómo Kevin se la comía con los ojos y, mientras permanecía delante de él, sólo cubierta por el maillot, encontró que la idea de jugar a ser una experimentada mujer fatal era demasiado excitante para ignorarla. Había leído montones de libros al respecto, pero ¿sería capaz de conseguirlo? ¿Qué podía hacer para provocarlo aún más?

 

Le dio la espalda, intentando ganar tiempo para pensar, y entonces vio que las cortinas azules que colgaban en la ventana de la cocina no estaban cerradas del todo. Dudaba que alguien se paseara por ahí fuera con ese tiempo, pero por si acaso se apresuró a cerrarlas. Apoyando una mano en el mostrador, se estiró por encima para alcanzar la cortina.

Oyó un sonido ahogado, casi como un gemido.

 

-Una buena elección, cariño.

 

No supo de qué estaba hablando Kevin hasta que lo sintió detrás, acariciándole las nalgas. Él le amasó la carne por encima de las mallas de red en forma de diamante.

 

Dani  Comenzó a sentirse nerviosa. No importaba lo que había querido que pensara él, ni siquiera sabía hacer el amor de la manera básica, así que mucho menos podía probar a hacerlo de forma exótica.

 

Kevin le deslizó un dedo bajo la tira de lentejuelas y le dibujó la hendidura entre las nalgas. Dani se mordió los labios para no gritar de placer. El dedo se deslizó más abajo.

Incapaz de resistirlo más, Dani se enderezó y se giró hacia los brazos de Kevin.

-Quiero volver a besarte.

 

Él gimió.

 

-Tus besos son más de lo que puedo manejar ahora mismo. - Kevin se ajustó el nudo de la toalla y Dani se dio cuenta de que la tenía abultada. De hecho estaba muy abultada.

 

Ella se quedó mirándolo fijamente y sintió que se le secaba la boca.

 

-S-sigo queriendo besarte.

 

-Hagamos un trato. Ábrete el corchete del maillot y nos besaremos todo lo que quieras.

 

Dani levantó la vista a regañadientes y llevó los brazos a la espalda para hacer lo que le pedía. Cuando terminó, el corpiño comenzó a caer, pero ella lo sostuvo contra sus pechos.

 

Kevin inclinó la cabeza y la besó al tiempo que le agarraba las muñecas y se las apañaba del pecho. Mientras el indagaba con la lengua en su boca, el maillot se le bajó hasta la cintura. Kevin la empujó contra la pared, al lado de la mesa, le levantó las muñecas y se las sujetó a ambos lados de la cabeza.

 

-No es justo -susurró ella contra sus labios mientras la apretaba contra la pared. -Eres más fuerte que yo.

 

-Ahora es mi turno -respondió él con un susurro.

 

Y lo fue.

 

Manteniéndole las muñecas inmovilizadas, Kevin usó la boca para excitarla. Le mordisqueó la oreja y el cuello. Le recorrió con rapidez la clavícula y la base de la garganta. Y luego se echó hacia atrás para poder mirarla de arriba abajo.

 

Aquella posición hacía que los pechos de Dani quedaran elevados. Él jugueteó con uno y luego con el otro, haciendo que le ardiesen con tal ferocidad que ella apenas podía soportarlo.

 

-Para -le dijo la joven sin aliento. -Suéltame.

 

Él le soltó de inmediato las muñecas.

 

-¿Te hago daño?

 

-No, pero vas muy rápido.

 

-¿Muy rápido? -la miró con una sonrisa torcida. -¿Estás criticando mi técnica?

 

-Oh, no. Tu técnica es maravillosa -repuso ella con rapidez, en tono serio y ansioso, y él sonrió. Avergonzada, Dani evitó mirarlo a los ojos y clavó la vista en su boca. Luego se dio cuenta de que si iba a hacer el amor con ese hombre feroz y orgulloso, tenía que ser tan fuerte como él.

 

Levantó la cabeza y le sostuvo la mirada.

 

-No quiero que seas tú quien lleve la voz cantante. No ahora. Quizá después, pero aún no.

 

 

-¿Me estás diciendo que quieres mandar un rato?

 

Ella asintió con la cabeza. Puede que estuviera nerviosa, pero nada iba a impedir que explorara los maravillosos misterios ocultos bajo la toalla.

 

-Sólo te pongo una condición, ángel. - Kevin enganchó un dedo en el maillot que se enredaba en la cintura de la joven. -Quítatelo todo excepto las medias.

 

Dani tragó saliva. No llevaba bragas debajo de las medias. Éstas consistían en una red que la cubría desde la cintura a los dedos de los pies, y que no tapaban absolutamente nada.

 

Él arqueó una ceja después de retarla, luego la soltó y se sentó a los pies de la cama.

 

-Y quiero ver cómo te desnudas.

 

Eso era demasiado. Dani se aclaró la garganta y le habló con toda la despreocupación que pudo fingir.

 

-¿Quieres decir aquí mismo? ¿Con luz y todo?

 

-Así es. Desnúdate y hazlo despacio.

 

La joven se armó de valor decidida a mantenerse a su altura.

 

-¿Luego te quitarás la toalla?

-Cada cosa a su tiempo.

 

Dani se deslizó lentamente el maillot por las caderas, inclinándose hacia delante mientras lo bajaba para cubrir su desnudez ante él. El maillot se le deslizó a los tobillos. Ella lo apartó con el pie, examinó la desgastada alfombra y escuchó el ligero repiqueteo de la lluvia sobre el techo de la caravana.

 

-Oh, no, así no. -Él se rio entre dientes. -Yérguete. Y olvídate del maillot.

 

La ronca voz de Kevin hizo que se estremeciera. Le temblaron las manos cuando acató su orden.

 

-Eres muy hermosa -susurró Kevin cuando se exhibió ante él, desnuda salvo por las negras medias de red que realzaban, más que ocultaban, la parte inferior de su cuerpo.

 

Dani decidió que ya le había dado tiempo más que suficiente para mirarla.

 

-Tiéndete en la cama -le dijo ella en voz baja.

 

Él vaciló sólo un momento antes de acostarse como le decía, apoyándose en los codos.

 

-¿Así?

 

-Ah, no. De eso nada; túmbate por completo.

 

Para deleite de Dani, él hizo lo que le pedía. Kevin recostó la cabeza en dos almohadas apiladas para no perderse nada.

 

Ella se mordisqueó los labios. No estaba completamente segura de poder conseguirlo, pero sí decidida a intentarlo.

 

-Ahora levanta las manos hasta tocar la pared. Y no se te ocurra moverlas.

 

Él le dirigió una perezosa sonrisa que hizo que se le derritieran los huesos.

 

-¿Estás segura?

 

-Muy segura.

 

Kevin colocó los brazos como ella quería, haciéndola sentir muy orgullosa de sí misma. Se acercó a la cama. Él le recorrió los pechos y el vientre con una mirada ardiente, haciéndola ser consciente de que estaba casi desnuda. Cuando se acercó a él, cada célula del cuerpo de Dani bullía de excitación y anticipación. Por un momento la imagen de los látigos guardados bajo la cama irrumpió en su mente, pero la ahuyentó.

 

Miró los brazos extendidos de Kevin en aquella falsa pose de esclavitud. Era su cautivo. Si se quedaba de esa manera, cada parte de aquel cuerpo sería suya, para explorarlo a voluntad, incluyendo el imponente montículo que abultaba la toalla. Apartó los ojos de allí y se arrodilló en el borde de la cama.

 

-Recuérdalo -susurró ella. -No apartes las manos en la pared. No las muevas.

 

-Si separas un poquito las piernas, cariño, seré tan colaborador como quieras.

 

Dani decidió que era un trato justo, y separó los muslos. Kevin se recreó en lo que quedaba ahora a la vista. Tensó el brazo derecho, como si fuera a moverlo, pero luego se relajó.

 

Dani inclinó la cabeza y comenzó a saborearle de nuevo, mordisqueando cada centímetro del torso masculino, y siguió bajando. La piel, firme y tensa, delineaba cada músculo. Le deslizó las manos por el pecho, disfrutando de la textura del vello y de la piel húmeda. No pudo resistirse a las tetillas color café y las capturó con los labios, haciendo que Kevin se contorsionara debajo de ella. Extendiendo una mano, Dani le agarró el bíceps y se lo apretó. Después deslizó los dedos hacia abajo, buscando el suave vello de su axila. Cuando se demoró allí, a Kevin se le puso la piel de gallina y soltó un profundo gemido entrecortado. Ella levantó la cabeza lentamente y lo miró a los ojos.

 

-Voy a quitarte la toalla.

 

-¿Ahora?

 

El crudo deseo en la mirada de Kevin le recordó que estaba jugando con fuego. Pero no pensaba retroceder; bajó las manos a la toalla. Deshizo el nudo con un movimiento fluido y la abrió.

 

-Oh... -Era magnífico. Alargó la mano y lo tocó tímidamente con la punta del dedo. Kevin dio un brinco y ella apartó la mano.

 

La mirada de Dani voló hacia la cara de Kevin; la mueca que esbozaba parecía reflejar dolor.

 

-¿Te he hecho daño?

 

-Tienes sesenta segundos -graznó él, -después moveré los brazos.

 

Un estremecimiento de placer atravesó como un relámpago el cuerpo de Dani al darse cuenta de lo que pasaba.

 

-No lo harás hasta que te dé permiso -le dijo con severidad.

 

-Cincuenta segundos -repuso él.

 

Dani se apresuró a acariciarlo otra vez, dejando que las indagadoras puntas de sus dedos vagaran por todas partes, acariciándolo aquí y allá. Deslizó la mano por los muslos separados de Kevin y buscó más sitios donde tocarlo.

 

-Veinte segundos -gimió él.

 

-No cuentes tan rápido.

 

Él se rio entre dientes al tiempo que gemía, haciéndola sonreír. Pero la sonrisa de Dani se desvaneció con rapidez. Después de tantos años de abstinencia, ¿cómo lograría su pequeño cuerpo alojar algo de ese tamaño? Cuando cerró su mano en torno a él, se le ocurrió que quizá sus partes privadas se habían atrofiado por falta de uso. Dani lo acarició.

 

-¡Se acabó el tiempo!

 

-Es hora de que recibas un poco de tu propia medicina. Ponte en la misma postura que yo.

-¿Cómo dices?

 

-Las manos contra la pared.

 

Dani tragó saliva y pensó en los látigos. Quizás eso de jugar a mujer fatal se le había dado demasiado bien. Él la estaba creyendo mucho más experimentada de lo que era en realidad.

 

-¿ Kevin?

-No quiero que hables, sino que obedezcas mis órdenes.

 

Lentamente Dani levantó los brazos por encima de la almohada.

 

-Te he dicho que apoyes las manos contra la pared.

 

Hizo lo que le ordenaba y se sintió indefensa y excitada. Cuando sus nudillos rozaron el cabecero de la cama, Dani estaba confundida por la inquietante mezcla de desasosiego y profundo deseo sexual. Quería rogarle que fuera suave con ella pero, a la vez, quería que la poseyera con todas sus fuerzas.

 

Permaneció cautiva bajo la mirada de Kevin. El hecho de que no la hubiera atado de verdad no hacía que su cautiverio fuera menos real. Él era más fuerte que ella, más poderoso, podía hacerle lo que quisiera, estuviera Dani de acuerdo o no. El deseo de la joven se incrementó todavía más cuando él le pasó la yema del dedo por el estómago, de un lado a otro de la cinturilla de las medias de red, hasta que Dani quiso gritar.

 

Kevin siguió bajando hasta rozar los rizos oscuros.

 

-Separa las piernas, cariño. Ella lo hizo, pero al parecer Kevin no quedó satisfecho con su acción porque le agarró los muslos y se los separó todavía más.

 

Las medias no suponían ninguna barrera para él, y Dani se sintió demasiado expuesta, demasiado vulnerable. Apartó las manos de la pared.

 

-Ni se te ocurra -susurró Kevin, deslizándole los dedos sobre la parte de su cuerpo que ella había revelado.

 

Dani gimió y permaneció inmóvil mientras él separaba sus húmedos pliegues con los pulgares por debajo de la trama en forma de diamante. Entonces Kevin inclinó la cabeza. La joven gritó y apretó los puños contra la pared cuando él la acarició con la boca, lamiéndola a través de la red. Un ronco murmullo de placer escapó de la garganta de Dani. Sintió cómo él tensaba la red sobre ella, apretando profundamente las hebras contra su suavidad femenina.

 

Kevin le separó más las rodillas con los hombros y le ahuecó los pechos con las palmas de las manos mientras la acariciaba con los labios. La lluvia tamborileaba en el vientre de metal que los cobijaba y el propio vientre de Dani se estremeció en respuesta a lo que le estaba ocurriendo. Estaba perdida en un torbellino de sensaciones cuando sintió en las manos la vibración de un trueno a través de la pared que retumbó en cada nervio de su cuerpo.

 

Dani arqueó la espalda y se entregó a un clímax destructivo.

 

Él la sostuvo mientras se estremecía. Sólo cuando se recuperó sintió Dani que Kevin le tiraba con fuerza de las piernas. Dani no comprendió lo que su marido estaba haciendo hasta que se acomodó sobre ella y experimentó esa penetración tan largamente esperada en la entrada de su cuerpo.

 

-Me has roto las medias -murmuró Dani, deslizándole los brazos alrededor de los hombros y recreándose en la sensación de ese cuerpo masculino apretándola contra el colchón.

 

Kevin le rozó la sien con los labios.

 

-Te compraré un nuevo par. Te lo juro. -Y embistió con suavidad.

 

Y no consiguió nada.

 

Ella se puso rígida. Sus peores temores se estaban haciendo realidad. Su cuerpo se había atrofiado por tantos años sin usar.

 

Kevin se retiró un poco y le sonrió, pero ella podía sentir la tensión de su cuerpo y notaba lo cercano que estaba de perder el control.

 

-Pensé que estabas lista, pero imagino que no es suficiente. -

 

Cambió de posición sobre ella y comenzó a acariciarla.

 

La voz de Kevin pareció llegar de muy lejos.

 

-Eres muy estrecha, cariño. Ha pasado mucho tiempo para ti, ¿no?

 

Ella le hundió las uñas en los hombros.

 

-Sí... puede ser... -la joven soltó un jadeo cuando las nuevas sensaciones crecieron vertiginosamente en ni interior -que esté un poco cerrada.

 

Él gimió y se volvió a colocar sobre ella.

 

-Volvamos a intentarlo. -Dicho eso intentó penetrarla otra vez.

 

Dani gritó y se arqueó sin saber si quería apartarse o acercarse más a él. Su cuerpo se abrió suavemente con un ardiente dolor. Él la sujetó por las nalgas y la penetró profundamente al tiempo que le cubría la boca con la suya, devorándola. Su posesión era rápida e intensa, pero la tensión que ella sentía en él le decía que Kevin seguía controlándose. No supo por qué hasta que escuchó su murmullo.

-Deja de contenerte, cariño. Deja de contenerte.

 

Dani supo en ese momento que él la estaba esperando y esas palabras suaves la hicieron llegar otra vez al clímax.

 

Cuando volvió en sí, la piel de Kevin estaba húmeda y su cuerpo tenso de deseo bajo las manos de Dani. Pero era un amante fuerte y generoso.

 

-Otra vez, cariño. Otra vez.

 

-No, yo...

 

-¡Sí! -Con firmeza, la condujo de nuevo al éxtasis.

 

Fuera de la caravana retumbó un trueno y, dentro, ella hizo lo que le pedía. Y, esta vez, él la siguió.

 

El tiempo transcurrió mientras yacían inmóviles, con los cuerpos entrelazados, con el todavía enterrado en su interior.

 

Dani no lo olvidaría jamás. A pesar de todas las cosas horribles que la habían conducido a ese momento, no podía haber tenido una iniciación más maravillosa, y siempre le estaría agradecida a Kevin por ello.

 

Apretó los labios contra el pecho de su marido mientras le acariciaba con las palmas de las manos. Después de tanto tiempo, por fin había pasado.

 

-Ya no soy virgen.

 

Dani sintió que Kevin se ponía rígido debajo de sus manos. Sólo entonces se percató de que había dicho su secreto en voz alta.

 

BUENOOOO que taaaal les gustooo!!!!! jejejeje

es la primer vez k publiko un cap hot! no lo habia hecho antess jejeje

buenoooo espero k lo hayan disfrutadoo!!!!!

las kieroooo

comenteen muuchooo

besosss

las kiere...

Adri:)

CAPITULO 10 PARTE 2 BESAR A UN ANGEL :)

holaaaaaaaaaaaaaaaaaaa ckikitaaaaaaasssssss comooo estaaannnn esperoo les gustee el capp!!! jejje k lo disfruteen!!!!! jejeje este es un adelanto a la siguiente parte del capitulooo jejejje no see talvez lo pongo completo o en dos partes pero se kedarian pikadas... emmm buenooo talvez sus comentarios ayuden en la decision jejjeje

 

ahhh seriooo me olvidaba k tal les gustaaa como kedo mi pag??? jejeje

las kieroooo!!

besoss


Adri!Corazón

 

-¿De verdad? ¿Estás seguro?

 

La alegría de Dani lo hizo sentir todavía más culpable.

 

-Eso es lo que he dicho, ¿no?

 

-Sí, sí, claro. Oh, gracias, Kevin. No lo olvidaré.

 

Dani durmió durante la primera función pero, para sorpresa de Kevin, se presentó cuando comenzaba la segunda función. La siesta de dos horas había hecho maravillas en ella y parecía más relajada que en los días anteriores. Mientras recorría la pista de arena sobre Misha, Kevin la vio saludar con las manos y lanzar besos a los niños sin ser consciente del efecto que aquel llameante maillot rojo tenía en los padres de las criaturas. Kevin tuvo que contenerse para no arrancar la gorra de alguno de esos palurdos con el látigo.

 

Cuando la función finalizó, él se fue a la caravana para cambiarse de ropa. Dani solía estar ya allí, pero no la vio por ninguna parte.

 

Intranquilo, se vistió rápidamente y regresó al circo. Un destello de lentejuelas rojas cerca de la puerta principal atrajo su atención. Vio a su esposa rodeada por tres espectadores. Todos se comportaban con cortesía y, desde luego, ella no corría peligro, pero aun así quería estrellar el puño contra aquellas caras presumidas.

 

Uno de ellos dijo algo y Dani se rio, un sonido angelical que flotó en el aire de la noche. Kevin maldijo por lo bajo.

 

-¿Qué es lo que te pone de tan mala leche?

 

Al ver a Brady detrás de él, Kevin se obligó a relajarse.

 

-¿Qué te hace pensar que estoy de mala leche?

Brady se puso un palillo en la comisura de la boca.

 

-La manera en que miras a esos tíos.

 

-No sé de qué estás hablando.

 

-No lo entiendo, Kevin. Pensaba que ella no te importaba.

 

-No quiero hablar de eso.

 

-No te preocupes, no tengo intención de hablarte de ella. -Se pasó el palillo de un lado a otro de los labios. -Pero de todas maneras creo que, a pesar de que sea una ladrona y la odies, no deberías hacer trabajar tan duro a una mujer embarazada.

 

-¿Quién te ha dicho que está embarazada?

 

-Es lo que piensa todo el mundo. La noche de la fiesta sorpresa no parecías exactamente un novio feliz.

 

Kevin apretó los dientes.

 

-No está embarazada.

 

A Brady se le cayó el palillo.

 

-¿Entonces por qué coño te casaste con ella?

 

-Eso no es asunto tuyo. - Kevin se alejó.

 

Kevin trabajó hasta medianoche. Cuando entró en la caravana, Dani estaba dormida, pero en lugar de estar acurrucada sobre un montón de sábanas arrugadas como siempre, yacía en el sofá con el maillot de la función todavía puesto, como si se hubiera sentado unos minutos y se hubiera quedado dormida sin querer.

 

 

Él sabía que una cosa era ser duro con ella y otra llevarla hasta el límite de sus fuerzas. En ese momento supo que no podía dejar que siguiera trabajando así. En lo que a él concernía, Dani había pagado su deuda y había llegado el momento de bajar el ritmo.

 

Dani tenía los labios ligeramente entreabiertos y los mechones del pelo oscuro se extendían sobre el almohadón del sofá como cintas sedosas. Estaba tumbada boca abajo y a Kevin se le secó la boca al ver ese dulce culito respingón cubierto sólo por la trama en forma de diamantes de las medias negras de red. La fina tira de lentejuelas que cubría la unión de las nalgas hacía que la visión fuera todavía más atrayente. Se obligó a apartar la mirada, se desnudó y entró en el cuarto de baño, donde se metió rápidamente bajo el agua fría.

 

El ruido de la ducha debió de despertar a Dani, porque cuando Kevin apareció envuelto en una toalla, la joven estaba delante del fregadero con la bata azul de Kevin cubriendo el maillot. Las pequeñas manos femeninas asomaban por las mangas mientras cortaba un trozo de pan.

 

-¿Quieres que te haga un bocadillo? - Dani parecía de mejor humor que cualquiera de los días anteriores. -Me quedé dormida antes de cenar y estoy muerta de hambre.

 

Se le abrió el albornoz, revelando las curvas de los pechos bajo las lentejuelas llameantes del maillot. Kevin deslizó la mirada sobre ella y en vez de agradecerle el ofrecimiento, le espetó:

 

-Como Sheba te atrape durmiendo con uno de sus maillots, te desnudará estés donde estés.

 

-Entonces tendré que asegurarme de que no me pille.

 

El renovado ánimo en la voz de Dani hizo que Kevin se sintiera mejor.

 

-No se puede esperar que lo aprendas todo de inmediato.

 

Dani se volvió hacia él, pero cualquier cosa que fuera a decir murió en sus labios. Deslizó la mirada por el pecho de su marido hasta la toalla amarilla que le cubría las caderas.

 

Kevin quiso gritarle, decirle que no lo mirara de esa manera a no ser que quisiera acabar en la cama con él. Casi sintió que perdía el control.

 

-¿Quieres que... er... quieres tu bata? -preguntó ella.

 

Él asintió con la cabeza.

 

Ella tiró del cinturón, se la quitó y se la tendió.

 

Kevin la dejó caer al suelo.

 

Ella se lo quedó mirando.

 

-¿No acabas de pedírmela?

 

-Lo único que quería era que te la quitaras.

 

Dani se humedeció los labios y él la estudió mientras esperaba una respuesta, llamándose estúpido en todos los idiomas que conocía, pues sabía que no podría resistirse a ella otra noche.

 

-No estoy segura de qué quieres decir exactamente -dijo ella

con timidez.

 

-Quiero decir que no voy a poder mantener mis manos alejadas de ti durante más tiempo.

 

-Eso es lo que me temía. - Dani respiró hondo y alzó la barbilla. -Lo siento, pero no puedo acostarme contigo. No estaría bien.

 

-¿Por qué?

 

-Porque no sería sagrado. Hacer el amor significa algo más para mí. No lo hago con cualquiera.

 

-Me alegro de oírlo. -Impulsado por una fuerza que no podía resistir, Kevin se acercó a ella.

 

Dani dio un paso atrás, hasta tropezar contra el mostrador, sin apartar la mirada de los ojos de él.

 

-No puedo hacerlo sin que signifique algo.

 

-Espero que eso quiera decir que no tengo que preocuparme por ninguna enfermedad de transmisión sexual como las que le mencionaste a la camarera al poco de casarnos.

 

-¡Por supuesto que no!

 

-En ese caso tampoco tienes que preocuparte por mí. Estoy perfectamente sano.

 

-Me alegro mucho por ti, pero... -¿No te ha dicho nadie que hablas demasiado?

 

Él plantó las manos en el mostrador atrapándola entre sus brazos.

 

-Tenemos que hablarlo. Es importante. Es... -Lo que realmente necesitamos es dejar de hablar. Rodeó la cintura de Dani con las manos. -Ya hemos jugado suficiente al gato y al ratón, cara de

ángel. ¿No crees que ha llegado el momento de actuar?

 

El olor de Dani lo tentaba. La recorrió con la mirada; su cuerpo quedaba resaltado por el maillot de llameantes lentejuelas rojas y la suave respiración de la ¡oven le agitaba el vello del pecho.

 

-¿Por qué quieres hacerlo con alguien a quien no respetas?

 

A Dani se le cerraron los ojos cuando él inclinó la cabeza y le acarició el cuello con los labios.

 

-¿Por qué no dejas que sea yo quien se preocupe de eso?

 

-Me consideras una ladrona.

 

-Bueno, he estado dándole vueltas a ese asunto.

 

 

Dani ladeó la cabeza, y otra punzada de culpabilidad golpeó a Kevin cuando vio que los ojos violeta de su esposa brillaban con deleite y su boca suave se curvaba en una sonrisa tonta.

 

-¡Me crees! ¡Sabes que no fui yo quien robó el dinero!

 

Él no había dicho eso. Pero ya no estaba enfadado. Aunque no podía perdonarle lo que había hecho, entendía lo que era la desesperación y no quería seguir juzgándola.

 

-Creo que eres endemoniadamente sexy. -Le rozó el labio inferior con el pulgar y lo encontró húmedo bajo su caricia. -

 

¿Utilizas algún anticonceptivo o quieres que me encargue yo?

 

 

 

Los ojos de Dani llamearon.

 

 

-Tomo la píldora, pero...

 

-Bien.

 

 

BESAR A UN ANGEL- CAPÍTULO 04 PARTE 1


CAPÍTULO 04 PARTE 1

 

-¿Qué coño haces aquí fuera?

 

Dani abrió los ojos de golpe y, alzando la vista, vio los mismos ojos dorados que plagaban sus pesadillas. Por un momento, no pudo recordar dónde estaba, pero luego le vino todo a la cabeza: Kevin, la boda, el látigo de fuego...

 

Fue consciente de las manos de Kevin en los hombros, era lo único que le había impedido caerse de la camioneta cuando él había abierto la puerta. Se había escondido allí porque no tenía valor para pasar la noche en aquella caravana donde sólo había una cama y un desconocido de pasado misterioso que blandía látigos.

 

Intentando escabullirse de sus manos se movió hacia el centro del asiento, alejándose de él todo lo que pudo.

 

-¿Qué hora es?

-Algo más de medianoche. -Él apoyó una mano sobre el marco de la puerta y la miró con esos extraños ojos color ámbar que habían plagado las pesadillas de Dani. En lugar del traje de cosaco llevaba unos gastados vaqueros y una descolorida camiseta negra, pero eso no lo hacía parecer menos amenazador.

 

-Cara de ángel, ocasionas más problemas de lo que vales.

 

Ella fingió alisarse la ropa intentando ganar tiempo. Después de la última función, había ido a la caravana donde vio los látigos que él había usado durante la actuación sobre la cama, como si los hubiera dejado allí para utilizarlos más tarde. Había procurado no mirarlos mientras estaba de pie frente a la ventana observando cómo desmontaban la carpa.

 

Kevin daba órdenes al tiempo que echaba una mano a los hombres, y Dani se había fijado en los músculos tensos de sus brazos al cargar un montón de asientos en la carretilla elevadora y tirar de la cuerda. En ese momento había recordado las veladas amenazas que él había hecho antes y las desagradables consecuencias que caerían sobre ella si no hacía lo que él quería. Exhausta y sintiéndose más sola que nunca, fue incapaz de considerar los látigos que descansaban sobre la cama como meras herramientas de trabajo. Sentía que la amenazaban. Fue entonces cuando supo que no tenía valor para dormir en la caravana, ni siquiera en el sofá.

 

-Venga, vamos a la cama.

 

Los últimos vestigios del sueño se desvanecieron y Dani se puso en guardia de inmediato. La oscuridad era absoluta, no podía ver nada. La mayoría de los camiones habían desaparecido y los trabajadores con ellos.

 

-He decidido dormir aquí.

-Creo que no. Por si no te has dado cuenta, estás tiritando.

 

Estaba en lo cierto. Cuando había entrado en la camioneta no hacía frío, pero la temperatura había descendido desde entonces.

 

-Estoy muy bien -mintió.

 

Él se encogió de hombros y se pasó la manga de la camiseta por un lado de la cara.

 

-Considera esto como una advertencia amistosa. Apenas he dormido en tres días. Primero tuvimos una tormenta y casi perdimos la cubierta del circo, luego he tenido que hacer dos viajes a Nueva York. No soy una persona de trato fácil en las mejores circunstancias, pero soy todavía peor cuando no duermo. Ahora, saca tu dulce culito aquí afuera.

 

-No.

 

Él levantó el brazo que tenía al costado y ella siseó alarmada cuando vio un látigo enroscado en su mano. Él dio un puñetazo en el techo.

 

-¡Ahora!

 

Con el corazón palpitando, Dani bajó de la camioneta. La amenaza del látigo ya no era algo abstracto y se dio cuenta de que una cosa era decirse a plena luz del día que no dejaría que su marido la tocara y otra muy distinta hacerlo de noche, cuando estaban solos en medio de un campo, a oscuras, en algún lugar apañado de Carolina del Sur.

 

Soltó un jadeo cuando Kevin la agarró del brazo y la guio a través del recinto. Con la maleza golpeándole las sandalias, supo que no podía dejar que la llevara a donde quería sin oponer resistencia.

 

-Te advierto que me pondré a gritar si intentas hacerme daño. -

 

Él bostezó. -Lo digo en serio -dijo mientras él la empujaba hacia delante. -No quiero pensar mal de ti, pero me resulta muy difícil no hacerlo sí sigues amenazándome de esta manera.

 

Kevin abrió la puerta de la caravana y encendió la luz, empujándola suavemente por el codo para que entrara.

 

-¿Podemos posponer esta conversación hasta mañana?

¿Era sólo la imaginación de Dani o el interior de la caravana había encogido desde la primera vez que lo había visto?

-No, creo que no. Y por favor, no vuelvas a tocarme otra vez.

-Estoy demasiado cansado para pensar en atacarte esta noche, si es eso lo que te preocupa.

 

Sus palabras no la tranquilizaron.

 

-Si no tienes intención de atacarme, ¿por qué me amenazas con el látigo?

 

Kevin bajó la mirada a la cuerda de cuero trenzado como si se hubiera olvidado que lo tenía en la mano, lo que ella no se creyó ni por un momento. ¿Cómo podía ser tan descuidado con respecto a eso? ¿Y por qué llevaba un látigo por la noche si no era para amenazarla? Un nuevo pensamiento la asaltó, provocándole escalofríos por todo el cuerpo. Había oído bastantes historias sobre hombres que utilizaban los látigos como parte de sus juegos sexuales. Incluso conocía algunos ejemplos casi de primera mano. ¿Sería eso lo que él tenía en mente?

 

Él masculló algo por lo bajo, cerró la puerta y se acercó a la cama para sentarse. Dejó caer el látigo al suelo, pero el mango aún descansaba sobre su rodilla.

 

Ella lo miró con aprensión. Por un lado, Dani había prometido honrar sus votos matrimoniales y además él no le había hecho daño. Pero, por otro, no había dudas de que la había asustado. No era demasiado hábil en los enfrentamientos, pero sabía que tenía que hacerlo. Se armó de valor.

 

-Creo que deberíamos aclarar las cosas. Quiero que sepas que no voy a poder vivir contigo si sigues intimidándome de esta manera.

 

-¿Intimidándote? -Él examinó el mango del látigo. -¿De qué estás hablando?

 

El nerviosismo de la joven aumentó, pero se obligó a continuar.

-Supongo que no puedes evitarlo. Probablemente sea por la manera en que te criaste, aunque no es que me haya creído esa historia de los cosacos -hizo una pausa. -Porque es falsa, ¿verdad?

 

Él la miró como si se hubiera vuelto loca.

-Sí, claro que sí-se apresuró a decir ella. -Cuando me refiero a la intimidación, me refiero a tus amenazas y a... -respiró hondo- ese látigo.

 

-¿Qué pasa con él?

-Sé algo de sadomasoquismo. Si tienes ese tipo de inclinaciones, te agradecería que me lo dijeras ahora en vez de soltar indirectas.

 

-¿De qué estás hablando?

-Los dos somos adultos y no hay ninguna razón para que finjas que no me entiendes.

 

-Me temo que tendrás que ser más clara. Ella no podía creer que fuera tan obtuso.

-Me refiero a esos indicios que muestras de perversión sexual.

 

-¿Perversión sexual?

 

Como seguía mirándola sin comprender, ella gritó frustrada.

 

-¡Por el amor de Dios! Si piensas golpearme y luego hacer el amor conmigo, dímelo. «Oye, Dani, me gusta dar latigazos a las mujeres con las que me acuesto y tú eres la siguiente de la lista.» Al menos sabría lo que se te pasa por la cabeza.

 

Él enarcó las cejas.

-¿Eso haría que te sintieras mejor?

Ella asintió.

-¿Estás segura?

-Tenemos que comenzar a comunicarnos.

-Como quieras. -La miró con ojos chispeantes. -Me gusta dar latigazos a las mujeres con las que me acuesto y tú eres la siguiente de la lista. Ahora voy a darme una ducha.

 

Entró en el cuarto de baño y cerró la puerta.

 

Dani se mordisqueó el labio inferior. Aquello no había salido

precisamente como había planeado.



Kevin se rio entre dientes mientras el agua de la ducha caía sobre su cuerpo. Esa bella cabecita hueca le había proporcionado más diversión en las últimas veinticuatro horas de la que había obtenido en todo el año anterior. O puede que incluso más. Su vida era normalmente un asunto muy serio. La risa era un lujo que no se había podido permitir mientras crecía, así que nunca había desarrollado esa costumbre. Pero era normal cuando se había visto obligado a soportar toda clase de agravios para obtener una sonrisa.

 

Recordó el comentario de Dani sobre la perversión sexual. Si bien no era su tipo de mujer, no podía negar que había tenido pensamientos sexuales sobre ella. Pero no consideraba que fueran pervertidos. Para un hombre era difícil no pensar en el sexo cuando tenía que hacer frente a esos profundos ojos color violeta y a esa boca que parecía hecha para besar.

 

Habría estropeado la diversión si le hubiera explicado que siempre llevaba un látigo cuando sabía que los trabajadores habían estado bebiendo. Los circos ambulantes eran como el viejo Oeste a la hora de resolver los problemas -había que prevenirlos antes de que surgieran- y la visión del látigo era una medida muy disuasoria para aplacar el mal genio de algunos y los viejos rencores.

 

Ella no lo sabía, por supuesto, y él no tenía ninguna prisa en contárselo. Por el bien de los dos, tenía intención de tener a la pequeña señorita ricachona en un puño.

 

A pesar de cuanto le había divertido el último enfrentamiento con su esposa, tenía el presentimiento de que la diversión no duraría demasiado. ¿En qué había estado pensando Max Petroff cuando le había ofrecido a su hija en matrimonio? ¿Tanto la odiaba que la había sometido voluntariamente a una vida que iba más allá de su experiencia? Cuando Max insistió en ese matrimonio, le había dicho que Dani necesitaba conocer la cruda realidad, pero a Kevin le costaba mucho creer que no hubiera pensado en ello como en un castigo.

 

La candidez de Dani y su disparatado sistema de valores de niña rica eran una peligrosa combinación. Realmente le sorprendería que durara mucho con él, pero, por otra parte, había prometido que haría lo mejor para ella y pensaba mantener su palabra.

 

Cuando Dani se fuera, seria por elección propia, no porque la estuviera echando o sobornándola para deshacerse de ella.

Puede que no le gustara a Max, pero se lo debía.

Éste parecía ser su año para pagar grandes deudas, primero la promesa hecha a Owen Quest en su lecho de muerte: hacer una última gira con el circo bajo el nombre de Quest. Y luego casarse con la hija de Max. En todos esos años, Max nunca le había pedido nada a cambio de haberle salvado la vida, pero cuando finalmente lo hizo, le había pedido una barbaridad.

 

Kevin había intentado convencer a Max de que podía lograr el mismo objetivo obligando a Dani a vivir con él, pero Max había insistido en lo contrario. Al principio Max le había pedido que el matrimonio durase un año, pero Kevin no sentía tanta gratitud como para aceptarlo. Al final acordaron que serían seis meses, un período que concluiría al mismo tiempo que la gira con el circo de los Hermanos Quest.

 

Mientras se enjabonaba el pecho, Kevin pensó en los dos hombres que habían representado fuerzas tan poderosas en su vida, Owen Quest y Max Petroff. Max lo había rescatado de una existencia de abusos físicos y emocionales, mientras que Owen lo había guiado a la madurez.

 

Kevin había conocido a Max cuando tenía doce años y viajaba con su tío Sergey en un maltrecho circo que se pasaba el verano de gira por los pueblos de la costa atlántica, desde Daytona Beach a Bacalao Cape. Nunca olvidaría esa calurosa tarde de agosto cuando Max apareció como un ángel vengador para arrebatar el látigo del puño de Sergey y salvar a Kevin de otra brutal paliza.

 

Ahora comprendía los actos sádicos de Sergey, pero en ese momento no había entendido la retorcida atracción que algunos hombres sentían por los niños y hasta dónde podían llegar para negar esa atracción. En un impulsivo gesto de generosidad, Max había pagado a Sergey y se había llevado a Kevin. Lo había matriculado en la academia militar y le había proporcionado el dinero -que no el afecto- que había hecho posible que Kevin sobreviviera hasta que pudo cuidar de sí mismo.

 

Pero había sido Owen Quest quien había dado a Kevin lecciones de madurez durante las vacaciones de verano, cuando había viajado con el circo para ganar algo de dinero, y luego, mucho más tarde, en la edad adulta, cuando cada pocos años dejaba atrás su vida y pasaba algunos meses en la carretera. La parte del carácter de Kevin que no había sido moldeada por el látigo de su tío se había formado por los sabios sermones de Owen y sus casi siempre astutas observaciones sobre el mundo y lo duro que era sobrevivir para un hombre. La vida era un negocio peligroso para Owen, y no había lugar para la risa o la frivolidad. Un hombre debía trabajar duro, cuidarse de sí mismo y mantener su orgullo.

 

Kevin cerró el grifo y cogió una toalla. Los dos hombres habían tenido sus razones egoístas para ayudar a un niño desvalido. Max se veía a sí mismo como un benefactor y se jactaba de sus diversos proyectos caritativos -entre los que estaba incluido Kevin Markov- ante sus amigos de alto copete. Por otro lado, Owen tenía un ego enorme y le encantaba tener un público impresionable que esperara babeante sus reflexiones oscuras sobre la vida. Pero a pesar de los motivos egoístas que pudieran haber tenido aquellos dos hombres, habían sido las únicas personas en la joven vida de Kevin a los que él había importado algo y ninguno de ellos le pidió nada a cambio, por lo menos no hasta ese momento.

 

Ahora Kevin tenía un maltrecho circo entre las manos y una esposa, sexy pero tonta, que iba camino de volverlo loco. No lo consentiría, por supuesto. Las circunstancias lo habían hecho como era, un hombre rudo y terco que vivía de acuerdo con su propio código y que no se hacía ilusiones sobre sí mismo. Danielle Deleasa no tenía ninguna posibilidad de vencerlo.

 

Se envolvió una toalla en la cintura, cogió otra para secarse el pelo y abrió la puerta del baño.

 

Dani tragó saliva cuando la puerta del baño se abrió y salió Kevin. Oh, Dios, era impresionante. Mientras él se secaba la cabeza con la toalla, ella aprovechó para mirar a conciencia lo que le parecía un cuerpo perfecto, con músculos bien definidos pero no excesivamente marcados. Kevin tenía algo que nunca había visto en ninguno de los jovenzuelos bronceados de Lani, un cuerpo moldeado por el trabajo duro. Aquel ancho pecho estaba cubierto ligeramente de vello oscuro donde anidaba alguna clase de medalla de oro, pero Dani estaba demasiado extasiada con la visión como para fijarse en los detalles.

 

Las caderas masculinas eran considerablemente más estrechas que los hombros; el estómago era plano y duro. Siguió con la mirada la flecha de vello que comenzaba encima del ombligo y continuaba por debajo de la toalla amarilla. De repente, se sintió acalorada mientras se preguntaba cómo sería lo que había más abajo.

 

Él terminó de secarse el pelo y la miró.

 

-Puedes acostarte conmigo o dormir en el sofá.

 

Ahora mismo estoy demasiado cansado para que me importe lo que hagas.

 

-¡Dormiré en el sofá! -Su voz había sonado ligeramente aguda, aunque no sabía si había sido por sus palabras o por lo que veían sus ojos.


holaaaaaa chikitaaas les gustoo el cap¿?¿?¿?

comenteeennn minimo 5 comentarios y subo la otra parte del cap :) las quierooo besosss!! :)

xoxox


Adri :)

BESAR A UN ANGEL CAPITULO 3


CAPÍTULO 03


Dani cerró la puerta de golpe dejando fuera la flor quemada, y se llevó la mano al pecho. ¿Qué clase de hombre podía dominar el fuego?

 

Notando que el corazón le latía con fuerza bajo la mano, se recordó que estaba en un circo, un lugar de ilusiones. Kevin debía de haber aprendido algunos trucos de magia en el transcurso de los años y Dani no debería dar rienda suelta a la imaginación.

 

Se tocó la pequeña marca roja en la suave curva del pecho y el pezón se tensó en respuesta. Mirando la cama sin hacer, se dejó caer en una de las sillas junto a la mesa de la cocina e intentó asimilar la ironía de todo aquello.

 

MÍ hija se reserva para el matrimonio.» Lani solía soltar esa declaración en las cenas para divertir a sus amigos mientras Dani se tragaba la vergüenza y fingía reírse con ellos. Cuando Dani cumplió los veintitrés años, su madre dejó de anunciarlo en público por miedo a que sus amigos pensaran que su hija era un bicho raro.

 

Ahora que tenía veintiséis, Dani se consideraba una reliquia victoriana. Sabía lo suficiente de psicología humana para darse cuenta de que su resistencia al sexo fuera del matrimonio era un acto de rebeldía. Cuando era niña, había observado el vaivén de la puerta del dormitorio de su madre y supo que nunca podría ser como ella. Deseaba con toda el alma ser considerada una mujer respetable. Incluso hubo un tiempo en que pensó que lo había conseguido.

 

Se llamaba Noel Black, tenía cuarenta años y era ejecutivo en una editorial británica. Lo conoció en una fiesta en Escocia. Era todo lo que admiraba en un hombre: caballeroso, inteligente y bien educado. No fue difícil enamorarse de él.

 

Dani era una mujer hambrienta de afecto, y los besos de Noel y sus expertas caricias la enardecían hasta casi hacerla perder el juicio. Incluso así, Dani no pudo olvidar sus principios, profundamente arraigados, para acostarse con él. Al principio, la negativa de la joven le irritó, pero poco a poco él comprendió lo importante que era aquello para ella y le propuso matrimonio. Dani aceptó entusiasmada y vivió en una nube rosa durante los días que faltaban para la ceremonia.

 

Lani fingió estar encantada, pero Dani debería haber imaginado que a su madre le daba terror quedarse sola, hasta el punto de dejarse llevar por la desesperación. A Lani no le llevó demasiado tiempo tramar un cuidadoso y calculado plan para seducir a Noel Black.

 

A favor de Noel debía decir que logró resistirse casi un mes, pero Lani siempre conseguía lo que se proponía y al final lo conquistó.

 

-Lo hice por ti, Dani -había dicho cuando una Dani apesadumbrada descubrió la verdad. -Quería que abrieras los ojos y vieras lo hipócrita que es. Dios mío, habrías sido muy desgraciada si te hubieras casado con él.

 

Madre e hija discutieron amargamente y Dani había llegado a recoger todas sus pertenencias para marcharse. El intento de suicidio de Lani puso fin a eso.

 

Se subió el tirante del vestido de novia y suspiró. Fue un sonido profundo y doloroso, el tipo de suspiro que salía desde lo más profundo del alma porque no tenía palabras para expresar sus sentimientos.

 

Para otras mujeres el sexo resultaba fácil. ¿Por qué no para ella? Se había prometido a sí misma que nunca tendría relaciones sexuales fuera del matrimonio y ahora estaba casada. Pero, irónicamente, su marido era más desconocido para ella que cualquiera de los hombres que había rechazado. El hecho de que fuera tan brutalmente atractivo no cambiaba las cosas. Ni siquiera podía imaginar entregarse a alguien a quien no amara.

 

Volvió a mirar la cama. Se levantó y se acercó a ella. Algo que parecía una cuerda negra asomaba bajo unos vaqueros tirados de cualquier manera sobre las arrugadas sábanas azules. Se inclinó para tocar la tela de los vaqueros, desgastada por el uso, y deslizó un dedo por la cremallera abierta. ¿Cómo sería ser amada por ese hombre? ¿Despertar cada mañana y ver la misma cara mirándola desde el otro lado de la almohada? ¿Tener una casa y niños? ¿Un trabajo? ¿Cómo sería ser una mujer normal?

 

Apartó los vaqueros a un lado y dio un paso atrás al ver lo que había debajo. No era una cuerda negra, sino un látigo. El corazón comenzó a latirle con fuerza.

 

«Podemos hacer esto por las buenas o por las malas. De un modo u otro voy a ganar.»

 

Kevin había insinuado que habría consecuencias si no le obedecía. Cuando ella le había preguntado cuáles serían, había contestado que lo descubriría ella misma esa noche. No habría insinuado que tenía intención de golpearla, ¿verdad?

 

Intentó normalizar la respiración. Puede que en el siglo XVIII los hombres pegaran a sus esposas, pero las cosas habían cambiado desde entonces. Llamaría a la policía si se atrevía a ponerle un solo dedo encima. No sería víctima de la violencia de ningún hombre por muy desesperadas que fueran las circunstancias.

 

Seguramente había una explicación sencilla para todo eso: el fuego, el látigo e incluso esa amenaza. Pero Dani estaba exhausta y temblorosa por el vuelco que había dado su vida y le costaba pensar con claridad.

 

Antes de hacer nada, tenía que cambiarse de ropa. Una vez que volviera a sentirse ella misma, se encontraría mejor. Arrastró la maleta hasta el sofá, donde la abrió, y se encontró con que todos sus elegantes vestidos habían desaparecido, aunque el resto de las prendas parecían bastante adecuadas para alternar con esa gente. Se puso unos pantalones caquis, un top marca

Poorboyusa de color melón y unas sandalias. El diminuto cuarto de baño resultó estar mucho más limpio que el resto de la caravana. Y cuando se arregló el pelo y se retocó el maquillaje, se sintió lo suficientemente bien consigo misma para salir y explorar el lugar.

 

Olores a animales, heno y polvo inundaron las fosas nasales de Dani tan pronto como puso un pie en el suelo. La brisa caliente de finales de abril corría por el recinto, agitando suavemente las lonas laterales de la carpa y los banderines multicolores. Oyó el sonido de una radio a través de la ventana abierta de una de las caravanas y el sonido estridente de un programa de televisión saliendo de otra. Alguien estaba cocinando en una parrilla de carbón y a Dani le rugió el estómago. Al mismo tiempo, creyó percibir el olor a tabaco. Lo siguió hasta otra caravana y vio a un hada apoyada contra la pared, fumando un cigarrillo.

 

Era una delicada y etérea criatura, con el pelo dorado, ojos de Bambi y boca diminuta. Recién entrada en la adolescencia, poseía unos pequeños pechos que presionaban contra una descolorida camiseta con un agujero en el cuello.

 

Llevaba unos vaqueros cortos y una imitación de deportivas Birkenstocks que se veían enormes en sus delicados pies.

 

Dani la saludó amablemente, pero los ojos de Bambi de la chica se mostraron taciturnos y hostiles.

 

-Hola, soy Dani.

-¿Es ése tu nombre de verdad?

-Mi verdadero nombre es Danielle, mi madre era un tanto melodramática, pero todos me llaman Dani. ¿Cómo te llamas?

 

Hubo un largo silencio.

 

-Beatriz.

 

-Qué bonito. Eres del circo, ¿no? Por supuesto que lo eres, o no estarías aquí, ¿verdad?

 

-Soy una de las acróbatas de Brady Pepper.

-¡Eres artista! ¡Genial! Nunca he conocido a una artista de circo.

 

Beatriz la miró con el perfecto desdén que sólo los adolescentes parecen capaces de dominar.

 

-¿Has crecido en el circo? -Al hacer la pregunta, Dani se dio cuenta de la inmoralidad que suponía pedir un cigarrillo a una adolescente. -¿Cuántos años tienes?

-Acabo de cumplir dieciséis. Llevo aquí algún tiempo. -Se puso el cigarrillo en la comisura de la boca, donde parecía vagamente obsceno. Entrecerrando los ojos por el humo, la chica comenzó a lanzar los aros hasta que hubo cinco en el aire. Al ver que fruncía la frente con concentración, Dani tuvo la impresión de que aquel ejercicio de malabarismo no era fácil para ella, especialmente cuando los ojos de la joven comenzaron a lagrimear por el humo.

 

-¿Quién es Brady Pepper?

-Mierda. -A Beatriz se le cayó uno de los aros y luego atrapó los

cuatro restantes. -Brady Pepper es mi padre.

-¿Actuáis los dos juntos?

Beatriz la miró como si estuviera chiflada.

-¿Pero qué dices? ¿Cómo voy a actuar con mi padre si ni siquiera puedo mantener los cinco aros en el aire?

 

Dani se preguntó si Beatriz era así de ruda con todo el mundo.

-Brady actúa con mis hermanos, Matt y Rob. Yo sólo salgo para posar con estilo.

 

-¿Posar con estilo?

-Para captar la atención del público. ¿Es que no sabes nada?

-No sobre el circo.

-Tampoco debes saber mucho sobre los hombres. Te vi entrar antes en la caravana con Kevin. ¿Sabes lo que dice Sheba sobre las mujeres que se enrollan con Kevin?

 

Dani estaba bastante segura de no querer escucharlo.

-¿Quién es Sheba?

-Sheba Quest. Es la dueña del circo desde que murió su marido.

 

Y le dice a todas las mujeres que se acercan a Kevin  que algún día acabará asesinándolo.

 

-¿Porqué?

-Se odian mutuamente. -Tomó una profunda calada y tosió.

Cuando se recuperó, miró a Dani de reojo con una intensidad aniquiladora que parecía ridícula en un hada. -Apuesto algo a que se deshace de ti después de que te haya follado un par de veces.

 

Dani había oído cosas peores en su infancia, pero aún se sentía desconcertada cuando esa palabra salía de labios de un adolescente. Ella nunca decía palabrotas. Otra rareza como rebelión a su educación.

 

-Eres una chica muy guapa. Es una pena que lo eches a perder utilizando ese lenguaje tan soez.

 

Beatriz le dirigió una mirada de desprecio absoluto.

-Follar. -Se quitó el cigarrillo de la boca y lo tiró al suelo, apagándolo con la suela de la sandalia.

 

Dani contempló la colilla con anhelo. Habría podido darle al menos tres caladas antes de apagarla.

-Kevin puede tener a la mujer que quiera -le escupió Beatriz por encima del hombro cuando se dio la vuelta para marcharse. -

Puede que seas su novia ahora, pero no durarás mucho tiempo.

 

Antes de que Dani pudiese decirle que era la esposa de Kevin, no su novia, la adolescente desapareció. Ni siquiera mirándolo por el lado positivo, podía decir que el primer encuentro con uno de los miembros del circo hubiera sido bueno.

 

Se pasó la siguiente media hora deambulando por el recinto, observando los paseos de los elefantes desde una distancia segura y procurando mantenerse apartada del camino de todo el mundo. Se percató de que había un orden sutil en la forma en que funcionaba el circo. En la parte delantera se encontraba el puesto de comida y de venta de recuerdos junto a una carpa decorada con brillantes pósters de dibujos horripilantes de animales salvajes devorando a sus presas. En el letrero de la entrada se leía CASA DE FIERAS DE LOS HERMANOS QUEST. Justo enfrente, había una caravana con una taquilla en el extremo. Los camiones de carga pesada estaban estacionados a un lado, lejos de la multitud, mientras que las caravanas, las camionetas y los remolques ocupaban la parte del fondo.

 

Cuando la gente comenzó a agolparse en la carpa del circo, Dani avanzó entre los puestos de comida, recuerdos y algodón de azúcar para acercarse más. Los olores de gofres y palomitas de maíz se mezclaban con los de los animales y el del moho de la carpa de nailon del circo. Un treintañero con el pelo color arena y una voz atronadora intentaba convencer a la gente de que entraran en la casa de fieras para ver la exhibición de animales salvajes.

 

-Sólo por un dólar podrán ver a un cruel tigre siberiano en cautividad, a un exótico camello, a una llama cariñosa con los niños y a una gorila feroz...

 

Mientras seguía con el discurso, Dani pasó junto a él y bordeó el puesto de comida donde estaban almorzando algunos trabajadores del circo. Desde que había llegado a aquel lugar se había dado cuenta de lo ruidoso que era, y ahora descubría la fuente de ese sonido atronador: un camión que contenía dos grandes generadores amarillos. Pesados cables se extendían desde ellos; algunos culebreaban hacia la carpa, otros hacia las tiendas y algunos más hacia las caravanas.

 

Una mujer envuelta en una capa ribeteada con plumas de marabú de color azul verdoso salió de una de las caravanas y se detuvo a hablar con un payaso que llevaba una brillante peluca naranja. Otros artistas comenzaban a reunirse bajo una carpa que debía de ser la entrada de los empleados del circo, ya que estaba en el lado contrario a la del público. Dani no vio señales de Kevin y se preguntó dónde estaría.

 

Aparecieron los elefantes, magníficos con sus mantas doradas y rojas y sus casquetes de plumas. Cuando enfilaron en dirección a Dani, ésta retrocedió hasta una de las caravanas. Si los perros pequeños la aterrorizaban, los elefantes no podían ser menos y estaba segura de que se desmayaría si se le acercaba uno de ellos.

 

Varios caballos engalanados con arneses adornados con joyas se encabritaron a un lado. Dani hurgó torpemente en el bolsillo para coger la caja de cigarrillos casi vacía que acababa de gorronear de una de las camionetas y sacó uno.

 

-¡Señoras y señores, la función va a comenzar! Acérquense todos...

 

El hombre que hacía el anuncio era el mismo que animaba a la gente a entrar en la casa de fieras, aunque ahora llevaba puesta una chaqueta roja de maestro de ceremonias. En ese momento Dani vio aparecer a Kevin montado en un caballo negro. Fue entonces cuando la joven se percató de que su marido no sólo era el gerente del circo, sino también uno de los artistas.

Iba vestido con un traje de cosaco: una camisa blanca de seda con las mangas abullonadas y los holgados pantalones negros remetidos en unas botas altas de cuero que se le ajustaban a las pantorrillas. Una faja color escarlata con joyas incrustadas le rodeaba la cintura y los flecos rozaban el lomo del caballo.

Vestido así no era difícil imaginarlo cabalgando por las estepas rusas para saquear y violar. También llevaba un látigo enrollado colgando de la silla de montar y, con alivio, Dani se percató de que había dejado volar la imaginación.

 

El látigo que había visto sobre la cama no era nada más que uno de los artilugios que Kevin utilizaba en la pista.

Mientras lo observaba inclinarse sobre el lomo del caballo para hablar con el maestro de ceremonias, Dani recordó que había hecho unos votos sagrados que la vinculaban a ese hombre y supo que ya no podía ignorar más su conciencia. No podía negar que aceptar casarse con él era la cosa más cobarde que había hecho nunca. Había dudado de sí misma, de su habilidad para cuidarse sola; debía haberse negado al chantaje de su padre y haberse buscado la vida, aunque eso significara ir a la cárcel.

 

¿Sería así como viviría el resto de su vida? ¿Evitando responsabilidades y saliendo airosa de las situaciones? Se sintió avergonzada al recordar que había hecho esos votos sagrados sin intención de cumplirlos y supo que de un modo u otro tenía que llevarlos a cabo.

 

La conciencia se lo había susurrado durante horas, pero se había negado a escucharla. Dani aceptaba ahora que no iba a poder vivir consigo misma a menos que intentase cumplir su promesa.

 

El que fuera a ser difícil no lo hacía menos necesario. En el fondo reconocía que si huía de esto no habría esperanza para ella.

 

Pero aunque sabía que tenía que hacerlo, su mente ponía obstáculos. ¿Cómo podía honrar los votos hechos a un desconocido?

 

«Tú no se los hiciste a un desconocido, le recordó su conciencia. Se los hiciste a Dios.»

 

En ese momento Kevin la vio. La decisión que había tomado era demasiado reciente como para que fuera cómodo para ella hablar con él ahora, pero no tenía escapatoria. Le dio una nerviosa calada al cigarrillo sin apartar la mirada cautelosa del caballo que él montaba, y que parecía más feroz según se acercaba. El animal estaba enjaezado con magníficos arreos, incluida una silla de montar revestida de rica seda dorada y roja, unas bridas con filigranas doradas y elaboradas piedras preciosas rojas que parecían rubíes de verdad. Él la miró desde arriba.

 

-¿Dónde te habías metido?

 

-He estado explorando.

 

-Hay gente poco recomendable rondando por el circo. Hasta que sepas cómo va todo, quédate donde pueda verte.

 

Ya que ella acababa de prometerse a sí misma que iba a cumplir los votos matrimoniales, se tragó su resentimiento ante las maneras dictatoriales de su marido y se obligó a responder amablemente.

 

-De acuerdo.

 

A Dani comenzaron a sudarle ¡as palmas de las manos ante la proximidad del caballo y se encogió contra el remolque.

 

-¿Es tuyo?

 

-Sí. Perry Lipscomb lo cuida por mí. Hace un espectáculo ecuestre y transporta a Misha en el remolque de sus caballos.

-Ya veo.

-Entra y echa un vistazo a la función.

 

Él agitó las riendas y ella retrocedió con rapidez. Luego siseó consternada cuando el resto del cigarrillo comenzó a arder.

-¡Tienes que dejar de hacer eso! -gritó Dani, sacudiendo las ropas y pisoteando las ascuas que habían caído al suelo.

 

Él la miró por encima del hombro con la comisura de la boca ligeramente curvada.

 

-Ese vicio acabará por matarte. -Riéndose entre dientes, regresó a su lugar en la fila junto al resto de los artistas.

 

Dani no sabía qué encontraba más desalentador: el que Kevin hubiera destruido uno de los cigarrillos con su acostumbrada teatralidad o saber que parecía haberla vencido en cada uno de los encuentros que habían tenido ese día.

 

Aún se sentía acalorada cuando rodeó a los animales y entró en la carpa por la entrada trasera. Encontró un sitio libre en las gradas. Eran tablones de madera blanca, duros y estrechos, sin otro lugar donde apoyar los pies que el asiento de los espectadores de la fila de abajo. Pero rápidamente olvidó la incomodidad al ver la excitación de los niños de alrededor.

 

Le encantaban los niños. Aunque nunca se lo había dicho a nadie, su sueño secreto había sido dar clases en una guardería. No creía que aquel sueño se fuera a hacer realidad algún día, pero le gustaba pensar en ello algunas veces.

 

Las luces se atenuaron y un redoble de tambores sonó en crescendo mientras un foco iluminaba al maestro de ceremonias en la pista central.

 

-¡Señoooooras y señores! ¡Niños de tooooodas las edades! ¡Bienvenidos a la emocionante edición número veinticinco del circo de los Hermanos Quest!

 

La música estalló, tocada por una banda que constaba de dos músicos con tambores, un sintetizador y un ordenador. Comenzó a sonar una animada versión de I'd like to teach the world to sing y en la pista entró un caballo blanco con una chica que portaba la bandera americana. Los demás artistas la siguieron portando coloridos estandartes, sonriendo y saludando con la mano a la multitud.

 

La trouppe de acróbatas de Brady Pepper fue la que captó la atención de Dani; la componían tres hombres guapos y Beatriz, que estaba ataviada con lentejuelas doradas, mallas brillantes y espeso maquillaje. Sobre el pelo de la chica, ahora suavemente rizado, había una diadema de brillantes y rubíes de imitación que brillaba como un cometa. Dani no tuvo ninguna dificultad en identificar a Brady Pepper entre sus hijos. Era un hombre musculoso y de estatura media, que le recordaba a un chico duro de la calle. Los seguía un grupo de jinetes, payasos, malabaristas y perros adiestrados.

 

Kevin entró solo en la arena, a lomos de su feroz caballo negro, y a diferencia de los demás artistas no hacía gestos con las manos ni saludaba. Mientras daba vueltas por la pista, parecía un ser tan distante y misterioso como su corazón ruso. No era ajeno a la presencia de la gente, pero de alguna manera permanecía aislado y le daba una extraña dignidad al colorido despliegue. La multitud se animó cuando los elefantes cerraron el desfile.

 

La función comenzó y, según avanzaba el espectáculo, Dani se sorprendió ante tanto talento. Salió un trío de rumanos, unos trapecistas llamados los Tolea Voladores, las luces se apagaron y la música se desvaneció. Un foco azul iluminó al maestro de ceremonias, el único que ocupaba la oscura pista central.

 

-Están a punto de presenciar un número jamás visto en ningún otro lugar del planeta más que en el circo de los Hermanos Quest. Por primera vez, voy a contarles una historia asombrosa. -Su voz se volvió dramáticamente baja y una folclórica y embrujadora melodía rusa comenzó a sonar de fondo.

 

»Hace casi treinta años, en las estepas heladas de Siberia, una tribu errante de bandidos cosacos se tropezó con un niño muy pequeño que sólo vestía harapos y llevaba un colgante esmaltado de valor incalculable en el cuello. Los cosacos llevaron al niño a su pueblo y le enseñaron las habilidades que habían aprendido de sus padres. Sólo el colgante que llevaba puesto daba alguna pista de su verdadera identidad.

 

Las extrañas notas de la popular melodía rusa se fundía con la voz baja del maestro de ceremonias, y cuando la luz se volvió más brillante, el público escuchó, embelesado.

 

-Durante años, se forjó una leyenda sobre ese hombre, una leyenda que incluso a día de hoy sus rescatadores insisten en que es cierta.

 

La música se hizo más estridente.

-Creen que es el único descendiente directo del asesinado Zar Nicolás II y su esposa Alexandra. -La voz del hombre se volvió más fuerte. -Señoras y señores, ese hombre está aquí esta noche... -un redoble de tambores. -¡El heredero de la corona imperial rusa!

 

Dani sintió un estremecimiento de excitación, a pesar de que no se creía ni una palabra de la historia que había oído.

 

La voz del maestro de ceremonias resonó en la carpa.

-¡El circo de los Hermanos Quest se enorgullece en presentar... al incomparable Kevin el Cosaco!

 

Las luces subieron de intensidad, la música resonó y Kevin entró en la pista a todo galope a lomos de su caballo negro. Las mangas de su camisa blanca ondeaban y las joyas de la cintura parecían gotas de sangre roja. El poderoso alazán se elevó sobre las patas traseras. Desafiando la gravedad, Kevin levantó los brazos por encima de la cabeza, permaneciendo montado sólo con la presión de las poderosas piernas.

 

El caballo bajó y Kevin desapareció. Dani quedó boquiabierta al verle reaparecer, de pie sobre la silla de montar. Mientras su montura galopaba alrededor de la pista, él realizó una serie de proezas diestramente ejecutadas que eran a la vez atrevidas y dramáticas. Finalmente se hundió en la silla y tomó el látigo que colgaba del pomo, ejecutando un gran arco sobre su cabeza, haciéndolo resonar tan fuerte que la gente de la primera fila pegó un salto.

 

Habían introducido algunos accesorios en la pista durante la presentación del maestro de ceremonias: una hilera de dianas con cintas y coronadas con globos púrpura. Dando una vuelta sobre la pista, Kevin hizo estallar los globos uno a uno, y una brillante explosión roja, como gotas de sangre, surcó el aire con cada chasquido del látigo.

 

Uno de los focos iluminó un candelabro con seis brazos enormes. Kevin hizo girar el látigo en un hipnótico arco sobre su cabeza para apagar las velas.

 

El público aplaudió, incluso los de las filas traseras habían podido obtener una buena visión del espectáculo. Kevin bajó con gracilidad a la arena y el caballo se alejó trotando fuera de la carpa. Las luces se atenuaron hasta que sólo el quedó iluminado por el foco. Cogió un segundo látigo y los hizo restallar a los dos al mismo ritmo, arriba y abajo, delante y detrás. Y luego los hizo bailar, realizando movimientos intricados con una gracia tan masculina, que Dani se quedó sin aliento. El baile iba en aumento, con movimientos cada vez más rápidos y, como por arte de magia, los dos látigos se convirtieron en uno solo. Gigante. Con una poderosa torsión del brazo, Kevin lo elevó por encima de su cabeza para hacerlo estallar en llamas.

 

El público soltó un grito ahogado, se apagaron las luces y el látigo de fuego bailó una mazurca alocada en medio de la oscuridad.

 

Cuando las luces se encendieron de nuevo, Kevin el Cosaco había desaparecido.

 

holaaaaaaa :) buenoo estoy un poco tristee xk solo me dejaron dos comentariooss pero aun asii les subo el cap completooo si no les gusta la noveel aviseenmee!!!  buenoo las dejoo chikitaaass jejej ya vi sus reacciones x el lugar dond las llevo a vivir kevin jejejej buenoo seguro lo kerran matar.! peroo buenoo no les puedo adelantar nada jejjeje muuchas sorpresas se vienen jeje byeee

BESAR A UN ANGEL

CAPITULO DOS PARTE DOS

De alguna manera se había trazado una línea y lo que había comenzado como un impulso se había convertido en un duelo de voluntades. Ella permaneció en el escalón, con las rodillas temblorosas, pero intentando mantenerse firme.

 

-Le agradecería que por lo menos tuviera la decencia de cumplir esa tradición.

 

-Por el amor de Dios. -Él bajó de un salto, la levantó en brazos y la llevó al interior, cerrando la puerta de una patada. Al momento la dejó bruscamente en pie.

 

Antes de poder decidir si había ganado o perdido esa batalla en particular, Dani fue consciente de lo que la rodeaba y se olvidó de todo lo demás.

 

-¡Ay, Dios!

 

-Herirás mis sentimientos si me dices que no te gusta.

 

-Es horrible.

 

El interior era incluso peor que el exterior. Estrecho y desordenado, olía a moho, a viejo y a comida rancia. Delante de ella había una cocina en miniatura, el mostrador de fórmica color azul desvaído estaba astillado. Los platos sucios estaban amontonados en el diminuto fregadero y había una cacerola con una gruesa costra sobre el fogón, justo encima de la puerta del horno, que estaba sujeta por un trozo de cordel. La raída alfombra había sido dorada en otro tiempo, pero ahora tenía tantas manchas que su color sólo podía describirse recurriendo a alguna función corporal. A la derecha de la cocina, la descolorida tapicería a cuadros del pequeño sofá apenas era visible debajo de la pila de libros, periódicos y ropa masculina. Vio una nevera descascarillada, armarios con el laminado astillado y una cama revuelta.

 

Dani miró rápidamente a su alrededor.

 

-¿Dónde están el resto de las camas?

 

Él la miró sin expresión, luego pasó junto a las maletas que había dejado en medio del suelo.

 

-Esto es una caravana, cara de ángel, no una suite en el Ritz. Es todo lo que hay.

 

-Pero... - Dani cerró la boca. Tenía la garganta seca y un vacío en el estómago.

 

La cama ocupaba la mayor parte del fondo de la caravana y estaba separada del resto por un alambre que sostenía una descolorida cortina color café que en ese momento estaba recogida contra la pared. Sobre las sábanas había algunas ropas enredadas, una toalla y algo que parecía ser un pesado cinturón negro.

 

-El colchón está limpio y es cómodo -dijo él.

 

-Estaré más cómoda en el sofá.

 

-Como quieras.

 

Ella oyó una serie de tintineos metálicos y vio que Kevin se estaba vaciando los bolsillos en la desordenada encimera de la cocina: algunas monedas, las llaves de la camioneta y la cartera.

 

-Vivía en otra caravana hasta hace una semana, pero era muy pequeña para dos personas, así que me mudé a ésta. Es una pena que no haya tenido tiempo para llamar al decorador. -Él sacudió la cabeza. -Los donnickers están allí. Es el único sitio que me dio tiempo a limpiar. Puedes meter tus cosas en el armario que tienes detrás. La función empieza en una hora; no te acerques a los elefantes.

 

«¿Donnicker? ¿La función?»

 

-En realidad, no creo que pueda vivir aquí -dijo ella. -Está asqueroso.

 

-Tienes razón. Supongo que necesita el toque de una mujer. Encontrarás productos de limpieza debajo del fregadero.

 

Él pasó por su lado en dirección a la puerta, entonces se detuvo. Estupefacta, Dani vio cómo se acercaba de nuevo a la encimera, cogía la cartera y volvía a meterla en el bolsillo.

 

Se sintió profundamente ofendida.

 

-No pensaba robarle.

 

-Por supuesto que no. Pero es mejor no tentar a la suerte. - Kevin le rozó el brazo con el pecho cuando volvió a pasar junto a ella hacia la puerta. -Hoy tenemos función a las cinco y a las ocho. Actúo en las dos.

 

-¡Deténgase ahora mismo! ¡No puedo quedarme en este horrible lugar y no voy a limpiar toda esta porquería!

 

Él miró con aire distraído la punta de su bota, luego levantó la vista. Dani se quedó mirando aquellos pálidos ojos dorados y sintió un escalofrío de temor, seguido de otra extraña sensación que no quiso examinar más a fondo.

 

Él levantó lentamente la mano, y Dani dio un respingo cuando la cerró con suavidad alrededor de su garganta. Sintió la ligera aspereza del pulgar cuando le rozó el hueco bajo la oreja con algo que parecía una caricia.

 

-Escúchame con atención, cara de ángel -dijo él con suavidad. -Podemos hacer esto por las buenas o por las malas. De un modo u otro voy a ganar. Tú decides cómo quieres que sea.

 

Se miraron fijamente a los ojos. En un instante que pareció eterno, Kevin le exigió sin palabras que se sometiera a él. Los ojos del hombre dejaron un rastro de fuego sobre ella, consumiéndole la ropa, la piel, hasta que Dani se sintió desnuda y despojada, con todas sus debilidades expuestas. Quería huir y esconderse, pero la fuerza de aquella mirada masculina la dejó inmovilizada.

 

Kevin le deslizó la mano por la garganta, luego le quitó la chaqueta por los brazos, haciendo que cayera al suelo con un susurro. Cogió el tirante dorado del vestido que llevaba debajo y se lo deslizó por el hombro. Ella no llevaba sujetador -se le hubiera transparentado con el vestido- y el corazón comenzó a latirle con fuerza.

 

Con la punta del dedo, Kevin bajó el tirante por su pecho hasta llegar al pezón. Luego, inclinó la cabeza y tomó con los dientes la suave piel que había expuesto.

 

Dani se quedó sin respiración cuando notó el pellizco. Debería haber sido doloroso, pero sus percibieron el pequeño mordisco con placer. Sintió la insolente mano de Kevin en el pelo y luego él se apartó, aunque ya había dejado su marca en ella como si fuera un animal salvaje. Fue entonces cuando Dani supo a qué le recordaban esos ojos ambarinos. A un animal de presa.

 

La puerta de la caravana se meció sobre sus goznes. Kevin salió y la miró, dejando caer la gardenia que le había robado del pelo.

 

Estalló en llamas.


Holaaaa chikaaas!!!! bueno regresee!!! jujuju l fiiin!!! jejejej me e pasado x sus novels y estan geniaaless!!!!! SI COMENTAAN LES SUBO OTRO CAP YA MISMO!! OK las dejooo x cieerto hoy es MI CUMPLE!!! pff 20! años!! ahh no lo creo :/( buenoo ya me voee xaaaoo!!

 

5 COMENTARIOOS MINIMO Y SUBO EL SIGUIENTE CAPITULO..... MIREN K ES POCO... :)

CAPITULO 2 PARTE 1 BESAR A UN ANGEL :)


CAPÍTULO 02 PARTE UNO


Dani se pascaba por el rincón más apañado de la sección de fumadores de la puerta de embarque de USAir, dando unas caladas un profundas y rápidas al cigarrillo que empezó a marearse. El avión, según había descubierto, se dirigía a Charleston, Carolina del Sur, una de sus ciudades favoritas, algo que tomó como una buena señal en una larga cadena de acontecimientos que se iban volviendo cada vez más desastrosos.

 

Primero, el estirado y poderoso señor Markov se negó a aceptar el plan. Luego le había saboteado el equipaje. Cuando el chófer descargó una sola maleta del maletero en lugar del juego completo que ella había preparado, Dani pensó que era una equivocación, pero Kevin la sacó rápidamente de su error.

 

-Viajaremos con poco equipaje. Le ordené al ama de llaves que lo rehiciera por ti durante la ceremonia.

 

-¡No tenía derecho a hacer eso!

 

-Vamos a facturar. -Él cogió su propio y ligero equipaje, y Dani se quedó mirando con asombro cómo echaba a andar sin dejarle otra opción que seguirlo. Ella apenas podía cargar con la maleta; sus tobillos se tambaleaban sobre los altos tacones mientras se arrastraba tras él. Sintiéndose desgraciada y cohibida, se había dirigido a la entrada, donde todo aquel que pasaba notaba las medias agujereadas, el vestido quemado y la gardenia mustia.

 

Cuando Kevin desapareció en los aseos, ella se había apresurado a comprar una nueva cajetilla, pero descubrió que sólo tenía un billete de diez dólares en el bolso. Se dio cuenta con inquietud de que ése era todo el dinero que poseía. Sus cuentas corrientes estaban bloqueadas y las tarjetas de crédito canceladas. Por lo tanto, volvió a guardar el billete en la cartera y le pidió un pitillo a un atractivo ejecutivo.

 

En cuanto lo apagó, Kevin salió de los aseos y al ver cómo iba vestido sintió un vuelco en el estómago. El oscuro traje sastre había sido reemplazado por una camisa vaquera, desgastada por infinidad de lavados, y unos vaqueros tan descoloridos que parecían casi blancos. Los bajos deshilachados del pantalón caían sobre unas botas camperas de piel llenas de rozaduras. Llevaba la camisa remangada, mostrando unos fuertes y bronceados antebrazos ligeramente cubiertos de vello oscuro y un reloj.de oro con una correa de piel. Dani se mordisqueó el labio inferior.

 

Al pensar en todo lo que su padre podía haberle hecho, nunca se le había ocurrido que la casaría con el Hombre Marlboro.

 

Él se acercó a ella cargando la maleta con facilidad por el asa. Los ceñidos pantalones revelaban unas piernas musculosas y unas caderas estrechas. A Lani le hubiera encantado.

 

-Vamos. Acaban de hacer la última llamada.

 

-Señor Markov, por favor, no creo que quiera hacer esto. Si me prestara sólo la tercera parte del dinero que legítimamente me pertenece, podríamos poner fin a esta situación.

 

-Le hice una promesa a tu padre y nunca falto a mi palabra. Quizá sea un poco anticuado, pero es una cuestión de honor.

 

-¡Honor! ¡Se ha vendido! ¡Dejó que mi padre le comprara! ¿Qué clase de honor es ése?

 

-Max y yo hicimos un trato y no voy a romperlo. Por supuesto, si insistes en marcharte, no te detendré.

 

-¡Sabe que no puedo hacerlo! No tengo dinero.

 

-Entonces, vámonos. -Él sacó las tarjetas de embarque del bolsillo de la camisa y se puso en marcha.

 

Ella no tenía dinero ni tarjetas de crédito, y su padre le había ordenado que no se pusiera en contacto con él. Con el estómago revuelto, se percató de que no tenía otra alternativa que seguirlo, y cogió la maleta.

 

Delante de ella, Kevin había alcanzado la última hilera de sillas, donde un adolescente estaba sentado fumando. Cuando su nuevo marido pasó junto al chico, el cigarrillo de éste comenzó a arder.

 

 


 

Unas dos horas después Dani se encontraba bajo un sol resplandeciente en el aparcamiento del aeropuerto de Charleston, observando la camioneta negra de Kevin; tenía el capó cubierto por una gruesa capa de polvo y la matrícula de

Florida casi ilegible por el barro seco que la ocultaba.

-Déjala ahí detrás. - Kevin lanzó su propia maleta sobre la camioneta, pero no se ofreció a hacer lo mismo con la de ella, igual que no se había ofrecido a llevársela en el aeropuerto.

 

Dani rechinó los dientes. Si pensaba que iba a pedirle ayuda, podía esperar sentado. Le dolieron los brazos cuando intentó lanzar la voluminosa maleta a la parte trasera. Pudo sentir los ojos de Kevin sobre ella y, aunque sospechaba que al final agradecería todo lo que el ama de llaves había metido en ella, en ese momento habría dado cualquier cosa por que aquel diseño de Louis Vuitton fuera más pequeño.

 

Cogió el asa con una mano y sujetó la parte inferior de la maleta con la otra. Con gran esfuerzo, tiró de ella.

 

-¿Necesitas ayuda? -preguntó el con falsa inocencia.

 

-No..., gra... cias. -Las palabras parecían gruñidos más que otra cosa.

 

-¿Estás segura?

 

Dani, que por fin consiguió alzarla para empujarla con el hombro hacia dentro, no tenía suficiente aliento para contestar. Sólo unos centímetros más. Se tambaleó sobre los tacones. Un poco más...

 

Con un grito de consternación, la maleta y ella cayeron hacia atrás. Gritó al impactar contra el pavimento, luego chilló de pura rabia. Con la mirada clavada en el cielo se percató de que la maleta había amortiguado la caída y evitado que se lastimara.

 

También se dio cuenta de que había caído de manera desgarbada, con la corta falda ciñéndole los muslos, las rodillas pegadas y los pies extendidos.

 

Unas oscuras y gastadas botas camperas entraron en su ángulo de visión. Deslizó la mirada por los muslos que se perfilaban bajo los vaqueros y por el ancho pecho y, al llegar a aquellos ojos color ámbar que brillaban con diversión, Dani recuperó su dignidad. Juntando los tobillos, se apoyó en los codos.

 

-Esto es justo lo que pretendía.

 

La risa del hombre fue ronca y oxidada, como si no se hubiera reído en mucho tiempo.

 

-Si tú lo dices.

 

-Así es. -Con toda la dignidad que pudo reunir, se impulsó sobre los codos hasta quedar sentada. -A esto es a lo que nos ha llevado su comportamiento infantil. Espero que lo sienta.

 

Él soltó una carcajada.

-Tú lo que necesitas es un vigilante, cara de ángel, no un marido.

-¡Deje de llamarme así!

 

-Agradéceme que te llame así. -Cogió el asa de la maleta y la lanzó con facilidad sobre la parte trasera de la camioneta como si no pesara más que el orgullo de Dani. Luego tiró de ella hasta ponerla en pie. Abrió la puerta de la camioneta y la empujó al sofocante interior.

 

Dani esperó para hablar hasta que hubieron dejado el aeropuerto atrás. Viajaban por una carretera de doble sentido que se dirigía tierra adentro en lugar de a Milton Head, como ella había esperado.

 

Matorrales y maleza bordeaban ambos lados de la carretera y el aire caliente que entraba por las ventanillas abiertas de la camioneta le agitaba los cabellos contra las mejillas. Adoptando un tono suave, Dani rompió el silencio.

 

-¿Podría encender el aire acondicionado? Se me enreda el pelo.

-Lleva años sin funcionar.

 

Tal vez estuviera ya entumecida, porque aquella respuesta no la sorprendió. Los kilómetros pasaron volando y los signos de civilización escaseaban cada vez más. De nuevo le preguntó lo que se había negado a contestar cuando bajaron del avión.

 

-¿Podría decirme adonde nos dirigimos?

 

-Es mejor que lo veas por ti misma.

 

-Eso no suena muy esperanzados

 

-Por decirlo de una manera suave, donde vamos no hay salón de cóctel.

 

Vaqueros, botas, matrícula de Florida. ¡Tal vez fuera ranchero! Ella sabía que había multitud de ganaderos ricos en Florida. Quizás estuvieran dirigiéndose hacia el sur. «Por favor, Dios, que sea ranchero. Que sea igual que un episodio repetido de Dallas. Que haya una hermosa casa, ropas de diseño, y Sue Ellen y J. R. haraganeando alrededor de la piscina.»

 

-¿Es usted ranchero?

 

-¿Parezco ranchero?

 

-Lo que parece es un psiquiatra. Responde a una pregunta con otra.

 

-¿Los psiquiatras hacen eso? Nunca he ido a uno.

 

-Por supuesto que no. Es evidente lo bien que le funciona la cabeza

 

Ella había intentado que el comentario sonara sarcástico, pero el sarcasmo nunca se le había dado bien y pareció que lo estaba adulando.

 

Dani miró por la ventanilla el hipnótico paisaje de la carretera.

Totalmente ensimismada, vio una casa desvencijada con un árbol en el patio delantero lleno de comederos de pájaros hechos de calabaza. El aire caliente los movía.

 

Cerró los ojos y se imaginó fumando. O lo intentó. Hasta ese día, no se había dado cuenta de lo mucho que dependía de la nicotina. En cuanto se adaptara a la nueva situación, tendría que dejar de fumar. En cuanto llegara a su nueva vida, tendría que replantearse muchas cosas. Por ejemplo, nunca fumaría en la casa del rancho. Si le apetecía un cigarrillo, saldría a fumárselo a la terraza, en el balancín al lado de la piscina.

 

Mientras seguía soñando, se encontró rezando otra vez: «Por favor, Dios, que haya terraza. Que haya piscina...»

 

Un poco más tarde, la despertó el traqueteo de la camioneta. Se incorporó bruscamente, abrió los ojos y soltó un grito ahogado de asombro.

 

-¿Pasa algo?

-Dígame que eso no es lo que creo que es.

 

El dedo de la joven temblaba cuando señaló hacia el objeto que se movía al otro lado del polvoriento parabrisas.

 

-Es difícil confundir a un elefante con otra cosa.

 

Era un elefante. Un elefante de verdad, vivito y coleando. La bestia recogió un fardo de heno con la trompa y lo lanzó hacia atrás. Mirando la deslumbrante luz del atardecer, Dani rezó para estar todavía durmiendo y que aquello sólo fuera una pesadilla.

 

-Dígame que estamos aquí porque quiere llevarme al circo.

-No exactamente.

-¿Va a ir usted solo?

-No.

 

Dani tenía la boca tan seca que le resultaba difícil articular las palabras.

-Sé que no le gusto, señor Markov, pero, por favor, dígame que no trabaja aquí.

-Soy el gerente.

-Gerente de un circo -repitió ella débilmente.

-Exacto.

 

Atontada, Dani se dejó caer contra el asiento. A pesar de su optimismo, era incapaz de encontrar una luz al final del túnel.

 

En el recinto abrasado por el sol había una carpa de circo roja y azul junto con varias carpas más pequeñas y una gran cantidad de caravanas. La carpa más grande, salpicada por estrellas doradas, tenía un gran rótulo de color rojo intenso donde se podía leer: CIRCO DE LOS HERMANOS QUEST, PROPIETARIO: OWEN QUEST. Además de unos cuantos elefantes atados, Dani vio una llama, un camello, varias jaulas enormes con animales y toda clase de gente de mal vivir, entre la que incluyó a algunos hombres bastante sucios. A la mayoría de ellos parecían faltarle los dientes delanteros.

 

El padre de Dani siempre había sido un esnob. Le encantaba todo ese rollo de los linajes antiguos y los títulos de nobleza. Se jactaba de descender de las más grandes familias zaristas de Rusia. El hecho de que hubiera casado a su única hija con un hombre que trabajaba en un circo decía mucho de lo que sentía por ella.

 

-No es exactamente el de los Hermanos Ringling.

-Eso ya lo veo -repuso ella débilmente.

-Los Hermanos Quest es uno de los circos que se conocen como circos de barro.

-¿Por qué dice eso?

-Pronto lo averiguarás -la respuesta sonó ligeramente diabólica.

 

Su marido aparcó la camioneta al lado de las demás, apagó el motor y salió. Para cuando ella bajó, él ya había sacado las maletas de la parte trasera y había echado a andar cargando con ellas.

 

Los altos tacones de Dani se hundieron en el terreno arenoso y se tambaleó mientras seguía a Kevin. Todos dejaron lo que estaban haciendo y clavaron los ojos en ella. La rodilla le asomaba por el ancho agujero de las medias, la chamuscada chaqueta de raso se le caía de un hombro y los zapatos se hundían en algo demasiado blando. Afligida, Dani bajó la mirada para asegurarse de que había pisado justo lo que se temía.

-¡Señor Markov!

 

El chillido de la joven tenía un deje de histeria, pero él pareció

no oírla y siguió caminando hacia la hilera de caravanas. Ella restregó la suela del zapato por la arena, llenándoselo de polvo durante el proceso. Con una exclamación ahogada, Dani echó a andar de nuevo.

 

Kevin se acercó a dos vehículos que estaban aparcados uno al lado del otro. El más cercano era una moderna caravana plateada con una antena parabólica. Al lado había otra caravana abollada y oxidada que parecía haber sido verde en otra vida.

 

«Por favor, que sea la caravana de la parabólica en vez de la otra. Por favor...»

 

Él se paró ante la fea caravana verde, abrió la puerta y desapareció en el interior. Dani gimió, luego se dio cuenta de que estaba tan entumecida emocionalmente que ni siquiera era capaz de sorprenderse.

 

Kevin reapareció en la puerta un momento después y observó cómo se acercaba tambaleándose hacia él.

 

Cuando al fin llegó al combado peldaño de metal, él le ofreció una sonrisa cínica.

 

-Hogar, dulce hogar, cara de ángel. ¿Quieres que te coja en brazos para cruzar el umbral?

 

A pesar del sarcástico comentario, ella eligió ese momento en particular para recordar que nunca la habían cogido en brazos para cruzar un umbral y que a pesar de las circunstancias, éste era el día de su boda.

 

Quizá poner un toque sentimental los ayudaría a los dos a sacar algo positivo de esa terrible experiencia.

 

-Sí, gracias.

-¿Estás de coña?

-¿Quiere o no quiere hacerlo?

-No quiero.

 

Ella intentó disimular la decepción.

-Vale.

 

-Es una puta caravana.

-Ya lo veo.

 

-Ni siquiera creo que las caravanas tengan umbrales.

-Si hay una puerta, hay un umbral. Incluso un iglú tiene umbral.

 

Por el rabillo del ojo, ella vio que comenzaba a formarse una multitud a su alrededor. Kevin también se dio cuenta.

 

-Vamos, entra.

-Es usted quien se ha ofrecido.

-Estaba siendo sarcástico.

-Ya me he fijado que lo hace mucho. Y por si nadie se lo ha dicho nunca, es una costumbre molesta.

 

-Entra, Dani.

 

 

 

 

Holaaa chikitaass!! espero k les haya gustado el capp. si comentaan muucho les subo la parte dos.. :)))

bessooss

cuideenseenn

ya me paso x sus novels :)

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2do Lugar! Graciaas chikass!!

2do Lugar! Graciaas chikass!!