Obsessive Jonas Disorder
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Quiere cap??

nota mia:  holaaaaaaaaaaa com estaaan buuenoo les escribo para comunicarles!! que conseguiii la noveel!!! jujujuju y buenop si hay mas comentarios en este cap subo pronto!!! sip? ahora si me voy .. aki esta el cap 19! besossss byeeee las kieroooo

 

CAPÍTULO 19

 

 

 

espero que lo vean!!! es hermoso!


Brady estaba furioso con Sheba.

-No quiero que metas las narices en esto.

 

-Sólo quiero que te tranquilices un poco. Vamos dentro.

 

-¡Es una ladrona! ¡Mi hija es una puta ladrona! Permitió que se culpase a Dani. -Apartó a un lado un juego de pesas y se dejó caer sobre el sofá, donde se pasó la mano por el pelo.

 

Sheba cogió una botella de Jack Daniel's del armario de la cocina y llenó dos vasos. Cuando se acercó a él la bata se le ciñó a las caderas, haciendo que Brady se olvidara de su enfado, aunque sólo fuera por un momento.

 

Sheba tenía la habilidad de nublarle la mente. No era algo que le gustara y había luchado contra ello desde el principio. Era engreída, terca y lo volvía loco. Era la mujer más excitante que había conocido nunca. Y la que más lo irritaba.

 

Sheba le dio el vaso de whisky y se sentó a su lado. Al hacerlo se le abrió la bata dejando al descubierto un muslo. Era vigoroso y esbelto y Brady sabía, tras haberla observado trabajar con los trapecistas, lo tonificado que estaba.

 

Sheba se reclinó sobre los almohadones del sofá y cerró los ojos. Arrugó la cara, casi como si fuera a echarse a llorar, algo que nunca le había visto hacer.

 

-¿Sheba? -Ella abrió los ojos. -¿Qué te pasa?

 

Vislumbró un retazo de seda púrpura entre las piernas de Sheba y encontró un blanco para su furia.

 

-¡Por qué no te sientas como una señora en vez de como una vulgar mujerzuela!

 

-No soy tu hija, Brady. Me sentaré como me dé la gana.

 

Brady nunca le había pegado a una mujer en su vida, pero en ese momento supo que le estallaría la cabeza si no la provocaba. Con un movimiento tan rápido que ella no lo vio llegar, la agarró de la bata y la puso en pie de golpe.

 

-Te la estás buscando, nena.

 

-Por desgracia, tú no eres lo suficiente hombre para darme lo que quiero.

 

Brady no pudo recordar ninguna otra ocasión en la que se sintiera tan furioso y Sheba se convirtió en el blanco de todas las emociones que estaban a punto de explotar en su interior.

 

-¿Me estás provocando, Sheba? ¿Es que no tienes a mano a nadie mejor que yo? Soy el hijo de un carnicero de Brooklyn, ¿recuerdas?

 

-Lo que eres, es un bastardo deslenguado. Lo insultaba a propósito. Era como si ella misma quisiera que la lastimara, y el estaba dispuesto a complacerla. Le abrió la bata y se la arrancó de un tirón.

 

Sheba se quedó desnuda salvo por unas provocativas bragas de seda color púrpura. Tenía los pechos grandes y los pezones oscuros del tamaño de una moneda de medio dólar. Ya no tenía el vientre plano y sus caderas eran más redondeadas de lo que deberían ser. Era voluptuosa y madura en toda la extensión de la palabra, y Brady nunca había deseado tanto a una mujer.

 

Ella no hizo ningún intento por cubrirse, sino que le sostuvo la mirada con un descaro tal que le dejó sin aliento. Sheba arqueó la espalda y colocó la pierna izquierda delante de la derecha con un movimiento elegante. Luego plantó la mano sobre la cadera. Sus pechos se balancearon ante Brady y éste perdió el control. -Que te jodan. Ella siguió provocándole.

 

-Eso intento, Brady. Eso intento.

 

Intentó cogerla, pero olvidó lo veloz que era. Sheba se alejó con rapidez, con el pelo rojo flotando a su espalda y los pechos rebotando. Brady se abalanzó tras ella, pero se le volvió a escurrir entre los dedos. Sheba se rio, pero no fue un sonido agradable.

 

-¿Estas mayor para esto, Brady?

 

Iba a domesticarla, no importaba lo que tuviera que hacer. Impondría su voluntad sobre esa mujer.

 

-No tienes ni la más mínima oportunidad -se burló él.

 

-Ya veremos. -Sheba le arrojó una de las pesas, que cayó rodando

al suelo como si fuera un bolo.

 

A pesar de la sorpresa, él la esquivó con facilidad. Vio un destello de desafío en los ojos de Sheba y cómo le brillaban los pechos por el sudor. El juego había comenzado.

 

Aquello sólo tenía una salida posible. Brady se quitó la camiseta y los zapatos. Ella siguió meciéndose mientras observaba cómo él se quitaba los pantalones cortos. A Brady no le gustaba llevar ropa interior y estaba desnudo debajo de ellos.

 

Los ojos de la mujer escrutaron cada centímetro de su cuerpo;

 

Brady sabía que ella apreciaba lo que veía.

Cuando se acercó, Sheba le dio una patada, pero él la sujetó por los tobillos.

 

-Bueno, a ver qué tenemos aquí. Le separó lentamente las piernas formando un arco. -Eres un demonio, Brady Pepper.

 

-Ya deberías saberlo. -Le recorrió las corvas con los labios y siguió explorando

 

Ella dijo:

 

-Sólo me acuesto contigo para que no lastimes a Beatriz.

 

-Ha sido lo único que se me ha ocurrido para que te tranquilizaras.

 

-Mentirosa. Necesitabas un semental. Todos saben cuánto necesita a sus sementales la pequeña Sheba.

 

-No eres un semental. Sólo un caso de caridad.

 

-¿Es Kevin el único al que quieres como semental? Lástima que él no te quiera a ti.

-Te odio.

 

Y así siguieron, hiriéndose y castigándose hasta que, de repente, dejaron de decirse aquellas crueles palabras. Se unieron, escalando juntos hasta la cima y, en un momento arrebatador, se olvidaron de todo.

 

 

Después Sheba intentó salir apresuradamente de la cama, pero

 

Brady no la dejó.

-Quédate aquí, nena. Sólo un momento.

 

Por una vez, la dueña del circo contuvo su afilada lengua y se giró en los brazos de Brady. Los mechones de su pelo rojizo se esparcieron como cintas relucientes sobre el pecho masculino.

 

-Dani será ahora una heroína. -Brady sintió cómo se estremecía al decirlo.

 

-Se lo merece.

 

-La odio. Le odio.

 

-No tiene nada que ver contigo.

 

-¡No es verdad! No sabes nada. Las cosas iban bien cuando todos pensaban que Dani era una ladrona. Pero ahora no. Ahora Kevin pensará que ha ganado.

 

-Olvídalo, nena. Simplemente olvídalo.

 

-No me das miedo -le dijo desafiante.

 

-Lo sé. Lo sé.

 

-No me da miedo nada.

 

Él la besó en la sien pero no la llamó mentirosa. Sabía que Sheba tenía miedo. Por alguna razón, la reina de la pista central ya no se reconocía a sí misma y eso la asustaba muchísimo.



Kevin se quedó mirando el oscuro escaparate de la tienda de postales de Hallmark.

Tres puertas más abajo brillaban las luces de una pequeña pizzería mientras, junto a ellos, parpadeaba el letrero de neón de una tintorería cerrada.

 

Hacía mucho tiempo que había dejado de pensar en el robo de Dani, pero lo cierto era que nunca había creído que fuera inocente.

 

Tenía que asumir la terrible injusticia que había cometido con ella.

¿Por qué no la había creído? Siempre se había enorgullecido de ser imparcial, pero había estado tan seguro de que la desesperación de Dani la había conducido a robar el dinero que no le había ofrecido el beneficio de la duda. Debería haber sabido que el fuerte código moral de su esposa jamás le permitiría robar.

 

Ella se removió inquieta a su lado.

 

-¿Podemos irnos ya?

 

Dani no había querido acompañarlo a dar un paseo nocturno por la alameda desierta, cerca de donde se había instalado el recinto del circo, pero Kevin no estaba preparado para volver a los estrechos confines de la caravana y había insistido en ello. Dio la espalda al despliegue de postales y figuras de ángeles y sintió la tensión y la mirada preocupada de Dani.

 

Los rizos negros enmarcaban las mejillas de su esposa y su boca parecía tierna y delicada. Sintió temor ante aquella dulce cabeza hueca que poseía una voluntad tan firme como la suya. Le rozó la mejilla con el pulgar.

 

-¿Por qué no me contaste que lo hizo Beatriz? -Podemos hablar de eso más tarde -dijo Dani mirando impacientemente hacia la carretera y alejándose de él de nuevo.

 

-¡Espera! -la cogió suavemente por los hombros y ella se removió como un niño impaciente.

 

-¡Suéltame! Nunca deberías haber dejado que Brady se la llevara así. ¿Has visto lo enfadado que estaba? Si le hace daño...

 

-Espero que le caliente el trasero.

 

-¿Cómo puedes decir eso? Sólo tiene dieciséis años y ha sido un verano horrible para ella.

 

-Tampoco ha sido demasiado bueno para ti. ¿Cómo puedes defenderla después de lo que te hizo?

 

-Eso no importa. La experiencia me curtió, algo que ciertamente necesitaba. ¿Por qué has dejado que se la llevara estando tan enfadado? Prácticamente le has dado permiso para que le dé una zurra. No esperaba eso de ti, Kevin, de verdad. ¡Ahora!, por favor, te lo ruego. Volvamos y deja que me asegure de que está bien.

 

«Te lo ruego.» Dani repetía eso todo el tiempo.

Las mismas palabras que habían envenenado el espíritu de Sheba Quest dos años antes, cuando le había implorado que la amase, salían de la boca de Dani continuamente. Por la mañana, con el cepillo de dientes en la boca le gritaba: «¡Café! ¡Por favor, te lo ruego!» La noche anterior le había susurrado suave y tímidamente al oído: «Hazme el amor, Kevin. Te lo ruego.» Como si tuviese que rogárselo.

 

Pero implorar no amenazaba el orgullo de Dani. Era sólo su manera de expresarse y, si en algún momento fuera lo suficientemente tonto para sugerirle que suplicar podía ser humillante, Dani le lanzaría esa mirada compasiva que él había llegado a conocer tan bien y le diría que dejara de ser tan estirado.

 

 

Kevin le acarició el labio inferior con el índice.

 

-¿Te haces una idea de lo mucho que lo siento?

 

-¡Ya te he perdonado! ¡Ahora, vámonos!

 

Kevin quiso besarla y sacudirla al mismo tiempo.

-¿No lo entiendes? Por culpa de Beatriz todo el circo pensó que eras una ladrona. Ni siquiera yo te creí.

 

-Eso es porque eres pesimista por naturaleza. Ahora, basta ya, Kevin. Entiendo que te remuerda la conciencia, pero tendrás que dejarlo para otro momento. Si Brady...

 

-No hará nada. Está cabreado, pero no le pondrá un dedo encima.

 

-¿Cómo puedes estar seguro?

 

-Brady grita mucho, pero no es violento, en especial con su hija.

 

-Siempre hay una primera vez.

 

-Le oí hablando con Sheba un poco antes de que saliéramos. Ella protegerá a Beatriz como una leona a sus cachorros.

 

-Que Beatriz vaya a ser protegida por Lizzie Borden no me tranquiliza -dijo Dani mencionando a una famosa parricida.

 

-Sheba no es cruel con todo el mundo.

 

-Me odia.

 

-Habría odiado a cualquiera que se hubiera casado conmigo.

 

-Tal vez. Pero no de la manera que me odia a mí. Al principio no era tan malo, pero ahora...

 

-Era más fácil cuando te odiaba todo el mundo. -Le frotó el hombro. -Siento que te hayas visto envuelta en esta batalla que tiene Sheba con su orgullo. Siempre ha poseído talento, incluso de niña, y por ese motivo han sido demasiado indulgentes con ella. Su padre la hacía trabajar duro, pero también alimentó su ego, y Sheba creció pensando que era perfecta. No puede aceptar que tiene debilidades como todo el mundo, así que siempre les echa la culpa de todo a los demás.

 

-Supongo que no es fácil enfrentarse a tus propios defectos.

 

-Oh, no. No comiences a sentir pena por ella. No bajes la guardia, ¿me oyes?

 

-Pero yo no le he hecho nada.

 

-Te has casado conmigo.

 

Dani frunció el ceño.

 

-¿Qué fue lo que sucedió entre vosotros?

 

-Ella creía que estaba enamorada de mí. Pero no lo estaba, sólo amaba mi linaje, aunque todavía no se ha dado cuenta.

Tuvimos una escena muy desagradable y perdió los nervios. Cualquier otra mujer lo habría olvidado, pero Sheba no. Es demasiado arrogante para pensar que es culpa suya, por lo tanto la culpa es mía. Nuestro matrimonio fue un enorme golpe para su orgullo, pero mientras estuviste en desgracia, resultó llevadero para ella. No sé cómo reaccionará ahora.

 

-Mal, supongo.

 

-Sheba y yo nos conocemos bastante bien. Podía vivir con el pasado mientras me veía como un ser desgraciado, pero ahora no. Querrá castigarme por ser feliz y sólo tengo una debilidad. -La miró.

 

-¿Yo? ¿Yo soy tu debilidad?

 

-Si te hace daño a ti, me lo hace a mí. Por eso quiero que tengas cuidado.

 

-Me parece una pérdida de tiempo malgastar toda esa energía intentando convencer a todo el mundo de que uno es mejor que nadie. No puedo comprenderlo.

 

-Claro que no puedes. Te encanta señalar tus defectos a todo aquel que quiera escucharte.

 

Dani debió encontrar divertida la exasperación de Kevin porque sonrió.

 

-De cualquier manera acabarían descubriéndolos por sí solos en cuanto pasaran el tiempo suficiente conmigo. Sólo les evito el esfuerzo.

 

-Lo único que descubrirían es que eres una de las personas más decentes que conozco.

 

Una expresión muy parecida a la culpa asomó en el rostro de Dani, aunque Kevin no podía imaginar de que se sentía culpable. De repente, la joven volvió a mostrar su preocupación.

 

-¿Estás seguro de que a Beatriz no le pasará nada?

 

-No he dicho eso. Te aseguro que Brady la castigará.

 

-Dado que soy la persona agraviada, debería decidir yo el castigo.

-Brady no lo verá de ese modo, y Sheba tampoco.

 

-¡Sheba! ¡Qué hipócrita! Le encantaba creer que yo era una ladrona. ¿Cómo puede castigar a Beatriz por concederle su más anhelado deseo?

 

-Sheba estaba encantada porque pensaba que era verdad. Pero tiene un fuerte sentido de la justicia. Las gentes del circo llevan una vida itinerante y no hay nada que odien más que a un ladrón. Cuando Beatriz cometió el robo y mintió, violó todo en lo que Sheba cree.

 

-Aun así, creo quees una hipócrita y no harás que cambie de idea. Si no haces algo con respecto a Brady, lo haré yo.

-No, tú no harás nada.

 

Dani abrió la boca para discutir con él, pero antes de que pudiera emitir una palabra, Kevin se inclinó y la besó. La joven resistió dos segundos intentando demostrar que no era una chica fácil, pero enseguida se rindió.

 

Santo Dios, a Kevin le encantaba besarla, le encantaba sentir cómo se fusionaba con él, la presión suave de sus pechos. ¿Qué había hecho para merecer a esa mujer? Era su ángel personal.

 

Lo atravesó una oleada de frustración porque ella no exigía la venganza que merecía. Pero vengarse no formaba parte de la naturaleza de Dani, por eso era tan vulnerable.

 

Se apartó ligeramente para hablar y tuvo que obligarse a decir aquellas palabras tan inusuales en él.

 

-Lo siento, cariño. Siento no haberte creído.

 

-No importa -repuso ella.

 

Kevin supo lo que ella quería decir y sintió como si su corazón explotara.

 

 

 

byee

xooxox

 

 

 

 

 

 

CAPITULO 11 BESAR A UN ANGEL :)

PARTE 1

-¿Qué has dicho? -Kevin se incorporó sobre ella con rapidez.

 

Dani quiso morderse la lengua. ¿Cómo podía habérsele escapado aquello? Había estado tan somnolienta y feliz que había pensado en voz alta.

 

-N-nada -tartamudeó, -no he dicho nada.

-Te he oído claramente.

-Entonces, ¿para qué preguntas?

-Has dicho que ya no eres virgen.

-¿En serio?

-Dani... -la voz de Kevin tenía un ominoso tono de advertencia. -¿Lo has dicho literalmente?

 

Ella intentó adoptar un tono de superioridad.

 

-No es asunto tuyo.

 

-Bobadas. -El saltó fuera de la cama, agarró los vaqueros y se los puso como si fuera obligatorio poner algún tipo de barrera entre ellos. Se giró para enfrentarse a ella. -Dime, ¿a qué estás jugando?

 

Dani no pudo evitar fijarse en que él no se había subido la cremallera de los vaqueros y tuvo que obligarse a apartar la vista de la tentadora V de aquel duro y plano vientre.

 

-No quiero hablar de eso.

 

-¿No esperarás en serio que crea que eras virgen?

 

-Claro que no. Tengo veintiséis años.

 

Él se pasó la mano por el pelo y se paseó de un lado a otro del estrecho espacio que había a los pies de la cama. Parecía como si no la hubiera oído.

 

-He notado que eras muy estrecha. He creído que era porque había pasado mucho tiempo desde la última vez que estuviste con alguien, pero nunca hubiera imaginado.... ¿Cómo coño has llegado a los veintiséis años sin echar un polvo?

 

Ella se incorporó bruscamente.

 

-No es necesario usar esa clase de lenguaje. ¡Quiero que te disculpes ahora mismo!

 

Él la miró como si se hubiera vuelto loca.

 

Ella le sostuvo la mirada. Si Kevin pensaba que se iba a acobardar, podía esperar sentado. Durante los años que había vivido con Lani había oído suficientes palabras obscenas para toda una vida y no pensaba dejar pasar aquel tema por alto.

 

-Estoy esperando.

 

-Responde a la pregunta.

 

-Después de que te disculpes.

 

-¡Lo siento! -gritó él, perdiendo su rígido control. -O me dices la verdad ahora mismo o voy a estrangularte con las medias y a arrojar tu cuerpo en una zanja al lado de la carretera después de pisotearlo.

 

Como disculpa no valía mucho, pero Dani no esperaba conseguir nada mejor.

 

-No soy virgen -repuso con suavidad.

 

Por un momento, Kevin pareció aliviado, luego la miró con suspicacia.

 

-No eres virgen ahora, pero ¿lo eras cuando entraste en la caravana?

 

-Puede que lo fuera -masculló ella.

 

-¿Puede que lo fueras?

 

-Vale, lo era.

 

-¡No te creo! Nadie con tu aspecto llega a los veintiséis años sin echar...

 

Ella le dirigió una mirada fulminante.

 

-... sin hacerlo. ¡Por el amor de Dios! ¿Por qué?

 

Ella jugueteó con el borde de la sábana.

 

-Mientras crecía vi cómo mi madre se liaba con un tío tras otro.

 

-¿Y eso qué tiene que ver contigo?

 

-La promiscuidad no es nada agradable, y me rebelé.

 

-¿Te rebelaste?

 

-Decidí ser todo lo contrario a mi madre.

 

Kevin se sentó a los pies de la cama.

 

-Dani, tener un amante de vez en cuando no te hubiera convertido en una mujer promiscua. Eres muy apasionada.

Mereces tener una vida sexual.

 

-No estaba casada.

 

-¿Y qué?

 

- Kevin, yo no creo en el sexo fuera del matrimonio.

 

Él la miró anonadado.

 

-No creo en el sexo fuera del matrimonio -repitió ella. -Ni para las mujeres. Ni para los hombres.

 

-¿Estás de coña?

 

-No pretendo juzgar a nadie, pero eso es lo que pienso. Si quieres reírte, adelante.

 

-¿Cómo puedes pensar algo así en los tiempos que corren?

 

-Soy hija ilegítima, Kevin. Eso hace que vea las cosas de otra manera. Probablemente me consideres una puritana, pero no

puedo evitarlo.

 

-Después de lo que ha pasado entre nosotros esta noche, no me atrevería a llamarte puritana. -Él sonrió por primera vez. -¿Dónde aprendiste todos esos trucos?

 

-¿Qué trucos?

 

-Lo de poner las manos contra la pared y cosas por el estilo.

 

-Ah, eso. -Dani notó que se sonrojaba. -He leído algunos libros

guarros.

 

-Bien hecho.

 

Ella frunció el ceño, preocupada.

 

-¿No te ha gustado? Acepto críticas constructivas. Quiero aprender, puedes decirme la verdad.

 

-Me ha gustado.

 

-Pero quizá no he sido lo suficientemente imaginativa para ti. -Dani pensó en los látigos. -Para ser sincera, no creo que pueda ser mucho más atrevida. Y deberías saber que el sadomasoquismo no es lo mío.

 

Por un momento Kevin pareció confundido, luego sonrió.

 

-¿Te dan miedo los látigos?

 

-Es difícil no pensar en ellos cuando los veo por todas partes.

 

-Supongo que tan difícil como me resulta a mí pensar que alguien tan interesado en el sexo fuera todavía virgen.

 

-No dije que estuviera interesada. Sólo estaba tratando de que nos entendiéramos. Y en lo que se refiere a mis creencias, poco antes de morir mi madre tenía amantes más jóvenes que yo. De verdad que lo odiaba.

 

Kevin se levantó de la cama.

 

-¿Por qué no me has dicho que eras virgen?

 

-¿Hubiera cambiado algo?

 

-No sé. Tal vez. Sin duda alguna no hubiera sido tan rudo.

 

Dani abrió los ojos con sorpresa.

 

-¿Estabas siendo rudo?

 

Kevin relajó las duras líneas de su boca. Se sentó al lado de ella y le pasó el pulgar por los labios.

 

-¿Qué voy a hacer contigo?

 

-Tengo una idea, pero a lo mejor no te gusta.

 

-Dime.

 

-¿Podríamos... no sé exactamente cuánto tiempo lleva recuperarse, pero... cuando lo hagas...?

 

-¿Estás intentando decir que te gustaría repetir?

 

-Sí.

 

-Está bien, cariño. -Él sonrió, pero parecía preocupado. -Supongo que alguien que ha esperado tanto, tiene que recuperar el tiempo perdido.

 

Dani abrió los labios, ansiosa por besarlo, pero él retiró la sábana y la avergonzó diciéndole que no haría nada hasta asegurarse de que estaba bien. Ignorando las protestas de la joven, Kevin se deshizo de las medias e hizo justo lo que le había dicho. Cuando finalmente comprobó que no le había hecho daño, comenzó a seducirla de nuevo. La lluvia repiqueteaba contra las ventanas y, después de amarse, Dani se hundió en el primer sueño reparador en meses.

 

 

HOLAAAAAAAAAAAAAA

k taaal les gustoo el caapp..!!!

buenooooo espero k lo hayn disfrutadooo

me voee

byee

besoss

 

BESAR A UN ANGEL

 

CAPÍTULO 09


Dani estaba sobre la rampa del camión a las diez de la mañana siguiente. Tenía los músculos de las piernas agarrotados y le dolían a cada paso que daba. Además sentía como si le hubieran estirado los brazos en un potro de tortura.

 

-Lo siento, Digger. Me he quedado dormida.

 

A pesar de lo cansada que estaba la noche anterior, se había despertado a eso de las tres de la madrugada tras un sueño en el que Kevin y ella navegaban en una barca rosa con forma de cisne por un anticuado túnel del amor. Kevin la besaba y la miraba con tal ternura que ella se había sentido como si su cuerpo se fundiera con la barca, con el agua y con el propio Kevin. Había sido esa sensación lo que la había despertado y lo que la había hecho reflexionar, tumbada en el sofá, sobre el doloroso contraste entre aquel bello sueño y la realidad de su matrimonio.

 

Cuando llegaron a la amplia explanada de High Point, en Carolina del Norte, el remolque que transportaba a los elefantes aún no había aparecido, y se había metido en la camioneta para echar una siesta. Dos horas después, se había despertado con el cuello rígido y dolor de cabeza.

 

Desde lo alto de la rampa vio que Digger casi había terminado de retirar el estiércol del camión. La sensación de alivio se mezcló con una punzada de culpabilidad. Ése era su trabajo.

 

-Deja que siga yo.

 

-Lo peor ya está hecho. -Habló como un hombre que estaba

acostumbrado a esperar lo peor de la vida.

 

-Lo siento, no ocurrirá de nuevo.

 

Él sorbió por la nariz y la miró como diciendo que se lo creería cuando lo viera.

 

Desde donde estaba, Dani tenía una amplia vista de la nueva localización del circo, situado entre un Pizza Hut y una gasolinera. Según le había dicho Kevin, la mayor parte de los miembros del circo preferían instalarse en un terreno liso y asfaltado, aunque eso significara tener que reparar antes de marcharse todos los agujeros que hicieran para clavar las estacas.

 

Oyendo de fondo el rítmico golpeteo de los hombres que montaban el circo, miró hacia atrás y vio a  Beatriz sentada en una silla delante de su caravana. Sheba estaba de pie detrás de ella haciéndole una trenza. También había visto cómo la dueña del circo echaba una mano a los trabajadores y ayudaba a levantarse al pequeño de los Lipscomb, de seis años, cuando se caía. Sheba Quest era una mujer llena de contradicciones: con Dani se comportaba como una bruja malvada, pero con todos los demás era una persona muy amable.

 

Sintió que le tiraban del pantalón. Cuando bajó la vista vio que era la trompa de Tater, que estaba al pie de la rampa, mirándola con adoración a través de unas pestañas ridículamente rizadas.

 

Digger se burló de ella.

 

-Tu novio ha venido a verte.

-Pues se va a llevar un chasco. No me he puesto perfume.

 

-Supongo que tendrá que acercarse más para comprobarlo por sí mismo. Llévalo con los demás, ¿de acuerdo? Hay que darles de beber. El pincho está allí dijo, señalando con la cabeza el objeto apoyado contra el camión.

 

Ella miró el pincho con autentica aversión. Al fondo de la rampa, Tater barritó y giró sobre sí mismo, como si estuviera llamándola. Luego se detuvo, y levantó una pata tras otra como si fuera un bebé pataleando. O mucho se equivocaba Dani o todo eso era por ella.

 

-¿Qué voy a hacer contigo, Tater? ¿No te das cuenta del miedo que me das?

 

Armándose de valor, se acercó al fondo de la rampa mientras se metía la mano en el bolsillo para sacar una zanahoria mustia que había encontrado en la nevera. Esperaba que la siguiera al ver que iba a alimentarlo, y le ofreció la hortaliza con una mano temblorosa.

 

El animalito alargó la trompa y olisqueó la zanahoria con delicadeza, haciéndole cosquillas en la palma de la mano. Ella retrocedió un paso, utilizando la zanahoria como cebo para llevarlo con los demás. Tater se la arrebató de la mano y se la llevó a la boca.

 

Dani observó con aprensión la mano ahora vacía mientras el alargaba la trompa hacia ella otra vez.

 

-N-no tengo más.

 

Pero no era comida lo que él quería; era perfume.

 

Metió la trompa por el cuello de la camiseta de Dani buscando el olor que tanto le gustaba.

 

-Amiguito... lo siento... yo...

 

¡Zas! Con un dramático barrito, Tater le dio un golpe con la trompa y la tiró al suelo. Dani gritó. Al mismo tiempo, Tater levantó la cabeza y volvió a barritar, anunciando al mundo la profunda traición de la que acababa de ser objeto: ¡ Dani no llevaba perfume!

 

- Dani, ¿estás bien? - Kevin apareció de la nada y se puso en cuclillas a su lado.

 

-Estoy bien. -Hizo una mueca de dolor al sentir una punzada en la cadera.

 

-¡Maldita sea! No puedes dejar que este animal continúe haciéndote eso. Sheba me ha dicho que ayer también te tiró.

 

Por supuesto, Sheba no había podido resistirse a dejar pasar algo como eso, pensó Dani, tensándose al cambiar de postura.

 

Por el rabillo del ojo, vio cómo Neeco se acercaba a grandes zancadas hacia ellos.

-Yo me encargaré de esto -les dijo.

Dani soltó un grito ahogado cuando lo vio coger el pincho.

 

-¡No! ¡No le pegues! Ha sido culpa mía. Yo... -Ignorando el dolor, se obligó a ponerse de pie y se interpuso de un salto entre Neeco y Tater, pero llegó demasiado tarde.

 

Horrorizada, observó cómo Neeco golpeaba al elefantito en aquel lugar sensible detrás de la oreja. Tater soltó un agudo chillido y retrocedió. Neeco se acercó de nuevo a él, levantando el pincho para propinarle un segundo golpe.

 

-Ya basta, Neeco.

 

Dani no oyó las suaves palabras de advertencia de Kevin porque ya se había lanzado sobre la espalda de Neeco.

 

-¡No vuelvas a pegarle! -con un grito de indignación, intentó arrebatarle el pincho.

 

Alarmado, Neeco tropezó, y tras recuperar el equilibrio, soltó una maldición y se dio la vuelta. Dani no pudo sujetarse a sus hombros y sintió que se resbalaba. Pero en vez de caer al sucio por segunda vez ese día, Kevin la atrapó en sus brazos.

 

-Ya te tengo.

Sheba se acercó con rapidez.

-Por el amor de Dios, Kevin hay periodistas en el recinto.

 

Mientras la dejaba en el suelo, Dani se preparó para sufrir una bronca de Kevin. Pero para su sorpresa, Kevin se volvió hacia Neeco.

 

-Creo que Tater ha captado el mensaje la primera vez.

Neeco se puso rígido.

 

-Sabes tan bien como yo que no hay nada más peligroso que un elefante se vuelva contra sus adiestradores.

 

Dani no pudo morderse la lengua.

 

-¡Es sólo un bebé! Y fue culpa mía. No me he puesto perfume y se enfadó conmigo.

 

-Cállate, Dani -dijo Kevin con suavidad.


Tu bebé pesa una tonelada -dijo Neeco apretando los labios. -No dejaré que ninguno de los que trabaja conmigo se ponga sentimental con los animales. No podemos correr riesgos.

 

Actuando de esa manera pones en peligro la vida de la gente; los animales tienen que saber quién manda.

 

Dani dejó salir toda su frustración.

 

-¡Las vidas de los animales también tienen valor! Tater no pidió que lo encerraran en un circo. No pidió que lo llevaran por todo el país en un remolque maloliente, ni que le ataran para ser exhibido delante de personas ignorantes. Dios no creó a los elefantes para que hicieran equilibrios sobre sus patas. Los creó para que vagaran libres.

 

Sheba se cruzó de brazos y alzó una ceja con ironía.

 

-Ya la veo tirando pintura roja a los abrigos de piel. Kevin, controla a tu esposa o la echaré de mi circo.

 

Ni el más mínimo atisbo de emoción cruzó por la cara de Kevin cuando sus ojos se encontraron con los de Sheba.

 

- Dani es la encargada de los elefantes. Por lo que he visto, sólo cumplía con su trabajo.

 

A Dani casi se le detuvo el corazón. ¿Sería posible que su marido la estuviera defendiendo?

 

El placer de la joven se desvaneció cuando él se volvió hacia ella, señalando con la cabeza el remolque de los elefantes.

 

-Se está haciendo tarde y aún no lo has limpiado con la manguera. Vuelve al trabajo.

 

Ella se dio la vuelta y, deseando que los tres se fueran al infierno, volvió a su tarea. Sabía que los animales que viajaban con el circo debían estar bajo control, pero la idea de que estaban siendo obligados a comportarse en contra de su naturaleza, le molestaba. Tal vez encontrara tan perturbadora su situación porque sentía que tenía algo en común con ellos. Como los animales del circo, estaba cautiva contra su voluntad y, como ellos, su guardián tenía todo el control.

 

holaaaaa :) que taaal les gustooo el caap??????

sabeeeennn voy asubir mas seguido porque la novel es laargaaa y buenooo necesito terminar pronto k ya pronto inicio clases.....

jejej

buenooo las dejooo

me voeeeee

comenteen mucho..

xoxox

 

Adri :)

BESAR A UN ANGEL- CAPÍTULO 04 PARTE 1


CAPÍTULO 04 PARTE 1

 

-¿Qué coño haces aquí fuera?

 

Dani abrió los ojos de golpe y, alzando la vista, vio los mismos ojos dorados que plagaban sus pesadillas. Por un momento, no pudo recordar dónde estaba, pero luego le vino todo a la cabeza: Kevin, la boda, el látigo de fuego...

 

Fue consciente de las manos de Kevin en los hombros, era lo único que le había impedido caerse de la camioneta cuando él había abierto la puerta. Se había escondido allí porque no tenía valor para pasar la noche en aquella caravana donde sólo había una cama y un desconocido de pasado misterioso que blandía látigos.

 

Intentando escabullirse de sus manos se movió hacia el centro del asiento, alejándose de él todo lo que pudo.

 

-¿Qué hora es?

-Algo más de medianoche. -Él apoyó una mano sobre el marco de la puerta y la miró con esos extraños ojos color ámbar que habían plagado las pesadillas de Dani. En lugar del traje de cosaco llevaba unos gastados vaqueros y una descolorida camiseta negra, pero eso no lo hacía parecer menos amenazador.

 

-Cara de ángel, ocasionas más problemas de lo que vales.

 

Ella fingió alisarse la ropa intentando ganar tiempo. Después de la última función, había ido a la caravana donde vio los látigos que él había usado durante la actuación sobre la cama, como si los hubiera dejado allí para utilizarlos más tarde. Había procurado no mirarlos mientras estaba de pie frente a la ventana observando cómo desmontaban la carpa.

 

Kevin daba órdenes al tiempo que echaba una mano a los hombres, y Dani se había fijado en los músculos tensos de sus brazos al cargar un montón de asientos en la carretilla elevadora y tirar de la cuerda. En ese momento había recordado las veladas amenazas que él había hecho antes y las desagradables consecuencias que caerían sobre ella si no hacía lo que él quería. Exhausta y sintiéndose más sola que nunca, fue incapaz de considerar los látigos que descansaban sobre la cama como meras herramientas de trabajo. Sentía que la amenazaban. Fue entonces cuando supo que no tenía valor para dormir en la caravana, ni siquiera en el sofá.

 

-Venga, vamos a la cama.

 

Los últimos vestigios del sueño se desvanecieron y Dani se puso en guardia de inmediato. La oscuridad era absoluta, no podía ver nada. La mayoría de los camiones habían desaparecido y los trabajadores con ellos.

 

-He decidido dormir aquí.

-Creo que no. Por si no te has dado cuenta, estás tiritando.

 

Estaba en lo cierto. Cuando había entrado en la camioneta no hacía frío, pero la temperatura había descendido desde entonces.

 

-Estoy muy bien -mintió.

 

Él se encogió de hombros y se pasó la manga de la camiseta por un lado de la cara.

 

-Considera esto como una advertencia amistosa. Apenas he dormido en tres días. Primero tuvimos una tormenta y casi perdimos la cubierta del circo, luego he tenido que hacer dos viajes a Nueva York. No soy una persona de trato fácil en las mejores circunstancias, pero soy todavía peor cuando no duermo. Ahora, saca tu dulce culito aquí afuera.

 

-No.

 

Él levantó el brazo que tenía al costado y ella siseó alarmada cuando vio un látigo enroscado en su mano. Él dio un puñetazo en el techo.

 

-¡Ahora!

 

Con el corazón palpitando, Dani bajó de la camioneta. La amenaza del látigo ya no era algo abstracto y se dio cuenta de que una cosa era decirse a plena luz del día que no dejaría que su marido la tocara y otra muy distinta hacerlo de noche, cuando estaban solos en medio de un campo, a oscuras, en algún lugar apañado de Carolina del Sur.

 

Soltó un jadeo cuando Kevin la agarró del brazo y la guio a través del recinto. Con la maleza golpeándole las sandalias, supo que no podía dejar que la llevara a donde quería sin oponer resistencia.

 

-Te advierto que me pondré a gritar si intentas hacerme daño. -

 

Él bostezó. -Lo digo en serio -dijo mientras él la empujaba hacia delante. -No quiero pensar mal de ti, pero me resulta muy difícil no hacerlo sí sigues amenazándome de esta manera.

 

Kevin abrió la puerta de la caravana y encendió la luz, empujándola suavemente por el codo para que entrara.

 

-¿Podemos posponer esta conversación hasta mañana?

¿Era sólo la imaginación de Dani o el interior de la caravana había encogido desde la primera vez que lo había visto?

-No, creo que no. Y por favor, no vuelvas a tocarme otra vez.

-Estoy demasiado cansado para pensar en atacarte esta noche, si es eso lo que te preocupa.

 

Sus palabras no la tranquilizaron.

 

-Si no tienes intención de atacarme, ¿por qué me amenazas con el látigo?

 

Kevin bajó la mirada a la cuerda de cuero trenzado como si se hubiera olvidado que lo tenía en la mano, lo que ella no se creyó ni por un momento. ¿Cómo podía ser tan descuidado con respecto a eso? ¿Y por qué llevaba un látigo por la noche si no era para amenazarla? Un nuevo pensamiento la asaltó, provocándole escalofríos por todo el cuerpo. Había oído bastantes historias sobre hombres que utilizaban los látigos como parte de sus juegos sexuales. Incluso conocía algunos ejemplos casi de primera mano. ¿Sería eso lo que él tenía en mente?

 

Él masculló algo por lo bajo, cerró la puerta y se acercó a la cama para sentarse. Dejó caer el látigo al suelo, pero el mango aún descansaba sobre su rodilla.

 

Ella lo miró con aprensión. Por un lado, Dani había prometido honrar sus votos matrimoniales y además él no le había hecho daño. Pero, por otro, no había dudas de que la había asustado. No era demasiado hábil en los enfrentamientos, pero sabía que tenía que hacerlo. Se armó de valor.

 

-Creo que deberíamos aclarar las cosas. Quiero que sepas que no voy a poder vivir contigo si sigues intimidándome de esta manera.

 

-¿Intimidándote? -Él examinó el mango del látigo. -¿De qué estás hablando?

 

El nerviosismo de la joven aumentó, pero se obligó a continuar.

-Supongo que no puedes evitarlo. Probablemente sea por la manera en que te criaste, aunque no es que me haya creído esa historia de los cosacos -hizo una pausa. -Porque es falsa, ¿verdad?

 

Él la miró como si se hubiera vuelto loca.

-Sí, claro que sí-se apresuró a decir ella. -Cuando me refiero a la intimidación, me refiero a tus amenazas y a... -respiró hondo- ese látigo.

 

-¿Qué pasa con él?

-Sé algo de sadomasoquismo. Si tienes ese tipo de inclinaciones, te agradecería que me lo dijeras ahora en vez de soltar indirectas.

 

-¿De qué estás hablando?

-Los dos somos adultos y no hay ninguna razón para que finjas que no me entiendes.

 

-Me temo que tendrás que ser más clara. Ella no podía creer que fuera tan obtuso.

-Me refiero a esos indicios que muestras de perversión sexual.

 

-¿Perversión sexual?

 

Como seguía mirándola sin comprender, ella gritó frustrada.

 

-¡Por el amor de Dios! Si piensas golpearme y luego hacer el amor conmigo, dímelo. «Oye, Dani, me gusta dar latigazos a las mujeres con las que me acuesto y tú eres la siguiente de la lista.» Al menos sabría lo que se te pasa por la cabeza.

 

Él enarcó las cejas.

-¿Eso haría que te sintieras mejor?

Ella asintió.

-¿Estás segura?

-Tenemos que comenzar a comunicarnos.

-Como quieras. -La miró con ojos chispeantes. -Me gusta dar latigazos a las mujeres con las que me acuesto y tú eres la siguiente de la lista. Ahora voy a darme una ducha.

 

Entró en el cuarto de baño y cerró la puerta.

 

Dani se mordisqueó el labio inferior. Aquello no había salido

precisamente como había planeado.



Kevin se rio entre dientes mientras el agua de la ducha caía sobre su cuerpo. Esa bella cabecita hueca le había proporcionado más diversión en las últimas veinticuatro horas de la que había obtenido en todo el año anterior. O puede que incluso más. Su vida era normalmente un asunto muy serio. La risa era un lujo que no se había podido permitir mientras crecía, así que nunca había desarrollado esa costumbre. Pero era normal cuando se había visto obligado a soportar toda clase de agravios para obtener una sonrisa.

 

Recordó el comentario de Dani sobre la perversión sexual. Si bien no era su tipo de mujer, no podía negar que había tenido pensamientos sexuales sobre ella. Pero no consideraba que fueran pervertidos. Para un hombre era difícil no pensar en el sexo cuando tenía que hacer frente a esos profundos ojos color violeta y a esa boca que parecía hecha para besar.

 

Habría estropeado la diversión si le hubiera explicado que siempre llevaba un látigo cuando sabía que los trabajadores habían estado bebiendo. Los circos ambulantes eran como el viejo Oeste a la hora de resolver los problemas -había que prevenirlos antes de que surgieran- y la visión del látigo era una medida muy disuasoria para aplacar el mal genio de algunos y los viejos rencores.

 

Ella no lo sabía, por supuesto, y él no tenía ninguna prisa en contárselo. Por el bien de los dos, tenía intención de tener a la pequeña señorita ricachona en un puño.

 

A pesar de cuanto le había divertido el último enfrentamiento con su esposa, tenía el presentimiento de que la diversión no duraría demasiado. ¿En qué había estado pensando Max Petroff cuando le había ofrecido a su hija en matrimonio? ¿Tanto la odiaba que la había sometido voluntariamente a una vida que iba más allá de su experiencia? Cuando Max insistió en ese matrimonio, le había dicho que Dani necesitaba conocer la cruda realidad, pero a Kevin le costaba mucho creer que no hubiera pensado en ello como en un castigo.

 

La candidez de Dani y su disparatado sistema de valores de niña rica eran una peligrosa combinación. Realmente le sorprendería que durara mucho con él, pero, por otra parte, había prometido que haría lo mejor para ella y pensaba mantener su palabra.

 

Cuando Dani se fuera, seria por elección propia, no porque la estuviera echando o sobornándola para deshacerse de ella.

Puede que no le gustara a Max, pero se lo debía.

Éste parecía ser su año para pagar grandes deudas, primero la promesa hecha a Owen Quest en su lecho de muerte: hacer una última gira con el circo bajo el nombre de Quest. Y luego casarse con la hija de Max. En todos esos años, Max nunca le había pedido nada a cambio de haberle salvado la vida, pero cuando finalmente lo hizo, le había pedido una barbaridad.

 

Kevin había intentado convencer a Max de que podía lograr el mismo objetivo obligando a Dani a vivir con él, pero Max había insistido en lo contrario. Al principio Max le había pedido que el matrimonio durase un año, pero Kevin no sentía tanta gratitud como para aceptarlo. Al final acordaron que serían seis meses, un período que concluiría al mismo tiempo que la gira con el circo de los Hermanos Quest.

 

Mientras se enjabonaba el pecho, Kevin pensó en los dos hombres que habían representado fuerzas tan poderosas en su vida, Owen Quest y Max Petroff. Max lo había rescatado de una existencia de abusos físicos y emocionales, mientras que Owen lo había guiado a la madurez.

 

Kevin había conocido a Max cuando tenía doce años y viajaba con su tío Sergey en un maltrecho circo que se pasaba el verano de gira por los pueblos de la costa atlántica, desde Daytona Beach a Bacalao Cape. Nunca olvidaría esa calurosa tarde de agosto cuando Max apareció como un ángel vengador para arrebatar el látigo del puño de Sergey y salvar a Kevin de otra brutal paliza.

 

Ahora comprendía los actos sádicos de Sergey, pero en ese momento no había entendido la retorcida atracción que algunos hombres sentían por los niños y hasta dónde podían llegar para negar esa atracción. En un impulsivo gesto de generosidad, Max había pagado a Sergey y se había llevado a Kevin. Lo había matriculado en la academia militar y le había proporcionado el dinero -que no el afecto- que había hecho posible que Kevin sobreviviera hasta que pudo cuidar de sí mismo.

 

Pero había sido Owen Quest quien había dado a Kevin lecciones de madurez durante las vacaciones de verano, cuando había viajado con el circo para ganar algo de dinero, y luego, mucho más tarde, en la edad adulta, cuando cada pocos años dejaba atrás su vida y pasaba algunos meses en la carretera. La parte del carácter de Kevin que no había sido moldeada por el látigo de su tío se había formado por los sabios sermones de Owen y sus casi siempre astutas observaciones sobre el mundo y lo duro que era sobrevivir para un hombre. La vida era un negocio peligroso para Owen, y no había lugar para la risa o la frivolidad. Un hombre debía trabajar duro, cuidarse de sí mismo y mantener su orgullo.

 

Kevin cerró el grifo y cogió una toalla. Los dos hombres habían tenido sus razones egoístas para ayudar a un niño desvalido. Max se veía a sí mismo como un benefactor y se jactaba de sus diversos proyectos caritativos -entre los que estaba incluido Kevin Markov- ante sus amigos de alto copete. Por otro lado, Owen tenía un ego enorme y le encantaba tener un público impresionable que esperara babeante sus reflexiones oscuras sobre la vida. Pero a pesar de los motivos egoístas que pudieran haber tenido aquellos dos hombres, habían sido las únicas personas en la joven vida de Kevin a los que él había importado algo y ninguno de ellos le pidió nada a cambio, por lo menos no hasta ese momento.

 

Ahora Kevin tenía un maltrecho circo entre las manos y una esposa, sexy pero tonta, que iba camino de volverlo loco. No lo consentiría, por supuesto. Las circunstancias lo habían hecho como era, un hombre rudo y terco que vivía de acuerdo con su propio código y que no se hacía ilusiones sobre sí mismo. Danielle Deleasa no tenía ninguna posibilidad de vencerlo.

 

Se envolvió una toalla en la cintura, cogió otra para secarse el pelo y abrió la puerta del baño.

 

Dani tragó saliva cuando la puerta del baño se abrió y salió Kevin. Oh, Dios, era impresionante. Mientras él se secaba la cabeza con la toalla, ella aprovechó para mirar a conciencia lo que le parecía un cuerpo perfecto, con músculos bien definidos pero no excesivamente marcados. Kevin tenía algo que nunca había visto en ninguno de los jovenzuelos bronceados de Lani, un cuerpo moldeado por el trabajo duro. Aquel ancho pecho estaba cubierto ligeramente de vello oscuro donde anidaba alguna clase de medalla de oro, pero Dani estaba demasiado extasiada con la visión como para fijarse en los detalles.

 

Las caderas masculinas eran considerablemente más estrechas que los hombros; el estómago era plano y duro. Siguió con la mirada la flecha de vello que comenzaba encima del ombligo y continuaba por debajo de la toalla amarilla. De repente, se sintió acalorada mientras se preguntaba cómo sería lo que había más abajo.

 

Él terminó de secarse el pelo y la miró.

 

-Puedes acostarte conmigo o dormir en el sofá.

 

Ahora mismo estoy demasiado cansado para que me importe lo que hagas.

 

-¡Dormiré en el sofá! -Su voz había sonado ligeramente aguda, aunque no sabía si había sido por sus palabras o por lo que veían sus ojos.


holaaaaaa chikitaaas les gustoo el cap¿?¿?¿?

comenteeennn minimo 5 comentarios y subo la otra parte del cap :) las quierooo besosss!! :)

xoxox


Adri :)

CAPITULO 2 PARTE 1 BESAR A UN ANGEL :)


CAPÍTULO 02 PARTE UNO


Dani se pascaba por el rincón más apañado de la sección de fumadores de la puerta de embarque de USAir, dando unas caladas un profundas y rápidas al cigarrillo que empezó a marearse. El avión, según había descubierto, se dirigía a Charleston, Carolina del Sur, una de sus ciudades favoritas, algo que tomó como una buena señal en una larga cadena de acontecimientos que se iban volviendo cada vez más desastrosos.

 

Primero, el estirado y poderoso señor Markov se negó a aceptar el plan. Luego le había saboteado el equipaje. Cuando el chófer descargó una sola maleta del maletero en lugar del juego completo que ella había preparado, Dani pensó que era una equivocación, pero Kevin la sacó rápidamente de su error.

 

-Viajaremos con poco equipaje. Le ordené al ama de llaves que lo rehiciera por ti durante la ceremonia.

 

-¡No tenía derecho a hacer eso!

 

-Vamos a facturar. -Él cogió su propio y ligero equipaje, y Dani se quedó mirando con asombro cómo echaba a andar sin dejarle otra opción que seguirlo. Ella apenas podía cargar con la maleta; sus tobillos se tambaleaban sobre los altos tacones mientras se arrastraba tras él. Sintiéndose desgraciada y cohibida, se había dirigido a la entrada, donde todo aquel que pasaba notaba las medias agujereadas, el vestido quemado y la gardenia mustia.

 

Cuando Kevin desapareció en los aseos, ella se había apresurado a comprar una nueva cajetilla, pero descubrió que sólo tenía un billete de diez dólares en el bolso. Se dio cuenta con inquietud de que ése era todo el dinero que poseía. Sus cuentas corrientes estaban bloqueadas y las tarjetas de crédito canceladas. Por lo tanto, volvió a guardar el billete en la cartera y le pidió un pitillo a un atractivo ejecutivo.

 

En cuanto lo apagó, Kevin salió de los aseos y al ver cómo iba vestido sintió un vuelco en el estómago. El oscuro traje sastre había sido reemplazado por una camisa vaquera, desgastada por infinidad de lavados, y unos vaqueros tan descoloridos que parecían casi blancos. Los bajos deshilachados del pantalón caían sobre unas botas camperas de piel llenas de rozaduras. Llevaba la camisa remangada, mostrando unos fuertes y bronceados antebrazos ligeramente cubiertos de vello oscuro y un reloj.de oro con una correa de piel. Dani se mordisqueó el labio inferior.

 

Al pensar en todo lo que su padre podía haberle hecho, nunca se le había ocurrido que la casaría con el Hombre Marlboro.

 

Él se acercó a ella cargando la maleta con facilidad por el asa. Los ceñidos pantalones revelaban unas piernas musculosas y unas caderas estrechas. A Lani le hubiera encantado.

 

-Vamos. Acaban de hacer la última llamada.

 

-Señor Markov, por favor, no creo que quiera hacer esto. Si me prestara sólo la tercera parte del dinero que legítimamente me pertenece, podríamos poner fin a esta situación.

 

-Le hice una promesa a tu padre y nunca falto a mi palabra. Quizá sea un poco anticuado, pero es una cuestión de honor.

 

-¡Honor! ¡Se ha vendido! ¡Dejó que mi padre le comprara! ¿Qué clase de honor es ése?

 

-Max y yo hicimos un trato y no voy a romperlo. Por supuesto, si insistes en marcharte, no te detendré.

 

-¡Sabe que no puedo hacerlo! No tengo dinero.

 

-Entonces, vámonos. -Él sacó las tarjetas de embarque del bolsillo de la camisa y se puso en marcha.

 

Ella no tenía dinero ni tarjetas de crédito, y su padre le había ordenado que no se pusiera en contacto con él. Con el estómago revuelto, se percató de que no tenía otra alternativa que seguirlo, y cogió la maleta.

 

Delante de ella, Kevin había alcanzado la última hilera de sillas, donde un adolescente estaba sentado fumando. Cuando su nuevo marido pasó junto al chico, el cigarrillo de éste comenzó a arder.

 

 


 

Unas dos horas después Dani se encontraba bajo un sol resplandeciente en el aparcamiento del aeropuerto de Charleston, observando la camioneta negra de Kevin; tenía el capó cubierto por una gruesa capa de polvo y la matrícula de

Florida casi ilegible por el barro seco que la ocultaba.

-Déjala ahí detrás. - Kevin lanzó su propia maleta sobre la camioneta, pero no se ofreció a hacer lo mismo con la de ella, igual que no se había ofrecido a llevársela en el aeropuerto.

 

Dani rechinó los dientes. Si pensaba que iba a pedirle ayuda, podía esperar sentado. Le dolieron los brazos cuando intentó lanzar la voluminosa maleta a la parte trasera. Pudo sentir los ojos de Kevin sobre ella y, aunque sospechaba que al final agradecería todo lo que el ama de llaves había metido en ella, en ese momento habría dado cualquier cosa por que aquel diseño de Louis Vuitton fuera más pequeño.

 

Cogió el asa con una mano y sujetó la parte inferior de la maleta con la otra. Con gran esfuerzo, tiró de ella.

 

-¿Necesitas ayuda? -preguntó el con falsa inocencia.

 

-No..., gra... cias. -Las palabras parecían gruñidos más que otra cosa.

 

-¿Estás segura?

 

Dani, que por fin consiguió alzarla para empujarla con el hombro hacia dentro, no tenía suficiente aliento para contestar. Sólo unos centímetros más. Se tambaleó sobre los tacones. Un poco más...

 

Con un grito de consternación, la maleta y ella cayeron hacia atrás. Gritó al impactar contra el pavimento, luego chilló de pura rabia. Con la mirada clavada en el cielo se percató de que la maleta había amortiguado la caída y evitado que se lastimara.

 

También se dio cuenta de que había caído de manera desgarbada, con la corta falda ciñéndole los muslos, las rodillas pegadas y los pies extendidos.

 

Unas oscuras y gastadas botas camperas entraron en su ángulo de visión. Deslizó la mirada por los muslos que se perfilaban bajo los vaqueros y por el ancho pecho y, al llegar a aquellos ojos color ámbar que brillaban con diversión, Dani recuperó su dignidad. Juntando los tobillos, se apoyó en los codos.

 

-Esto es justo lo que pretendía.

 

La risa del hombre fue ronca y oxidada, como si no se hubiera reído en mucho tiempo.

 

-Si tú lo dices.

 

-Así es. -Con toda la dignidad que pudo reunir, se impulsó sobre los codos hasta quedar sentada. -A esto es a lo que nos ha llevado su comportamiento infantil. Espero que lo sienta.

 

Él soltó una carcajada.

-Tú lo que necesitas es un vigilante, cara de ángel, no un marido.

-¡Deje de llamarme así!

 

-Agradéceme que te llame así. -Cogió el asa de la maleta y la lanzó con facilidad sobre la parte trasera de la camioneta como si no pesara más que el orgullo de Dani. Luego tiró de ella hasta ponerla en pie. Abrió la puerta de la camioneta y la empujó al sofocante interior.

 

Dani esperó para hablar hasta que hubieron dejado el aeropuerto atrás. Viajaban por una carretera de doble sentido que se dirigía tierra adentro en lugar de a Milton Head, como ella había esperado.

 

Matorrales y maleza bordeaban ambos lados de la carretera y el aire caliente que entraba por las ventanillas abiertas de la camioneta le agitaba los cabellos contra las mejillas. Adoptando un tono suave, Dani rompió el silencio.

 

-¿Podría encender el aire acondicionado? Se me enreda el pelo.

-Lleva años sin funcionar.

 

Tal vez estuviera ya entumecida, porque aquella respuesta no la sorprendió. Los kilómetros pasaron volando y los signos de civilización escaseaban cada vez más. De nuevo le preguntó lo que se había negado a contestar cuando bajaron del avión.

 

-¿Podría decirme adonde nos dirigimos?

 

-Es mejor que lo veas por ti misma.

 

-Eso no suena muy esperanzados

 

-Por decirlo de una manera suave, donde vamos no hay salón de cóctel.

 

Vaqueros, botas, matrícula de Florida. ¡Tal vez fuera ranchero! Ella sabía que había multitud de ganaderos ricos en Florida. Quizás estuvieran dirigiéndose hacia el sur. «Por favor, Dios, que sea ranchero. Que sea igual que un episodio repetido de Dallas. Que haya una hermosa casa, ropas de diseño, y Sue Ellen y J. R. haraganeando alrededor de la piscina.»

 

-¿Es usted ranchero?

 

-¿Parezco ranchero?

 

-Lo que parece es un psiquiatra. Responde a una pregunta con otra.

 

-¿Los psiquiatras hacen eso? Nunca he ido a uno.

 

-Por supuesto que no. Es evidente lo bien que le funciona la cabeza

 

Ella había intentado que el comentario sonara sarcástico, pero el sarcasmo nunca se le había dado bien y pareció que lo estaba adulando.

 

Dani miró por la ventanilla el hipnótico paisaje de la carretera.

Totalmente ensimismada, vio una casa desvencijada con un árbol en el patio delantero lleno de comederos de pájaros hechos de calabaza. El aire caliente los movía.

 

Cerró los ojos y se imaginó fumando. O lo intentó. Hasta ese día, no se había dado cuenta de lo mucho que dependía de la nicotina. En cuanto se adaptara a la nueva situación, tendría que dejar de fumar. En cuanto llegara a su nueva vida, tendría que replantearse muchas cosas. Por ejemplo, nunca fumaría en la casa del rancho. Si le apetecía un cigarrillo, saldría a fumárselo a la terraza, en el balancín al lado de la piscina.

 

Mientras seguía soñando, se encontró rezando otra vez: «Por favor, Dios, que haya terraza. Que haya piscina...»

 

Un poco más tarde, la despertó el traqueteo de la camioneta. Se incorporó bruscamente, abrió los ojos y soltó un grito ahogado de asombro.

 

-¿Pasa algo?

-Dígame que eso no es lo que creo que es.

 

El dedo de la joven temblaba cuando señaló hacia el objeto que se movía al otro lado del polvoriento parabrisas.

 

-Es difícil confundir a un elefante con otra cosa.

 

Era un elefante. Un elefante de verdad, vivito y coleando. La bestia recogió un fardo de heno con la trompa y lo lanzó hacia atrás. Mirando la deslumbrante luz del atardecer, Dani rezó para estar todavía durmiendo y que aquello sólo fuera una pesadilla.

 

-Dígame que estamos aquí porque quiere llevarme al circo.

-No exactamente.

-¿Va a ir usted solo?

-No.

 

Dani tenía la boca tan seca que le resultaba difícil articular las palabras.

-Sé que no le gusto, señor Markov, pero, por favor, dígame que no trabaja aquí.

-Soy el gerente.

-Gerente de un circo -repitió ella débilmente.

-Exacto.

 

Atontada, Dani se dejó caer contra el asiento. A pesar de su optimismo, era incapaz de encontrar una luz al final del túnel.

 

En el recinto abrasado por el sol había una carpa de circo roja y azul junto con varias carpas más pequeñas y una gran cantidad de caravanas. La carpa más grande, salpicada por estrellas doradas, tenía un gran rótulo de color rojo intenso donde se podía leer: CIRCO DE LOS HERMANOS QUEST, PROPIETARIO: OWEN QUEST. Además de unos cuantos elefantes atados, Dani vio una llama, un camello, varias jaulas enormes con animales y toda clase de gente de mal vivir, entre la que incluyó a algunos hombres bastante sucios. A la mayoría de ellos parecían faltarle los dientes delanteros.

 

El padre de Dani siempre había sido un esnob. Le encantaba todo ese rollo de los linajes antiguos y los títulos de nobleza. Se jactaba de descender de las más grandes familias zaristas de Rusia. El hecho de que hubiera casado a su única hija con un hombre que trabajaba en un circo decía mucho de lo que sentía por ella.

 

-No es exactamente el de los Hermanos Ringling.

-Eso ya lo veo -repuso ella débilmente.

-Los Hermanos Quest es uno de los circos que se conocen como circos de barro.

-¿Por qué dice eso?

-Pronto lo averiguarás -la respuesta sonó ligeramente diabólica.

 

Su marido aparcó la camioneta al lado de las demás, apagó el motor y salió. Para cuando ella bajó, él ya había sacado las maletas de la parte trasera y había echado a andar cargando con ellas.

 

Los altos tacones de Dani se hundieron en el terreno arenoso y se tambaleó mientras seguía a Kevin. Todos dejaron lo que estaban haciendo y clavaron los ojos en ella. La rodilla le asomaba por el ancho agujero de las medias, la chamuscada chaqueta de raso se le caía de un hombro y los zapatos se hundían en algo demasiado blando. Afligida, Dani bajó la mirada para asegurarse de que había pisado justo lo que se temía.

-¡Señor Markov!

 

El chillido de la joven tenía un deje de histeria, pero él pareció

no oírla y siguió caminando hacia la hilera de caravanas. Ella restregó la suela del zapato por la arena, llenándoselo de polvo durante el proceso. Con una exclamación ahogada, Dani echó a andar de nuevo.

 

Kevin se acercó a dos vehículos que estaban aparcados uno al lado del otro. El más cercano era una moderna caravana plateada con una antena parabólica. Al lado había otra caravana abollada y oxidada que parecía haber sido verde en otra vida.

 

«Por favor, que sea la caravana de la parabólica en vez de la otra. Por favor...»

 

Él se paró ante la fea caravana verde, abrió la puerta y desapareció en el interior. Dani gimió, luego se dio cuenta de que estaba tan entumecida emocionalmente que ni siquiera era capaz de sorprenderse.

 

Kevin reapareció en la puerta un momento después y observó cómo se acercaba tambaleándose hacia él.

 

Cuando al fin llegó al combado peldaño de metal, él le ofreció una sonrisa cínica.

 

-Hogar, dulce hogar, cara de ángel. ¿Quieres que te coja en brazos para cruzar el umbral?

 

A pesar del sarcástico comentario, ella eligió ese momento en particular para recordar que nunca la habían cogido en brazos para cruzar un umbral y que a pesar de las circunstancias, éste era el día de su boda.

 

Quizá poner un toque sentimental los ayudaría a los dos a sacar algo positivo de esa terrible experiencia.

 

-Sí, gracias.

-¿Estás de coña?

-¿Quiere o no quiere hacerlo?

-No quiero.

 

Ella intentó disimular la decepción.

-Vale.

 

-Es una puta caravana.

-Ya lo veo.

 

-Ni siquiera creo que las caravanas tengan umbrales.

-Si hay una puerta, hay un umbral. Incluso un iglú tiene umbral.

 

Por el rabillo del ojo, ella vio que comenzaba a formarse una multitud a su alrededor. Kevin también se dio cuenta.

 

-Vamos, entra.

-Es usted quien se ha ofrecido.

-Estaba siendo sarcástico.

-Ya me he fijado que lo hace mucho. Y por si nadie se lo ha dicho nunca, es una costumbre molesta.

 

-Entra, Dani.

 

 

 

 

Holaaa chikitaass!! espero k les haya gustado el capp. si comentaan muucho les subo la parte dos.. :)))

bessooss

cuideenseenn

ya me paso x sus novels :)

CAPITULO UNO PARTE 2 BESAR A UN ANGEL :)

helloooooo si comentaan subo capp...! :) CorazónPulgar arriba

CAPITULO UNO PARTE 2


La mañana de finales de abril era húmeda y fría. No había papeles pegados en la limusina que los esperaba junto a la acera, ni latas, ni letreros de RECIÉN CASADOS, ninguna de esas cosas maravillosas reservadas a las personas que se aman. Dani se dijo a sí misma que tenía que dejar de ser tan sentimental. Lani se había metido con ella durante años por ser exasperadamente anticuada, pero todo lo que Dani había querido era una vida convencional. No era tan extraño, supuso, para alguien que había sido educada con tan poco convencionalismo.


Se subió a la limusina y vio que el cristal opaco que separaba al conductor de los pasajeros estaba cerrado. Al menos tendría la intimidad que necesitaba para contarle a Kevin Markov cuál era su plan antes de llegar al aeropuerto.

«Hiciste unos votos, Dani. Unos votos sagrados.» Ahuyentó a la inequívoca voz de su conciencia diciéndose que no tenía otra opción.


Kevin se sentó junto a ella y el espacioso interior pareció volverse pequeño repentinamente. Si él no fuera tan físicamente abrumador, ella no estaría tan nerviosa.


Aunque no era tan musculoso como un culturista, Kevin tenía el cuerpo fibroso y fornido de alguien en muy buenas condiciones físicas. Tenía los hombros anchos y las caderas estrechas. Las manos que descansaban sobre los pantalones eran firmes y bronceadas, con los dedos largos y delgados. Dani sintió un ligero

estremecimiento que la inquietó.


Apenas se habían apartado del bordillo cuando él comenzó a tirar de la corbata. Se la quitó bruscamente y la metió en el bolsillo del abrigo; después se desabrochó el botón del cuello de la camisa con un movimiento rápido de muñeca. Dani se puso rígida, esperando que no siguiera. En una de sus fantasías eróticas favoritas, ella y un hombre sin rostro hacían el amor apasionadamente en el asiento trasero de una limusina blanca que recorría Manhattan mientras Michael Bolton cantaba de fondo

Cuando un hombre ama a una mujer, pero había una gran diferencia entre la fantasía y la realidad.


La limusina se incorporó al tráfico. Ella respiró hondo, intentando tranquilizarse, y

olió el intenso perfume a gardenia en su pelo. Vio que Kevin había dejado de quitarse la ropa, pero cuando él estiró las piernas y comenzó a estudiarla, Dani se removió en el asiento con nerviosismo. No importaba lo mucho que lo intentara, nunca sería tan bella como su madre, y cuando la gente la miraba demasiado tiempo, se sentía como un patito feo. Los agujeros de las medias doradas, tras el encuentro con el pequinés, no contribuían a reforzar su confianza en sí misma.


Abrió el bolso para buscar el cigarrillo que tanto necesitaba. Era un vicio horrible, lo sabía de sobra y no estaba orgullosa de haber sucumbido a él. Aunque Lani siempre había fumado, Dani no solía fumar más que un cigarrillo de vez en cuando con una copa de vino. Pero en aquellos primeros meses después de la muerte de su madre se había dado cuenta de que los cigarrillos la relajaban y se había convertido en una verdadera adicta a ellos. Después de una larga calada, decidió que estaba lo suficientemente calmada como para exponerle el plan al señor Markov.


-Apágalo, cara de ángel.

Ella le dirigió una mirada de disculpa.

-Sé que es un vicio terrible y le prometo que no le echaré el humo, pero ahora mismo lo necesito.


Él alargó la mano detrás de ella para bajar la ventanilla. Sin previo aviso, el cigarrillo comenzó a arder.


Ella gritó y lo soltó. Las chispas volaron por todas partes. Él sacó un pañuelo del bolsillo del traje y de alguna manera logró apagar todas las ascuas.


Respirando agitadamente, ella se miró el regazo y vio la marca diminuta de una quemadura en el vestido de raso dorado.


-¿Qué ha pasado? -preguntó sin aliento.

-Creo que estaba defectuoso.

-¿Un cigarrillo defectuoso? Nunca he visto nada así.

-Será mejor que tires la cajetilla por si todos los demás están igual.

-Sí. Por supuesto.


Ella se la entregó con rapidez y él se metió el paquete en el bolsillo de los pantalones. Aunque Dani todavía se estremecía del susto, él parecía perfectamente relajado. Reclinándose en el asiento de la esquina, él cruzó los brazos sobre el pecho y cerró los ojos.


Tenían que hablar -tenía que exponerle el plan para poner fin a ese bochornoso matrimonio, -pero él no parecía estar de humor para conversar y ella temía meter la pata si no iba con cuidado. El último año había sido un desastre total y Dani se había acostumbrado a animarse con pequeñas cosas a fin de no dejarse llevar totalmente por la desesperación.


Se recordó a sí misma que aunque su educación podía haber sido poco ortodoxa, desde luego sí había sido completa. Y a pesar de lo que su padre pensaba, había heredado el cerebro de Max y no el de Lani. También poseía un gran sentido del humor y era optimista por naturaleza, cualidad que ni siquiera el último año había podido destruir por completo. Hablaba cuatro idiomas, era capaz de identificar al diseñador de casi cualquier modelo de alta costura y era toda una experta en calmar a mujeres histéricas. Por desgracia, no poseía ni el más mínimo sentido común.

¿Por qué no había hecho caso del abogado parisino de Lani, cuando le dejó claro que no le quedaría ni un centavo una vez que pagara las deudas que ésta había dejado? Ahora sospechaba que había sido el sentimiento de culpa lo que la había impulsado a asistir a todas aquellas fiestas durante los desastrosos meses que siguieron al funeral. Llevaba muchos años queriendo liberarse del chantaje emocional al que su madre la había sometido en su interminable búsqueda del placer. Pero no había querido que Lani muriera. Eso no.


Se le llenaron los ojos de lágrimas. Había querido muchísimo a su madre y, a pesar de su egoísmo, de sus interminables exigencias y de su constante necesidad de reafirmarse en la belleza, Dani sabía que Lani la había querido.

Se había sentido culpable ante la inesperada libertad que el dinero y la muerte de Lani le habían proporcionado. Se había gastado toda la fortuna, no sólo en sí misma sino en cualquiera de los viejos amigos de Lani que estuviera en apuros. Cuando las amenazas de los acreedores habían subido de tono, había extendido cheques para mantenerlos callados, sin saber ni importarle si tenía dinero para cubrirlos.

Max descubrió el derroche de Dani el mismo día que emitieron una orden de arresto contra ella. Fue entonces cuando se dio cuenta de la realidad y del alcance de lo que había hecho. Tuvo que rogarle a su padre que le prestara dinero para mantener alejados a los acreedores, prometiendo devolvérselo en cuanto pudiera.


Max había recurrido al chantaje. Era hora de que madurara, le había dicho, y si no quería ir a la cárcel debería poner fin a todas esas extravagancias y seguir sus órdenes sin rechistar.


En un tono brusco e inflexible, él había dictado sus términos. Se casaría con el hombre que él escogiera para ella tan pronto como pudiera arreglarlo. Y no sólo eso, tendría que permanecer casada durante seis meses, ejerciendo de esposa obediente durante ese tiempo. Sólo al final de esos seis meses podría divorciarse y beneficiarse de un fondo fiduciario que él establecería para ella, un fondo fiduciario que él controlaría. Si era frugal, podría vivir con relativa comodidad el resto de su vida.


-¡No puedes hablar en serio! -exclamó ella cuando finalmente había recobrado el habla. -Ya no existen los matrimonios de conveniencia.

-Nunca he hablado más en serio. Si no aceptas casarte, irás a la cárcel. Y si no permaneces casada durante seis meses, nunca volverás a ver un penique más de mi bolsillo.


Tres días más tarde, le había presentado al futuro novio sin mencionar qué estudios poseía ni a qué se dedicaba, y sólo le había hecho una advertencia:

-Él te enseñará algo sobre la vida. Por ahora, es todo lo que necesitas saber.

Cruzaron el Triborough Bridge y se dio cuenta de que muy pronto llegarían a La

Guardia, por lo cual no podía esperar más para sacar a colación el tema sobre el que tenían que hablar. Por costumbre, Dani sacó un espejo dorado del bolso para cerciorarse de que todo estaba como tenía que estar. Ya más segura, lo cerró con un golpe seco.


-Disculpe, señor Markov.

Él no respondió.

Ella se aclaró la garganta.

-¿Señor Markov? ¿Kevin? Creo que tenemos que hablar.

Él abrió los párpados que ocultaban aquellos ojos color ámbar líquido.

-¿De qué?


A pesar de los nervios, ella sonrió.

-Somos unos completos desconocidos que acaban de contraer matrimonio. Creo que eso nos da tema más que suficiente para hablar.

-Si quieres escoger los nombres de nuestros hijos, cara de ángel, creo que paso.

Así que tenía sentido del humor después de todo, aunque fuera algo cínico.

-Quiero decir que deberíamos hablar de cómo vamos a pasar los próximos seis meses antes de poder solicitar el divorcio.

-Creo que será mejor que vayamos paso a paso, día a día -hizo una pausa. -Noche a noche.


A Dani se le puso la piel de gallina y se dijo a sí misma que no fuera estúpida. Él había hecho un comentario perfectamente inocente y ella sólo había imaginado la connotación sexual en aquel tono bajo y ronco. Forzó una brillante sonrisa.


-Tengo un plan, un plan muy simple en realidad.

-¿Sí?

-Si me da la mitad de lo que le pagó mi padre por casarse conmigo, y creo que estará de acuerdo conmigo en que es lo más justo, podremos irnos cada cual por su lado y acabar con este lío.


Una expresión divertida asomó en esos rasgos de acero.

-¿De qué lío hablas?


Ella debería haber sabido, por la experiencia adquirida gracias a los amantes de su madre, que un hombre así de guapo no rebosaría materia gris.

-El lío de encontrarnos casados con un desconocido.

-Pues creo que llegaremos a conocernos bastante bien. -De nuevo esa voz ronca. -Y eso de ir cada uno por su lado no era lo que Max tenía en mente. Tal y como lo recuerdo, se supone que tenemos que vivir juntos como marido y mujer.

-Eso pretende mi padre. Es un poco tirano en lo que se refiere a las vidas de otras personas. Lo mejor de mi plan consiste en que él nunca sabrá que nos hemos separado. Mientras no vivamos en su casa de Manhattan, donde puede vernos, no tendrá ni idea de dónde estamos.

-Definitivamente no viviremos en su casa de Manhattan.


Él parecía no estar tan dispuesto a cooperar como ella había esperado, pero Dani era lo suficientemente optimista como para creer que sólo necesitaba un poco más de persuasión.


-Sé que mi plan funcionará.

-A ver si nos entendemos. ¿Quieres que te dé la mitad de lo que Max me dio por casarme contigo?


-Ya que lo menciona, ¿cuánto fue?

-No fue ni mucho menos suficiente -masculló él.


Ella nunca había tenido que discutir las condiciones y no le gustaba tener que hacerlo ahora, pero al parecer no tenía alternativa.

-Si lo piensa un poco, verá que es lo justo. Después de todo, si no fuera por mí, no tendría nada.

-¿Quieres decir que planeas darme la mitad del fondo fiduciario que tu padre ha prometido establecer para ti?

-Oh, no, no pienso hacer eso.


Él soltó una breve carcajada.

-Me lo imaginaba.

-No lo entiende. Le pagaré la deuda tan pronto como tenga acceso a mi dinero. Sólo le estoy pidiendo un préstamo.

-Y yo me niego.


Dani comprendió que le había vuelto a pasar lo de siempre. Tenía la mala costumbre de asumir lo que otras personas harían o lo que haría ella en su lugar.


Por ejemplo, si fuera Kevin Markov, se prestaría a darle la mitad del dinero simplemente por deshacerse de ella.


Necesitaba fumar. Aquello no pintaba bien.

-¿Puede devolverme los cigarrillos? Estoy segura de que no todos estaban defectuosos.


Él sacó el arrugado paquete del bolsillo de los pantalones y se lo entregó. Dani encendió uno con rapidez, cerró los ojos y se llenó los pulmones de humo.


Se escuchó un estallido y cuando abrió los ojos de golpe, el cigarrillo estaba en llamas. Con un grito ahogado, lo dejó caer. De nuevo, Kevin apagó la colilla y las ascuas con el pañuelo.


-Deberías denunciarlos -dijo él con suavidad. Dani se llevó la mano a la garganta, demasiado aturdida para hablar.


Él se acercó y le tocó un pecho. Ella sintió el roce de ese dedo en la parte interior del seno y se estremeció, lo mismo que la piel sensible debajo del raso. Alzó la mirada de golpe a esos insondables ojos dorados. -Un poco de ceniza -dijo él. Dani puso la mano donde él la había tocado y sintió el martilleo del corazón bajo los dedos. ¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que una mano que no fuera la suya la había tocado allí? Dos años, recordó, cuando se había hecho la última revisión médica.


Ella vio que habían llegado al aeropuerto y se armó de valor.

-Señor Markov, tiene que entender que no podemos vivir juntos como marido y mujer. Somos unos completos desconocidos. Toda esta idea es ridícula y tendré que insistir en que coopere más conmigo.

-¿Insistir? -dijo él suavemente. -No creo que tengas derecho a insistir sobre nada.


Ella tensó la espalda.

-No voy a permitir que me intimide, señor Markov.


Él suspiró y sacudió la cabeza, mirándola con una expresión de pesar que ella dudaba que fuera sincera.

-Esperaba no tener que hacer esto, cara de ángel, pero debería haber imaginado que no ibas a ser fácil. Será mejor que te explique las reglas básicas ahora mismo, así sabrás a qué atenerte. Para bien o para mal, vamos a permanecer casados durante seis meses a partir de hoy. Puedes irte cuando quieras, pero tendrás que hacerlo sola. Y por si todavía no te has dado cuenta, éste no va a ser uno de esos matrimonios modernos de los que se habla en las revistas. Éste va a ser un matrimonio tradicional. -Repentinamente, su voz se volvió más tierna y suave. -Lo que quiero decir, cara de ángel, es que yo mando y tú harás lo que diga. Si no lo haces, sufrirás algunas consecuencias bastante desagradables. La buena noticia es que, pasado el tiempo estipulado, podrás hacer lo que quieras. Sinceramente, me importará un bledo.


El pánico se apoderó de Dani, que luchó por no perder los nervios.

-No me gusta que me amenacen. Será mejor que hable claro y me diga cuáles son esas consecuencias que penden sobre mi cabeza.


Él se reclinó en el asiento y torció la boca en una mueca tan dura que Dani sintió un

escalofrío en la espalda.

-Verás, cara de ángel, no pienso decirte nada. Tú misma lo descubrirás todo esta noche.

 

 

hellloooo chikiiiiss un nevoo caaap!! espero les gustee!!!!! comennnteeeeen pleaseeee las dejoo bye

 

CAPITULO UNO PARTE UNO.. LA BODA :)


CAPÍTULO 01 PARTE 1


Dani Devreaux había olvidado el nombre de su novio.

-Yo, Danielle, te tomo a ti... Se mordisqueó el labio inferior. Su padre los había presentado unos días antes, aquella terrible mañana cuando los tres habían ido a por la licencia matrimonial. Después él se había esfumado y no lo había vuelto a ver hasta hacía sólo unos minutos, en el dúplex que su padre poseía al oeste de Central Park, cuando había bajado a la sala donde ese mediodía estaba celebrándose aquella apresurada boda.

 

Dani casi podía sentir la enérgica desaprobación de su padre, que se encontraba a su espalda, pero eso no era nada nuevo para ella. Lo había decepcionado incluso antes de nacer y no importaba cuánto lo hubiera intentado, nunca había conseguido que cambiara de opinión sobre su hija.

Se arriesgó a mirar de reojo al novio que el dinero de su padre había comprado. Un semental. Un auténtico semental de estatura imponente, constitución delgada pero fibrosa y extraños ojos color ámbar. A la madre de Dani le habría encantado.

 

Lani Devreaux había muerto el año anterior, en el incendio de un yate cuando dormía en brazos de una estrella de rock de veinticuatro años. Dani ya podía pensar en su madre sin sentir dolor y sonrió para sus adentros al darse cuenta de que el hombre que estaba junto a ella hubiera sido demasiado mayor para Lani. Debía rondar los treinta y cinco años y su madre solía fijar el límite en veintinueve.

 

Tenía el pelo tan oscuro que parecía negro y unos rasgos cincelados que harían que su cara pareciera demasiado bella si no fuera por la mandíbula firme y el ceño amenazador. Los hombres que poseían ese brutal atractivo habían atraído a Lani, pero Dani los prefería más maduros y conservadores. No por primera vez desde que la ceremonia había comenzado, deseó que su padre hubiera escogido a alguien menos intimidante.

 

Intentó tranquilizarse recordándose que no iba a tener que pasar más que unas pocas horas con su nuevo marido. Todo acabaría en cuanto tuviera oportunidad de exponerle el plan que se le había ocurrido. Por desgracia, el plan conllevaba romper unos votos matrimoniales que ella consideraba sagrados y, dado que no solía tomarse sus promesas a la ligera -en especial los votos matrimoniales, -sospechaba que eran los remordimientos de conciencia la causa de su bloqueo mental.

 

Empezó de nuevo, esperando que el nombre le viniera a la mente.

-Yo, Danielle, te tomo ti... -La voz de Dani se apagó.

El novio en cuestión no le dirigió ni una simple mirada y, por supuesto, tampoco intentó ayudarla. Permaneció con la vista al frente, y las inflexibles líneas de aquel duro perfil le provocaron a Dani un cosquilleo en la piel. Él acababa de formular sus votos, así que tenía que haber pronunciado el dichoso nombre, pero la falta de inflexión en su voz no había traspasado la parálisis mental de Dani y no se había enterado.

 

-Kevin -masculló su padre detrás de ella, y Dani pudo deducir por el tono de su voz que apretaba los dientes otra vez. Para haber sido uno de los mejores diplomáticos de Estados Unidos no se podía decir que tuviera demasiada paciencia con ella.

Dani se clavó las uñas en las palmas de las manos, diciéndose que no tenía otra alternativa.

 

-Yo, Kevin... -tragó saliva, -te tomo a ti, Kevin... -volvió a tragar saliva, -como mi horrible esposo.

 

Hasta que no escuchó la exclamación de Amelia, su madrastra, no se dio cuenta de lo que había dicho. El semental volvió la cabeza y la miró. Arqueaba una ceja oscura con leve curiosidad, como si no estuviera seguro de haber oído correctamente. «Mi horrible esposo.» El peculiar sentido del humor de Dani tomó el control y sintió que le temblaban los labios.

 

Él alzó las cejas, y esos ojos profundos la miraron sin una pizca de diversión. Resultaba evidente que el semental no compartía sus problemas para contener una risa inoportuna.

 

Tragándose la histeria que crecía en su interior, Dani miró rápidamente hacia delante sin disculparse. Al menos una parte de aquellos votos había sido honesta porque él, sin duda, sería un esposo horrible para ella. Finalmente, el bloqueo mental desapareció y el apellido del novio irrumpió en su mente. Markov. Alexander Markov. Era otro de los rusos de su padre.

 

Como antiguo embajador en la Unión Soviética, el padre de Dani, Max Petroff, tenía infinidad de conocidos en la comunidad rusa, tanto allí, en Estados Unidos, como en el extranjero. La pasión de su padre por la ancestral tierra que lo había visto nacer se reflejaba incluso en la decoración de la habitación donde se encontraban en ese momento, en las paredes azules -tan comunes en la arquitectura residencial de su país, -la chimenea de ladrillos amarillos y la multicolor alfombra kilim. A la izquierda, sobre un secreter de nogal, había un par de floreros de cobalto ruso y algunas figuras de cristal y porcelana de las Colecciones Imperiales de San Petersburgo. El mueble era una mezcla de art déco y estilo Victoriano que, de una extraña manera, armonizaba con la estancia.

 

La gran mano del novio tomó la de Dani, mucho más pequeña, y ella sintió la fuerza que poseía cuando le puso la sencilla alianza de oro en el dedo.

 

-Con este anillo, yo te desposo -dijo él con voz severa e inflexible.

 

Ella contempló el sencillo aro con momentánea confusión. Por lo que podía recordar, acababa de entrar en lo que Lani denominaba la fantasía burguesa del amor: el matrimonio. Y lo había hecho de una manera que nunca hubiera imaginado posible.

 

-... por el poder que me otorga el estado de Nueva York, os declaro marido y mujer.

 

Dani se tensó mientras esperaba que el juez Rhinsetler invitara al novio a besar a la novia. Cuando no lo hizo, supo que había sido una sugerencia de Max para ahorrarle la vergüenza de verse forzada a besar esa hosca y recia boca. No entendía cómo su padre había pensado en ese detalle, que sin duda se les había pasado por alto a todos los demás. Aunque no lo admitiría por nada del mundo, Dani desearía haberse parecido más a él en ese aspecto, pero si no era capaz de encargarse ella sola de los acontecimientos más importantes de su vida, ¿cómo iba a ocuparse de unos simples detalles?

 

Sin embargo, detestaba sentir lástima de sí misma, de modo que apartó a un lado ese pensamiento mientras su padre se acercaba a ella para besarle fríamente la mejilla como colofón de la ceremonia. Esperaba alguna palabra de afecto, pero tampoco se sorprendió al no recibirla. Incluso consiguió no sentirse dolida cuando él se apartó.

 

Max señaló al misterioso novio, que se había acercado a las ventanas que daban a Central Park. Los había casado el juez Rhinsetler. Los otros testigos de la ceremonia eran el chófer, que había desaparecido discretamente para atender sus deberes, y la esposa de su padre, Amelia, que destacaba entre los demás con aquel cabello rubio ceniza y aquella característica voz ronca.

 

-Felicidades, cariño. Formáis una bonita pareja Kevin y tú. ¿No te parece, Max?-Sin esperar respuesta, Amelia abrazó a Dani, envolviéndolas a las dos en una nube de perfume almizcleño.

Amelia simulaba sentir un cariño sincero por la hija ilegítima de su marido, y aunque Dani era consciente de los verdaderos sentimientos de su madrastra, reconocía el mérito de Amelia guardando las apariencias. No debía de ser fácil para ella enfrentarse a la prueba viviente del único acto irresponsable que Max había cometido en su vida, incluso aunque hubiera sido veintiséis años antes.

 

-No sé por qué has insistido en ponerte ese vestido, querida. Sería perfecto para una fiesta, pero no para una boda. -La mirada crítica de Amelia evaluó con severidad el caro vestido dorado de Dani, con el corpiño de encaje y el bajo bordado, que acababa unos quince centímetros por encima de la rodilla.

-Es casi blanco.

-El dorado no es blanco, querida. Y es demasiado corto.

-La chaqueta es muy discreta -señaló Dani, alisando las solapas de la prenda de raso dorado que le caía hasta la parte superior del muslo.

 

-Una cosa no tiene nada que ver con la otra. ¿No podías haber seguido la tradición y ponerte algo blanco? ¿O haber escogido al menos algo de seda?

 

Ya que ése no iba a ser un matrimonio de verdad, Dani pensaba que, de haber tenido en cuenta la tradición, se estaría recordando a sí misma que estaba vulnerando algo que debería haber sido sagrado. Incluso se había quitado la gardenia que Amelia le había prendido en el pelo, aunque ésta se la había vuelto a colocar en el mismo lugar poco antes de la ceremonia.

Sabía que Amelia tampoco aprobaba los zapatos dorados, que parecerían unas sandalias romanas de gladiador si no fuera por el tacón de diez centímetros. Eran terriblemente incómodos, pero al menos era imposible confundirlos con unos zapatos tradicionales de raso.

 

-El novio no parece feliz -susurró Amelia. -No me sorprende. ¿Por qué no tratas de evitar decir alguna otra tontería por ahora? Y te lo digo en serio, haz algo con respecto a esa molesta costumbre que tienes de decir lo que piensas.

Dani apenas pudo reprimir un suspiro. Amelia nunca decía lo que pensaba en tanto que Dani casi siempre lo hacía, y tal alarde de sinceridad molestaba a su madrastra. Pero Dani no era capaz de actuar con hipocresía. Tal vez fuera porque eso era lo único que sus padres tenían en común.

 

Dirigió una mirada furtiva a su nuevo marido y se preguntó cuánto le habría pagado su padre para que se casara con ella. La parte más irreverente de Dani se moría por saber cómo se había efectuado la transacción. ¿Dinero en efectivo? ¿Un cheque? «Perdón, Kevin Markov, ¿acepta American Express?» Mientras observaba al novio declinar una mimosa de la bandeja que le había tendido Min Soon, intentó imaginar lo que él estaría pensando.



«¿Cuánto tiempo más debo esperar antes de poder sacar a la mocosa de aquí?»

Kevin Markov echó un vistazo a su reloj. Otros cinco minutos más, decidió. Observó cómo el sirviente que pasaba con la bandeja de bebidas se paraba a adularla.

«Disfrútalo, señora. Pasará mucho tiempo antes de que puedas volver a hacerlo.»

 

Mientras Max le mostraba al juez un samovar antiguo, Kevin contempló las piernas de su nueva esposa, expuestas ante todo el mundo gracias a eso que ella llamaba vestido de novia. Eran delgadas y bien proporcionadas, lo cual le hizo preguntarse si el resto de ese cuerpo femenino, oculto a medias por la chaqueta, sería igual de tentador. Pero ni siquiera el cuerpo de una sirena lo compensaría de tener que casarse a la fuerza.

 

Recordó la última conversación que mantuvo con el padre de Dani.

 

-Es maleducada, atrevida e irresponsable -había dicho Max Petroff. -Su madre fue una mala influencia para ella. No creo que Dani sepa hacer algo útil. Por supuesto, no es todo culpa suya. Dani estuvo pegada a las faldas de su madre hasta que murió. Es un milagro que no estuviera a bordo del barco la noche que se incendió. Tienes que tener mano dura con mi hija, Kevin, o te volverá loco.

 

Lo poco que Alex había visto de Dani Deveraux hasta ahora no le habían hecho dudar de las palabras de Max. La madre, Lani Deveraux, había sido una modelo británica famosa hacía treinta años. Como los polos opuestos se atraen, Lani y Max Petroff habían tenido una aventura amorosa cuando él comenzaba a destacar como experto en política exterior; Dani era el resultado.

 

Max le había asegurado a Kevin que le había propuesto matrimonio a Lani cuando ésta se quedó embarazada inesperadamente, pero ella se había negado a sentar cabeza. No obstante, Max había insistido en que siempre había cumplido con su deber de padre hacia su hija ilegítima.

 

Sin embargo, todo indicaba lo contrario. Cuando la carrera de Lani había comenzado a desvanecerse, se había convertido en asidua de fiestas y saraos. Y donde quiera que Lani fuera, Dani la acompañaba. Al menos Lani había tenido una profesión, pensó Alex, pero Dani no parecía haber hecho nada útil en la vida.

 

Mientras miraba a su nueva esposa con más atención, observó algún parecido con Lani. Tenían el mismo color de pelo, oscuro como el ébano, y sólo las mujeres que no salían de casa podían tener esa tez tan pálida. Sus ojos eran de un azul inusual, casi como las violetas púrpuras que crecían a los lados de las carreteras. Pero Dani era más menuda -también parecía más frágil- y no tenía los rasgos tan marcados. Por lo que recordaba de viejas fotos, el perfil de Lani había sido casi masculino, mientras que el de su hija era mucho más suave, especialmente en la pequeña nariz respingona y en aquella boca absurdamente dulce.

 

Según Max, Lani tenía un carácter fuerte, pero era corta de entendederas, otra cualidad que la pequeña cabeza hueca con la que se había casado parecía haber heredado. No era exactamente la típica chica bonita y tonta -era demasiado culta para eso, -pero a él no le costaba imaginársela como el caro juguete sexual de un hombre rico.

 

Kevin siempre había elegido con cuidado a sus compañeras de cama, y aunque le atraía ese pequeño cuerpo, prefería otro tipo de mujer, una que fuera algo más que un buen par de piernas. Le gustaban las mujeres que fueran inteligentes, ambiciosas e independientes y que no se guardaran nada para sí mismas. Podía respetar a una mujer que lo mandara a la mierda, pero no tenía paciencia con lloriqueos y pataletas. El mero hecho de pensar en eso hacía que le rechinasen los dientes.

 

Al menos tenerla bajo control no sería un problema. Miró a su esposa y curvó una de las comisuras de la boca en una sonrisita sardónica. «La vida tiene maneras de poner a las pequeñas chicas ricas y mimadas en el lugar que les corresponde. Y, nena, eso es lo que te acaba de pasar.»

 

Al otro lado de la habitación, Dani se detuvo delante de un espejo antiguo para mirarse. Lo hacía por costumbre, no por vanidad. Para Lani, la apariencia lo era todo. Consideraba que llevar el rímel corrido era peor que un holocausto nuclear.

 

El nuevo corte de pelo de Dani, a la altura de la barbilla y un poco más largo por detrás, era ligero, juvenil y delicado. A ella le había encantado desde el principio, pero le había gustado aún más esa mañana, cuando Amelia había protestado sobre lo inadecuado que era ese estilo para una boda.

 

Dani vio acercarse a su novio por el reflejo del espejo. Compuso una sonrisa educada y se dijo a sí misma que todo saldría bien. Tenía que ser así.

-Coge tus cosas, cara de ángel. Nos vamos.

A ella no le gustó ni un ápice aquel tono de voz, pero había desarrollado un talento especial para tratar con personas difíciles y lo pasó por alto.

 

-María está haciendo un soufflé Grand Marnier para el convite de bodas, pero no está listo aún, así que tendremos que esperar.

-Me temo que no. Tenemos que coger un avión. Tu equipaje ya está en el coche.

Necesitaba más tiempo. No estaba preparada para estar a solas con él.

-¿No podemos coger un vuelo más tarde, Sr Markov? Odio decepcionar a María. Es una joya y hace unos desayunos maravillosos.

 

Aunque la boca del hombre se había curvado en una sonrisa, los ojos parecieron taladrarla. Eran de un inusual color ámbar pálido que le recordaba a algo vagamente estremecedor. Aunque no podía recordar lo que era, ciertamente la inquietaba.

 

-Mi nombre es Kevin, y tienes un minuto para llevar ese dulce culito tuyo hasta la puerta.

A Dani le dio un vuelco el corazón, pero antes de que pudiera reaccionar, él le dio la espalda y se dirigió a los otros tres ocupantes de la habitación con voz tranquila pero autoritaria.

-Espero que nos disculpéis, pero tenemos que coger un avión.

Amelia dio un paso adelante y le dirigió a Dani una maliciosa sonrisa.

-Vaya, vaya. Alguien está impaciente por celebrar la noche de bodas. Nuestra Dani es un bocadito apetecible, ¿verdad?

De repente, a Dani se le fueron las ganas de tomar el soufflé de María.

-Me cambiaré de ropa -dijo.

-No tienes tiempo. Estás bien así.

-Pero...

 

La firme mano de Kevin se posó en su espalda y la empujó resueltamente hacia el vestíbulo.

-Supongo que éste es tu bolso. -Ante el asentimiento de Dani cogió el bolsito de Chanel de la mesita dorada y se lo tendió. Justo entonces, el padre y la madrastra de Dani se acercaron para despedirse.

 

Si bien ella no pensaba llegar más allá del aeropuerto, quiso escapar del contacto de Kevin que la conducía hacia la puerta. Se volvió hacia su padre y se odió a sí misma por el leve tono de pánico en la voz.

 

-Tal vez tú podrías convencer a Kevin de que nos quedemos un poco más, papá. Apenas hemos tenido tiempo de hablar.

-Obedécele, Danielle. Y recuerda que ésta es tu última oportunidad. Si me fallas ahora, me lavo las manos. Espero que hagas algo bien por una vez en tu vida.

 

Hasta ahora, siempre había soportado las humillaciones de su padre en público, pero ser humillada delante de su nuevo marido era demasiado vergonzoso y Dani apenas consiguió enderezar los hombros. Levantando la barbilla, dio un paso delante de Kevin y salió por la puerta.

 

Se negó a sostener la mirada de su esposo mientras esperaban en silencio el ascensor que los llevaría al vestíbulo. Segundos después, entraron. Las puertas se cerraron sólo para abrirse en la planta siguiente y dar paso a una mujer mayor con un pequinés color café claro.

De inmediato, Dani se encogió contra el caro panelado de teca del ascensor, pero el perro la divisó. Enderezó las orejas, emitió un ladrido furioso y saltó. Dani chilló mientras el perro se abalanzaba sobre sus piernas y le desgarraba las medias.

 

-¡Quieto!

El perro continuó arañándole. Dani gritó y se agarró al pasamanos de latón del ascensor. Kevin la miró con curiosidad y luego apartó al animal de un empujón con la punta del zapato.

-¡Mira que eres travieso, Mitzi! -La mujer tomó a su mascota en brazos y le dirigió a Dani una mirada de reproche. -No entiendo lo que le pasa. Mitzi quiere a todo el mundo.

 

Dani había comenzado a sudar. Continuó aferrada al pasamanos de latón como si le fuera la vida en ello mientras miraba cómo aquella pequeña bestia cruel ladraba hasta que el ascensor se detuvo en el vestíbulo.

 

-Parecíais conoceros -dijo Kevin cuando salieron.

-Nunca... nunca he visto a ese perro en mi vida.

-No lo creo. Ese perro te odia.

-No es eso... -ella tragó saliva, -es que me pasa una cosa extraña con los animales.

-¿Una cosa extraña con los animales? Dime que eso no quiere decir que les tienes miedo.

Dani asintió con la cabeza e intentó respirar con normalidad.

-Genial -masculló él atravesando el vestíbulo. -Simplemente genial.

 

hellooooo chikitaas espero les guste el cap!!

las kieroo besoss

comenten muucho!!!

me recomiendan??

byee

xoxox

Adri

BESAR A UN ANGEL - ARGUMENTO


ARGUMENTO:


La hermosa y caprichosa Danielle Devreaux puede ir a la cárcel o casarse con el misterioso hombre que le ha elegido su padre. Los matrimonios concertados no suceden en el mundo moderno, así que... ¿cómo se ha metido Dani en este lío?


Kevin Markov, tan serio como guapo, no tiene la menor intención de hacer el papel de prometido amante de una consentida cabeza de chorlito con cierta debilidad por el champán. Aparta a Dani de su vida llena de comodidades, la lleva de viaje con un ruinoso circo y se propone domarla.


Pero este hombre sin alma ha encontrado la horma de su zapato en una mujer que es todo corazón. No pasará demasiado tiempo hasta que la pasión le haga remontar el vuelo sin red de seguridad... arriesgándolo todo en busca de un amor que durará para siempre.

 

 

 

 

 

holaaa chikiitasss como estaan!! espero que suuper bien buenoo aqui les traigo una nueva novela  no es mia :( pero espero les gustee!!!! aki les traigo con Kevin Jonas.. que buenoo  no sera Jonas el apellido si no Markov :) espero les guste..!!!


comenten muucho! :)

besosss

xoxox



Adri :)

2do Lugar! Graciaas chikass!!

2do Lugar! Graciaas chikass!!